Todo tiempo pesado (1): Piloto

Líbranos, Señor,
de encontrarnos
años después,
con nuestros grandes amores.

Cristina Peri Rossi

 

Una de las últimas veces que estuve en Bilbao aproveché que tenía una tarde libre y me fui a dar una vuelta por el Guggenheim. Había dos exposiciones temporales: una retrospectiva de un artista británico que usa restos de electrodomésticos viejos como materia prima, y otra sobre el arte escultórico de la Polinesia. La cosa tenía mías gracia si uno imaginaba que las dos exposiciones eran en realidad la misma.

Al final, me di una vuelta por la librería, más para pasar el rato que porque pensase comprar nada. Estuve un rato hojeando catálogos y libros de Taschen, y de repente me di cuenta de que la cara de la dependienta me resultaba familiar. Me costó todavía un momento situarla. ¿De dónde te conozco? ¿De dónde te conozco? Y luego: ¿Miren? No, no puede ser. ¿Miren? ¿Puede ser Miren? ¿Miren?

Miren había sido, fue, mi primera novia seria, ya en los años de universidad. Ella era de Vitoria, estudiaba Sociología y era amiga de unos compañeros míos de clase con los que solía juntarse a fumar porros en las gradas del campus. Tenía un punto de locura destructiva, aunque no mayor que la media de locura destructiva de mis compañeros de Filología. Era una chica de una personalidad arrolladora, podía ser molesta para cierta gente, pero para quienes estaban en su misma onda era una bomba de energía vital.

Solo estuvimos juntos siete meses: siete meses de idas y vueltas en autobús y en tren, de ilusiones utópicas revolucionarias y de fiebre creativa. Fueron meses también de sexo furtivo y acrobático (más acrobático por su parte que por la mía) en los baños de la universidad, en bares y cafeterías, en la casa de mi abuela cuando conseguía robar las llaves sin que se dieran cuenta mis padres. Mis amigos me decían que no me pegaba nada; mis amigas me decían que esto no podía terminar bien. Pero a mí me daba igual, yo estaba en éxtasis, en un sentido casi literal; no cabía dentro de mí mismo. Por ella, o más exactamente, para impresionarla, habría sido capaz de prender fuego a la ciudad y pasearme sobre las cenizas desnudo tocando el arpa.

La cosa terminó porque Miren dejó Sociología y se fue a hacer Bellas Artes, que le pegaba mucho más, y también porque la nuestra era el tipo de relación que está destinada a durar poco: juvenil, explosiva, excesiva, alocada, insustancial. Yo no podía seguir su ritmo mucho tiempo. Para mí fueron meses estresantes y revitalizadores. Nunca he sido tan joven ni me he sentido tan poderoso como en aquellos siete meses; pero al mismo tiempo también me sentía insuficiente y forzado, fuera de mi verdadero ser. Cuando pienso en esa época me cuesta reconocerme a mí mismo, pensar que fui capaz de hacer las cosas que hice, pensar las cosas que pensaba, escribir las cosas que escribía (la mayoría de ellas ingenuas, impostadas, juveniles en el peor sentido del término, pero también, en sus mejores momentos, explosivas, ambiciosas y valientes como nada de lo que he escrito desde entonces).

Era inevitable hacer comparaciones entre esta Miren que estaba delante de mí en la librería del Guggenheim, y la que fue mi novia unos diez años antes: esta era claramente una Miren más adulta; había ganado algo de peso y le sentaba bien (la Miren de veinte años era pura fibra y casi no tenía curvas); a diferencia de la Miren más joven, que se negaba a usar joyas ni ningún producto de belleza, esta Miren iba maquillada, sin excesos pero sin hacer nada por ocultarlo; estaba bonita, aunque con el maquillaje la cara perdía algo de personalidad. Los ojos seguían siendo los mismos, aunque estaban algo más abiertos.

Estaba claro que era ella, y sin embargo no terminaba de creerme que aquella fuera la misma persona no conseguía dormir sin fumarse un porro; que renegaba de la educación de masas, de la cultura de masas, del consmismo de masas; que hace seis o siete años organizaba performances que generalmente incluían desnudez, vandalismo y consignas anticapitalistas en plena Gran Vía. El uniforme del Guggenheim encima de su cuerpo era una contradicción en los términos, como Lenin anunciando una nueva Whopper.

Me decidí a saludarla (había estado mirándola tanto tiempo que no saludarla habría sido peor). “¿Miren?”, dije. Y ella, con un tono de duda: “Sí… soy yo”. Se me quedó mirando con cara seria y pensativa, a la expectativa. Le di su tiempo, pero como no reaccionaba le aclaré: “Soy… soy Santi, ¡Santi! ¿Te acuerdas? ¿De la universidad?” “¡Ah, claro, Santi, cuánto tiempo, cómo estás!” No supe si debía apoyarme en el mostrador para darle dos besos o no. Al final no lo hice, y nos quedamos hablando como si yo fuéramos solo un cliente y una dependienta, por encima de los lápices y las gomas de borrar y las postales y las camisetas de Puppy.

“¿Así que ahora trabajas aquí?”, le pregunté. Me sorprendió que no me respondiera con un comentario sarcástico por la obviedad de la pregunta: la Miren de veinte años lo habría hecho. En cambio contestó con una sonrisa algo triste: “Pues sí, aquí estamos”. “¿Toda una licenciada en Bellas Artes atendiendo un librería?”, insistí, intentando que no sonase a reproche sino a broma. “Ya ves, los señores no se conforman con menos… No les vale con una mona que sepa sumar números con la maquinita…” Me reí, por varios motivos. “Todavía me acuerdo”, le dije, “de las instalaciones artísticas que te solías montar… ¡Tú tenías que estar como artista en el museo, y no atendiendo en la librería!”.

Desde el mismo momento en que lo dije tuve claro que no debería haberlo dicho. Se le tensó la cara, y por debajo del maquillaje y el uniforme y el empleo respetable asomó la Miren de diez años antes. “Ya ves”, me dijo, “me he vendido”. “No te has vendido”, le contesté, desesperado por arreglarlo. “Simplemente, hay que vivir”. Miren se encogió de hombros y ya no añadió nada más. Le hice dos o tres preguntas más sobre el trabajo, si le gustaba, si conocía a gente interesante, le pregunté por algunos de nuestros amigos comunes, pero estaba claro que la había perdido por culpa de mi torpeza habitual. Maldita falta de habilidades sociales.

“Yo estoy en Lisboa, no sé si sabes”, le dije, viendo que ella no tenía intención de preguntarme. “Estuve en Escocia, en Irlanda y ahora en Portugal”. “Muy bien”, contestó Miren con desinterés. “Trabajo de becario de investigación en la universidad”. “Ahá”. “Ya ves, yo también me he vendido”, le dije, para darle la oportunidad de contestar “No te has vendido, simplemente hay que vivir” y así cerrar el círculo de la conversación y pasar a otra cosa. Pero en cambio dijo: “Pues sí, te has vendido”. Me quedé mirándole a los ojos, para ver si había alguna posibilidad de que estuviese bromeando. No la había.

Decidí que era el momento de despedirme. “Bueno”, le dije, “pues a ver si nos vemos la próxima vez que esté en Bilbao”. “Yo aquí estaré; en la librería, no en el museo”, contestó. Me reí; ella no. Esta vez sí me apoyé con los codos en el mostrador para darle dos besos, que fueron fríos, rápidos y aristocráticamente hipócritas.

Salí de la librería sintiéndome derrotado, fracasado, un traidor para el Santi de veinte años que salió siete meses con la Miren de veinte años.

 

En el próximo capítulo: Santi vuelve al Guggenheim para confrontarse nuevamente con Miren.

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5 pensamientos en “Todo tiempo pesado (1): Piloto

  1. Seguro que,a más de un lector/a le ha pasado en su vida una experiencia parecida.La vida se encarga de pulir las ideas de nuestros veinte años.¡Aquel tiempo que deseábamos cambiar el mundo! ¡Pobre Miren, cuàntos sueños rotos!
    Esperando ese segundo encuentro.

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