Recreación (Plegarias atendidas)

Julia y Julián eran grandes amantes de la Edad Media. Si les preguntasen, juntos o por separado, en qué época histórica les gustaría vivir, no dudarían ni un segundo: “En la Edad Media”, contestarían, juntos o por separado. Les encantaban las novelas históricas y las películas ambientadas en la Edad Media. Fue así como se conocieron, en la presentación de una novela sobre el reinado de Alfonso X en la librería Ancla de Salamanca. (Por qué una librería de una ciudad de interior como Salamanca se llama Ancla es una pregunta para la que no tengo respuesta).

Desde que se conocieron, y con esto quiero decir, desde que empezaron a salir juntos y dormir juntos y hacer otras cosas juntos, Julia y Julián cogieron la costumbre de recorrer Castilla en busca de ferias medievales. A veces incluso se cruzaban a Portugal o bajaban hasta Extremadura o subían hasta el País Vasco, todo para poder ver la última y más elaborada feria medieval del momento. ¡Les encantaban! Hasta que dejaron de encantarles. Hay un momento en el que los jabones artesanales, las hierbas aromáticas, los vestidos de cuero falso y las bebidas supuestamente milenarias pierden su encanto. Lo peor eran los torneos: hombres y mujeres disfrazados con trajes de carnaval, espadas de plástico y micrófonos inalámbricos colgando del cinturón, fingiendo darse mandobles a cámara lenta. Ridículo.

Por un momento su pasión por las ferias medievales flaqueó, y con ello llegó el miedo: si perdían esa afición compartida, ¿fracasaría su relación? ¿Descubrirían que no tenían nada en común más allá de las cotas de malla, los castillos y el queso Camembert (que aunque no es propiamente medieval, a los dos les gustaba mucho)?

Afortunadamente un amigo, un conocido más bien, un colega al que habían visto en otras presentaciones de novelas históricas, les habló de una feria medieval para especialistas, ¡increíbles recreaciones históricas!, casi secreta, que se celebraba cada año en un pueblo entre Asturias y León. Les pidió que no lo comentasen con nadie. Era secreta, bueno, casi secreta. Él no iba a poder ir este año, por eso se lo estaba diciendo. Si no, no se lo diría. Para que no se llenase de gente, como otras ferias medievales. Lo entendían, ¿no? No lo entendían, pero le dijeron que sí. Esa noche les mandó por email unas detalladas instrucciones para llegar al pueblecito, y qué debían hacer cuando llegasen.

Llegó el día y se pusieron en marcha. La autopista se convirtió en carretera nacional, la nacional en comarcal, la comarcal en camino de cabras, y el camino de cabras estaba cortado por una camioneta blanca atravesada. A los lados se veía una fila de coches aparcados. No demasiado larga, no demasiado corta. No había señales, pero Julia y Julián supieron que estaban en el sitio correcto. El hombre de la furgoneta les pidió el dinero de la entrada (mucho dinero, demasiado dinero, pero si esta feria era tan buena, ¡y con tan increíbles recreaciones históricas!, tenían que pagarlo.

El hombre les hizo pasar a la camioneta, cambiarse a ropas supuestamente medievales (hasta olían a medieval) y dejar todas sus pertenencias en una caja metálica que después cerró con llave. Les puso en las manos unos maravedís de pega (aunque parecían más verdaderos que los euros que pagaron por ellos) y les indicó cómo llegar al pueblo. Por el camino, pasando el bosque, subiendo la colina, al otro lado del arrollo, cuarenta y cinco minutos a buen paso.

Y aquello sí que era una feria medieval: era lo más cerca a la Edad Media que Julia y Julián habían estado nunca. ¡Estaban extasiados! (Extasiados, pensaban, estamos extasiados). El pueblecito medieval estaba perfectamente conservado, con su castillo en lo alto, sus callejuelas, sus casas de piedra, su pozo, su polvo en suspensión. Todo el mundo (repito: todo el mundo) iba perfectamente caracterizado. Las ropas, los gestos, hasta la forma de hablar, que era castellano pero no era del todo castellano. ¿Cuánto habría costado adiestrar y vestir a tantos actores? (Julia y Julián estaban contentos de haber pagado lo que habían pagado: merecía la pena).

En un momento de la función se les acercó un mendigo. Era ciego, o medio ciego. Apestaba a sudor, a comida podrida, a mierda. Iba vestido con harapos. Le faltaban casi todos los dientes. (Qué eficiencia la de los productores, encontrar a un hombre casi sin dientes para hacer de mendigo. Porque la posibilidad de que le hubieran arrancado casi todos los dientes para el papel no parecía verosímil). Tengan misericordia, les decía en esa lengua arcaica y casi como eslava. Tengan misericordia de un pobre mendigo. Julián le dio una de sus monedas, y el mendigo se fue a molestar a otras personas.

Lo único que les decepcionaba era que no hubiera tiendas. O sea, había tiendas, pero no como las que ellos querían. Esto era una verdadera feria medieval: se vendía ganado, gallinas, coles, herramientas de labranza. Claro, aquello era más auténtico que las demás ferias que habían conocido, pero no se iban a llevar una vaca a casa de recuerdo… Eso sí, a Julia le hicieron mucha gracia unos señores que iban de un lado para otro llevando unas máscaras como de pájaro en la cara. ¡Qué curioso!

Alrededor del mediodía (o eso calcularon), notaron que la gente empezaba a alborotarse a su alrededor. Luego entendieron por qué. Por la calle principal del pueblo llegaban cinco o seis caballeros. Hombres a caballo. Nobles. Lo que fueran. Julia y Julián se miraron y sonrieron. ¡Iba a ver un torneo! ¡Qué increíble recreación histórica! Estaban extasiados. Algo menos extasiados estuvieron cuando uno de los caballeros casi atropella con su caballo a Julia, que tuvo que apartarse y terminó cayendo encima de un montón de boñigas de vaca. (De vaca, eso quisieron pensar).

El torneo fue un bluff. Qué mala forma de terminar un día que por lo demás había sido perfecto. Casi perfecto (el mendigo y la mierda de vaca y la falta de tiendas de souvenirs ya lo habían estropeado un poco, la verdad). El torneo: hombres demasiado gordos con armas demasiado pesadas moviéndose como a cámara lenta por el campo. La gente aplaudía y gritaba como locos: como si no hubieran visto The Matrix. Qué torpes, nada que ver con las coreografías complicadas y majestuosas de otras ferias. Y encima no había micrófonos, así que no podían oír lo que decían los actores, perdón, los caballeros. Era como ver una película mala, y encima muda (o como ver una película muda, y encima mala).

Vámonos a casa, le dijo Julia a Julián antes siquiera de que empezase a anochecer. Desandaron el camino, recuperaron sus ropas y sus pertenencias, cogieron el coche y se fueron a casa. Ni después de dos duchas consiguieron quitarse el olor a estiercol y oveja de la piel y del pelo.

Durante los días siguientes casi ni se vieron, agobiados de trabajo. Julián le envió a su amigo, el que les había recomendado la feria, un breve email de agradecimiento. Excelente, increíbles recreaciones históricas, extasiados, torneo, ¡tan realista! Al cuarto día, Julia empezó a sentirse mal. Tenía una fiebre muy alta, sudaba, tiritaba, se sentía mal. Será un virus, le decía Julián. Será una gripe. Tómate un ibuprofeno, intenta dormir, le decía. La verdad, estaba cansado y no le apetecía salir corriendo al hospital. No sería nada.

Pero a la mañana siguiente Julia seguía peor. Tenía una fiebre muy alta, deliraba. Le habían aparecido dos bultos en la ingle. Le dolían. Ahora sí, Julián la llevó al hospital. Ya no estaba extasiado sino asustado. También los médicos parecían asustados. Le hicieron pruebas, les hicieron pruebas a los dos, les aislaron, les pusieron en habitaciones separadas. A Julián nadie le decía nada. Sus padres llegaron al día siguiente, tampoco le decían nada. ¿Cómo está Julia? Nada. Los médicos le hacían preguntas: ¿dónde han estado? ¿Les ha mordido algún animal? ¿Heridas abiertas? ¿Contacto con ganado vivo?

Aunque no tenía síntomas, a Julián tardaron una semana en darle el alta. Para entonces ya sabía la noticia. ¿El cuerpo de Julia? Incinerado. Es por seguridad, compréndalo. Lo comprendía, y no lo comprendía. El funeral fue bonito, vino mucha gente, le dieron el pésame. ¿Y tú, cómo estás? Ya sabes, hay que sobreponerse. Luego todo el mundo se fue yendo, y Julián pudo por fin volver a casa. Se tumbó el sofá y encendió la televisión. Puso el canal Historia, vio que estaba dando un documental sobre los vikingos y se quedó dormido.

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