El servicio

Durante muchos años, siglos, me atrevería a decir, el servicio vivió en un mundo paralelo en el que eran invisibles para nosotros, pero desde el que podían venir, cuando eran necesarios, para lavar nuestros platos, hacer nuestras camas, preparar nuestra comida, planchar nuestras camisas, limpiar nuestros cuartos de baño. Nuestra casa eran en realidad dos casas que se complementaban la una a la otra, que se parasitaban la una a la otra: la nuestra, de grandes cuartos luminosos decorados con cortinas voluptuosas y pianos de cola; y la otra, con corredores tan estrechos que una persona solo cabe de lado, cuartos oscuros llenos de objetos y manchas, y el olor, ¡el olor!

(Cuando era un crío conseguí colarme una vez por el hueco del montacargas de servicio y atravesé al otro lado. Las cosas que vi esa noche han quedado reprimidas en mi subconsciente, y solo en pesadillas vuelven para atormentarme).

Cuando necesitamos algún servicio de los criados, los llamamos con un complejo sistema de campanas que indica quién tiene que hacer qué. Y ya no nos preocupamos de nada más. No vemos, no sabemos cómo, pero las cosas se hacen. Los ceniceros que hace un momento rebosaban de colillas junto al brazo de la butaca, de pronto están vacíos, relucientes, o han sido sustituidos por otros. ¡Y nosotros no hemos visto entrar a nadie en la habitación! Es como cosa de magia.

No sé muy bien cuántas personas viven a nuestro servicio, ni de qué viven. Se lo pregunté a papá una vez y me contestó que no me preocupase, que el servicio vive con muy poco y todo lo que se les da es favor.

Una noche, hace cosa de un mes, me desperté a causa de una de mis pesadillas y no conseguí volver a dormirme. Bajé a la cocina (o a lo que nosotros llamamos cocina, porque nosotros no cocinamos) y me serví un vasco de agua. Y cuando me giré para volver a mi cuarto los vi. Los vi. A lo mejor siempre habían estado allí, pero ese día conseguí verlos. Porque era de noche, o porque ellos se habían confiado, o porque tenía la pesadilla fresca en la memoria. Conseguí verlos. Iban todos vestidos con ropas negras, con ropas que si tenían algún otro color originalmente, ahora eran todas negras. Eran feos, estaban sucios. Olían. Eran feos.

Había uno que tendría más o menos mi edad (tengo quince para hacer diecisiete en mayo). Dio unos pasos y se puso delante de mi. Alargó la mano y me tocó el brazo, como pellizcándome. Se estaba riendo. “Qué flaco, decía. Qué débil. Qué debilucho”. Los otros se iban acercando también a mí. Y olían cada vez más fuerte. Le di un empujón al chico y subí corriendo a esconderme en el cuarto.

Al día siguiente, nada más despertar, se lo conté a mi padre. Papá se puso furioso. Cuando bajé a desayunar me sorprendieron dos cosas: que mi desayuno no estuviera ya preparado y humeante encima de la mesa; y que la puerta, la puerta que nunca se abre, la que separa las dos casas que hay en mi casa, estuviera abierta. Se oían voces al otro lado, gritos, ruido de muebles que se caen y cosas que se rompen para siempre.

Mi padre volvió del otro lado con el pelo revuelto, la ropa desgarrada a jirones y los ojos muy abiertos. Al otro lado seguían los gritos y un ruido de pasos acompasados. Mi padre hizo una llamada y poco después vinieron unos hombres de uniforme con porras que fueron entrando por la puerta a la otra parte de la casa. Mi madre se encerró conmigo en el cuarto y ya no sé qué más pasó.

Esa noche la cena estuvo fría, grasienta y salada. El cenicero de mi padre se llenó y se llenó hasta que papá tuvo que vaciarlo él mismo en la chimenea. Mi madre tocó las campanas y tocó las campanas, pero el servicio no vino. Esta vez no vimos al servicio, pero porque el servicio no estaba.

Al día siguiente el desayuno fueron unas gachas ensopadas que no imagino que nadie pueda comer voluntariamente. Las dejé casi todas. Me reservo, pensé, para la comida. Pero la comida nunca vino. “Supongo que tendremos que aprender a cocinar”, dijo mi padre con resignación. Mi madre se echó a llorar. “Los tiempos han cambiado”, añadió papá. Del otro lado de la casa llegaba el sonido de canciones y luego golpes en la puerta que, pensaba yo, no aguantaría mucho más tiempo cerrada.

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