Pensamiento positivo

En verdad os digo, hermanos, que hubo una época en la que todo me iba mal en la vida. A lo mejor estoy exagerando, pero es lo que me parecía en aquel momento. Me había quedado sin trabajo, me había dejado la novia, estaba de vuelta en casa de mis padres y a pesar de eso me estaba quedando sin ahorros. Mis amigos (por lo menos tenía amigos) intentaban ayudarme con buenas palabras, con palmadas en la espalda o con borracheras legendarias (a lo mejor por eso mis ahorros se estaban acabando) para que olvidara mis problemas o por lo menos los sustituyera por otros, como la acidez, el dolor de cabeza y las lagunas de memoria.

Había uno en particular que, Dios que está en lo alto me perdonará, me sacaba de quicio hasta el punto de querer matarlo a sartenazos. Se llamaba Alex, no sé si sabéis de quién os hablo. No, qué vais a saber. A Álex le había picado el bicho del pensamiento positivo y no me dejaba quejarme. Si le decía que me habían echado del trabajo me contestaba: “Cuando una puerta se cierra, otra se abre”. Si le decía que me había dejado la novia: “Si quieres algo, déjalo libre. Si vuelve a ti, etc.”. Si protestaba sobre mis padres: “Ama a quienes te aman; perdona a quienes no te aman”. Si le decía que quería tirarme de un pino: “El universo tiene un plan para ti”. “¿Y si el plan del universo es que me tire de un pino?”, le contestaba yo. Y él me sonreía como un querubín inocente. A sartenazos: lo habría matado a sartenazos.

Para complicar las cosas todavía un poco más, en esa época me puse enfermo. Se me inflamó la glándula peroclotídica. Se me inflamó tanto que creía que me iba a estallar. El médico intentaba tranquilizarme: “La glándula peroclotídica no existe, por lo tanto es imposible que se le haya inflamado”. Y sin embargo yo la sentía, ahí, bien grande y molesta. (Ahí era un punto variable entre el esternón y la tibia dependiendo del día, porque la glándula peroclotídica se desplaza en función de la presión sanguínea).

Y luego, de repente, las cosas empezaron a ir mejor. Así, como habían empezado a ir mal, sin avisar, de repente. Me cogieron en un trabajo, en ese trabajo conocí a una chica morena que aunque era algo rara me hacía reír (o que me hacía reír porque era algo rara), y unos meses después nos fuimos a vivir juntos. Y la glándula peroclotídica se desinfló. Sin más. Sin avisar. De repente.

Unos meses más tarde volví a encontrarme con Alex. Nos habíamos distanciado un tanto, porque, bueno, porque un día llegué a amenazarle con matarle a sartenazos si no me dejaba en paz. “¡Alex!”, le dije. “¡No sabes cómo me alegro de verte. Me he acordado mucho de ti. ¡Tenías razón! Cuando peor iban las cosas, cuando creía que no tenía futuro, cuando estaba a punto de tirarme de un pino, de repente todo empezó a ir mejor, y mejor, y mejor. ¡Y ahora soy feliz! ¡Era verdad que el universo tenía un plan para mí!”

“No me hables”, me contestó. “Todo eso son tonterías. ¿Sabes qué plan tenía el universo para mí? Que mi mujer se fuera con otro. Ese era el plan. Que se llevara a los niños, también. No me vengas con tonterías”. Cómo me arrepentí entonces de haberle amenazado con matarle a sartenazos. “Vamos”, le dije, “no te pongas así. Dios aprieta pero no ahoga. Después de la tormenta viene la calma. Mientras hay vida hay esperanza”. La mirada que me echó la reconocí enseguida, porque era la misma que yo le echaba a él unos meses antes.

No sé qué habrá sido de él desde entonces. De mí puedo decir que la glándula peroclotídica la tengo tan desinflada que ni siquiera sé dónde la tengo. No creo que necesite decir más.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s