El músico por compases

Johannes Ludovicus Stemmbach dejó, al morir, una obra amplísima; Johannes Ludovicus Stemmbach dejó, al morir, una obra mínima e irreproducible. En esa paradoja reside el interés de su figura.

Stemmbach (1814-1869) fue conocido, en su época, como “el músico por compases”. En las grandes fiestas de la corte vienesa se esperaban ansiosamente sus apariciones, que consistían en breves interpretaciones al piano o al violín (ocasionalmente acompañado por otros instrumentos), de unos breves compases, casi siempre de menos de un minuto de duración, seguidos de un silencio atronador y una huida poco digna por cualquier puerta o ventana cercanas.

Estos compases podían ser el principio de algo, pero podían no serlo: podían comenzar, diríamos, in media res, en la mitad del un fortíssimo que uno esperaría en el minuto 17 de una sinfonía de Beethoven, y terminar, cuarenta segundos después, en el momento en que se empieza a insinuar una nueva melodía, que sin embargo se corta, se deja en el aire, en el vacío, y después nada.

Las apariciones de Stemmbach en las fiestas de la corte vienesa provocaban admiración, hilaridad, desconcierto. Sus amigos, que los tenía y muchos (porque Stemmbach era tan pobre como generoso), intentaban convencerle para que terminase una obra de fuste, una sonata, una cantata, una sinfonía, una ópera en la que demostrase toda su capacidad creativa, melódica, armónica, perfectamente perceptible en sus compases aislados. Se conservan decenas de cartas en ese sentido. Se conservan, también, decenas de respuestas de Stemmbach, casi siempre idénticas en sus argumentos, aunque diferentes en la forma.

“Cuando la inspiración me llega”, venía a decir con estas u otras palabras, “surgen en mi mente una serie de compases, una melodía dulcísima o terrible, una armonía inusual, un ritmo, una cadencia, una combinación de timbres. Esa inspiración la transcribo yo en la partitura de la mejor manera que sé, y cuando he terminado, he terminado. Ya no tengo nada más que decir. Podría, claro, extender esa inspiración con trabajo y técnica, hasta convertirla en una obra monumental y canónica. Pero no quiero hacerlo. Eso ya no es arte, es trabajo. No me interesa. Cualquier estudiante con unas nociones básicas de composición podría hacerlo con tiempo y esfuerzo. A mí me interesa solo la inspiración. Solo, única y exclusivamente la inspiración”.

Hubo, de hecho, quien intentó transformar los compases de Stemmbach en composiciones reconocibles e interpretables, más allá de la breve broma festiva. Su amigo y discípulo (y algunos dicen que amante) Albert Gromovsky adaptó sus “apuntes para una marcha nupcial” (17 compases) para convertirlos en el Concierto para Violín n.º 1 de Stemmbach/Gromovsky. El resultado, sin embargo, es plano, banal, inimaginativo; con solo una audición cualquier persona mínimamente perceptiva sería capaz de señalar cuál es el pasaje que se debe al maestro, entre toda la morralla que se debe al discípulo.

La abundante pero desconocida obra de Stemmbach cayó así en el olvido, y así habría seguido de no ser por una de esas arbitrariedades de la historia cultural: en 2018, Microsoft eligió los 8 compases de la “abertura de una sinfonía imposible” de Stemmbach como melodía de inicio de su nuevo Windows Infinite.

Eso despertó un nuevo interés en su obra, que fue recuperada y ensalzada como antecedente lejano del fragmentarismo posmoderno. Empresas y creadores se lanzaron a rebuscar entre sus composiciones (en proceso de digitalización acelerada por el Museo de la Música de Salzburgo, donde se conservan las partituras) en busca de músicas para utilizar, reproducir, samplear, plagiar. No todos los días se tiene acceso a un caudal así de inspiración en bruto, sin pulimiento, sin desarrollo.

Desde 2020 existe en Viena una “Cátedra Stemmbach de Música Esporádica” en la que los alumnos son forzados a crear, como Stemmbach, solo a partir de la más pura inspiración momentánea, rechazando como anatema cualquier trabajo posterior sobre el material creado.

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