Bulgaridad

A un matrimonio conocido de Bilbao le pasó una cosa increíble: le nació un niño búlgaro. La madre fue la primera en darse cuenta: “Este niño está búlgaro”, dijo, y enseguida se corrigió: “Este niño es búlgaro”. Las enfermeras se burlaban de ella, y ni siquiera el padre de la criatura le daba mucha credibilidad, pero con el paso de las horas ya fue imposible negar la evidencia. Era un niño búlgaro, de los pies a la cabeza: anque físicamente no tuviera ninguna señal evidente, algo en él era total, completa e inconfundiblemente búlgaro.

“¿Nos habrán cambiado los bebés al nacer?”, preguntaban los padres. Pero las enfermeras lo negaban rotundamente: esa noche no había nacido ningún otro niño en esa maternidad, y desde luego ningún niño búlgaro. “¡Búlgaro! Imagínate…” El matrimonio no se lo explicaba: nunca habían ido a Bulgaria, ni conocían a nadie de Bulgaria, ni… El padre tenía una oscura sospecha, pero no se atrevía a preguntar. “Será por algo que has comido durante el embarazo”, decía, en cambio…

Salvo por el hecho de ser búlgaro, el niño parecía sano; tenía, incluso, un parecido notable con el abuelo Mauricio, el de Badajoz. Pero los padres estaban inconsolables. “Qué vida le espera a este hijo”, decía uno, “toda la vida siendo búlgaro, con lo crueles que son los niños”. “Bueno”, intervenía el padre con intención de animar a su mujer, “por lo menos ha nacido europeo, podía habernos salido africano, o chino… ¡o moro!”. “Europeo, sí, pero ¡del Este! ¡Europeo del Este! ¡Que si se va un poco más allá ya es turco!”

Poco a poco, afortunadamente, los padres fueron aceptando su destino con resignación. Aunque fuese búlgaro, el niño era bonito, eso no se podía negar. Ni siquiera parecía búlgaro, si no se le miraba con mucha atención ni mucho rato. “Le vamos a querer igual, ¿no?”, le preguntaba con cierta angustia la madre, “a pesar de su bulgariez”. “Bulgaridad”, le corregía el padre. “Bulgarismo”, intentaba la madre. “Sí, le vamos a querer igual. Casi igual. Le vamos a querer”.

En la cunita, el niño dormía sin entender ninguna de estas conversaciones. A juzgar por sus movimientos de pies y manos, estaba soñando. Probablemente, con Bulgaria.

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