Un poeta del Régimen

Cuando tuve la oportunidad de entrevistar a Guillermo Zamora, le hice la pregunta que casi nadie se atreve a hacerle: “¿Es cierto que, como dicen, usted fue un poeta del Régimen?”. Al principio pareció algo incómodo por la pregunta, pero luego empezó a hablar y me explicó cómo habían ocurrido las cosas, desde su punto de vista.

Toda la confusión empezó cuando sus poemas fueron descubiertos, en 1965, por López de Madrigal, crítico falangista que había llegado a ser editor de la revista Nuevo Futuro y que se jactaba de ser amigo íntimo de Rosales y de Aleixandre. López de Madrigal se presentó un día en su casa y le dijo: “¿Te gustaría ver tus tres Libros del surtidor reeditados en Madrid por la editorial España?” ¿Qué iba a decir Guillermo Zamora, un poeta de provincias, y no de una de las provincias más importantes? Que sí, claro. Que adelante. Que sería un honor.

Hasta ese momento, me explicaba, para él “el Régimen” eran el cura, el alcalde y la parejita de la Guardia Civil. Y no es que comiese con ellos todos los domingos, pero tampoco rechazaba estrecharles la mano por la calle, si es que me hago entender. Además, Guillermo Zamora, como muchos poetas, tenía una alta opinión de sí mismo, así que no rechazaba ninguno de los homenajes (merecidos, en su opinión) que le organizaba el ayuntamiento o la Diputación. Esta invitación venida de Madrid no era más que la confirmación de su talento, su reconocimiento tardío pero bien ganado.

Cuando se publicó el volumen con los tres Libros del surtidor, ya en 1967, Guillermo Zamora fue invitado a viajar a la capital para la presentación. Lo recibió en la estación el propio López de Madrigal, acompañado por otro hombre que resultó ser Camilo José Cela. Comieron juntos, paseron por la Castellana, tomaron un piscolabis en el Café Gijón, Cela les propuso irse de putas pero Zamora declinó: estaba cansado y quería recogerse pronto.

La presentación fue un acto de postín: hasta un Ministro había entre el público. Pero fue en ese momento, me decía Guillermo Zamora, cuando empezó a sentir una extraña incomodidad. Toda aquella gente, ¿habría leído su obra? Y si no la había leído, ¿para qué estaban allí? ¿Por qué estaban allí? La incomodidad se expandió hasta el sofoco cuando López de Madrigal, en un largo discurso lleno de retórica, alabó la poesía de Zamora como ejemplo “de las potencialidades esenciales del alma patria, de la que surgieron cuando así fue preciso, cual surtidor (guiño), los héroes escogidos para la Cruzada de salvación nacional, y entre todos ellos, más alto que todos, el Caudillo”.

El acto terminó con vivas a Franco y a España, y con un piadoso Padre Nuestro. Allí nadie hablaba de poesía, y cuando hablaban era peor: un catedrático de la Universidad de Alcalá se le acercó para saludarle, y para decirle que ya era hora de que aparecieran en España poetas machos, y no tantos maricas como Resina o Rublet. Zamora conocía a Resina, conocía su poesía y a él lo había conocido también, personalmente, durante un viaje a Valencia. “Su poesía es excelente”, se atrevió a decir. “Excelente, quizás, para un siglo de paz y pastores; pero no es la que necesita España de sus poetas en estos momentos”, le contestó el catedrático.

Esa noche, durante unas copas, López de Madrigal le dijo a Guillermo Zamora que estaba haciendo las gestiones necesarias para que al año siguiente le concedieran a él, a Zamora, el Premio Nacional de Poesía (entonces no se llamaba Premio Nacional de Poesía, pero no importa). Guillermo Zamora le dijo que muchas gracias, muy amable, pero que no se tomase la molestia. Que él prefería seguir escribiendo sobre el surtidor y seguir siendo un modesto poeta de provincias (y no de una de las provincias más importantes). Al día siguiente escapó de Madrid y nunca más volvió.

Pero desde ese momento, su imagen como poeta del Régimen ya estaba forjada, por lo menos en los medios literarios. Cuando se publicó el Cuarto libro del surtidor, en 1971, López de Madrigal consiguió que se imprimiese inmediatamente y sin permiso del autor una reedición en Madrid,  que muchos, incluso algunos especialistas académicos, creen erróneamente que es la edición original. El nombre de Guillermo Zamora pasó a figurar (en letra no demasiado grande, es cierto) en los manuales de literatura del sistema educativo franquista, y uno de sus poemas, la “Oda veintisiete al surtidor”, aparecía recurrentemente en las antologías de poesía de la época, como metáfora (así lo interpretaban) del resurgir de la Patria en tiempos de confusión y graves amenazas internas y externas.

Cuando llegó la democracia, el daño ya estaba hecho, y Guillermo Zamora fue apartado del canon oficial. “Pero yo no tenía la culpa de que el Régimen me utilizase”, me decía Guillermo Zamora durante nuestra entrevista. “¿Qué podía haber hecho yo? ¿Negarme a publicar? ¿Enviar cartas a los periódicos para desmarcarme del régimen? ¿Exiliarme? ¿Escribir de otra cosa que no fuese el surtidor?” Sus siguientes obras tuvieron incluso dificultades para ver la luz: el Quinto libro del surtidor se tuvo que imprimir a costa del propio autor, y esta vez, claro, no hubo reedición madrileña. Cuando un joven investigador decidió hacer su tesis doctoral sobre Guillermo Zamora y editar conjuntamente todos sus libros nadie se lo impidió, pero tampoco nadie le hizo demasiado caso.

“A lo mejor cuando pasen cincuenta o cien años más la gente se olvida de todo esto y me empiezan a valorar, quién sabe. Pero para entonces yo ya estaré muerto, así que, qué más da”, decía Zamora mientras encendía su enésimo cigarrillo. “Muchos otros no hicieron nada, absolutamente nada, por oponerse al Franquismo, y nadie se lo echa en cara”. “Hombre, no es exactamente lo mismo”, me atreví a decir. No le gustó. “Mira, chico”, me dijo por fin, “todo eso del Régimen y de López de Madrigal y demás es mejor que no lo publiques. Va a hacer más mal que bien, y ya hay cosas que no tienen remedio.”

Así que no lo publiqué.

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