Brigas

Alicia y yo teníamos unas broncas terribles, espantosas, pero interesantísimas. Empezaban como empiezan las discusiones en cualquier relación, por pequeñeces que a fuerza de repetirse provocan una irritación incontrolable: un plato mal lavado, una mala contestación, unas migas de galleta en la cama. Pasaban primero, nuestras broncas, por una fase bastante convencional de reproches y malentendidos (tú dijiste, yo no dije, tú siempre, yo nunca), y luego se elevaban a una fase que solo puedo denominar como metafísica, en la que ya no discutíamos sobre nosotros mismos, sino sobre los principios que encarnábamos con nuestro comportamiento.

“¡No quiero tirar esos pantalones!”, decía yo, por ejemplo. Y ella contestaba con un: “Ah, o sea que para ti lo único que importa es la satisfacción de tus deseos. ¿Es eso la felicidad para ti?”. Y yo contraatacaba con: “No, para mí la felicidad es la autorrealización del yo en un sentido existencial sartriano”. Esto lo decía en parte para chincharla, porque Alicia es una habermasiana acérrima. “¡El yo, el yo, siempre el yo!”, me gritaba, mientras tirábamos cada uno de una pierna del pantalón.

Llegados a este punto, las discusiones podían durar días, aunque en un segundo plano, como esos programas del Windows que nadie sabe para qué sirven. Así, podíamos estar tomando el café de la mañana y que yo dijera, por decir algo: “Me apetece ver la última película de Spider-man”. Y que ella contestase: “¿Ves como yo tenía razón y eres un sujeto alienado por la superestructura?” Yo saltaría, entonces: “¡No uses el materialismo histórico contra mí, por favor! ¡El materialismo histórico no! ¡Eso no te lo permito!”. Y ya estaba montada otra vez.

Así, era difícil saber cuándo terminaba una pelea. Otras parejas discuten, se gritan, se tiran cosas, se reconcilian y luego hacen el amor para celebrarlo. En nuestro caso la cosa funcionaba a la inversa: seguíamos tirándonos mutuamente lo mejor del pensamiento occidental a la cabeza hasta que no aguantábamos más y hacíamos el amor, no porque la pelea hubiera terminado, sino para terminar la pelea. A partir de entonces, podía considerarse que la discusión del pantalón había quedado concluida, independientemente de lo que hubiera pasado al final con el pantalón.

Luego pasaban unos días, y todo volvía a empezar: unos platos sucios, una mala contestación, unas migas de galleta en la cama, Foucault, Hegel, Wittgenstein, Derrida… Estoy convencido de que Alicia y yo nos separamos, por lo menos en parte, porque llegó un punto en que nuestras discusiones nos estimulaban más que el sexo. Cuando rompimos definitivamente, estábamos a punto de construir una teoría unificada del contrato social en la posmodernidad.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s