Mi querido tío Ramiro

No, no es verdad, no es completamente verdad lo que conté aquí sobre mi tío Ramiro. Es verdad casi todo: su falangismo vehemente, su miseria moral, su riqueza económica, los malos tratos (del tipo que fueran) a su mujer, el provecho que obtuvo de la dictadura y el poco o nulo castigo que sufrió en democracia. Su actitud altanera y condescendiente hacia nosotros. Todo eso era verdad.

Pero nosotros le queríamos. En eso mentí, por omisión o por insinuación. Nosotros le queríamos, a pesar de todo, porque era siempre el tío que mejores regalos nos hacía por nuestro cumpleaños: los más grandes, los más bonitos, los más caros. Era quien traía una merluza gigantesca de Bermeo para la cena de Navidad, en una época en la que nadie más de la familia podía permitírselo. Y no solo eso: mis padres nunca habrían aceptado que mi tío Ramiro les diera dinero, pero bien que aceptó mi madre el trabajo de secretaria que le ofrecieron por intermediación del tío Ramiro. Sin ese trabajo, la vida habría sido mucho más difícil en nuestra casa.

Le queríamos. Le despreciábamos, sí, y mis padres le criticaban con crueldad cuando no estaba presente, pero también le queríamos, con un agradecimiento incómodo pero sincero. Le aceptábamos en nuestra casa casi cada domingo, mi padre le ofrecía la mejor butaca, el mejor cigarro, el mejor cognac. Yo le contaba cómo me iba en el colegio y él me daba veinte duros, o doscientas pesetas, o a veces más. Nos esforzábamos por agradarle más allá de saber con quién estábamos tratando. Y no era por simple obligación servil: se veía que había, de parte de mis padres, una gratitud y una admiración que no eran fingidas, aunque tampoco fueran entusiastas.

¿Podían mis padres haber actuado de otra forma? Por supuesto que podían. Podían haber rechazado todas las prevendas y todos los regalos, sabiendo perfectamente cuál era su origen y cuánto habían tenido que pagar otras personas (con sus propiedades, con su vida) para que el tío Ramiro pudiera permitirse esa merluza navideña; podían haber renunciado a la relativa comodidad de tener a un vencedor protegiéndote y haberse arriesgado a la intemperie de la pobreza, como tantos otros españoles. No lo hicieron porque no se sintieron obligados a ellos o porque, como suele ocurrir, encontraron excusas: “Por nuestros hijos”, “Porque todo el mundo lo hace”, “Porque no perjudicamos a nadie”.

Luego llegó la democracia, y el tío Ramiro se convirtió en un problema para nosotros, para mis padres, quiero decir. El tío Ramiro, y esto es una de las pocas cosas que le honran, nunca fue un chaquetero: cuando todo el mundo pasó, en dos días como quien dice, de llorar desconsoladamente ante el cadáver de Franco a descubrirse felipista de toda la vida, mi tío Ramiro siguió siendo tan falangista como siempre, de una manera menos pública pero igualmente desacomplejada. Habría sido más fácil para mis padres si el tío Ramiro hubiera demostrado arrepentimiento y hubiera pedido perdón, pero ¿por qué iba a hacerlo si nadie se lo pedía?

Fue entonces cuando construimos la versión oficial, que fue casi la única que yo conocí: la de mi tío Ramiro, el hijo de puta. La persona a la que despreciábamos publicamente, porque ya no necesitábamos su protección. Él seguía siendo incalculablemente rico, pero nosotros, mis padres, ya no le temían: eran clase media, tenían casa, coche y un pequeño apartamento en la costa, los tiempos eran otros y el tío Ramiro se había convertido en una presencia molesta, en un fantasma que no se resigna a desaparecer. Cuando la gente desempolvaba, orgullosa, las historias de sus abuelos muertos gloriosamente en el bando republicano (porque de repente nadie tenía abuelos que murieron gloriosamente en el bando nacional), mis padres callaban y se miraban, confiando en que nadie sacase a relucir el pasado del tío Ramiro.

Así que cuando murió el tío Ramiro fue una liberación para todos: ahora podíamos modificar el pasado a nuestro antojo para hacerlo coincidir con la versión oficial: mi madre podía ocultar que fue el tío Ramiro el que le consiguió aquel trabajo, mi padre podía afirmar a los cuatro vientos que nunca soportó al tío Ramiro y su arrogancia y yo podía decir, si quería, que nunca me gustaron los regalos del tío Ramiro, tan grandes, tan exagerados, tan aparatosos. Y de tanto contarla, terminamos por creernos la blanqueada verdad oficial. Pero no es así como pasaron las cosas. Y es nuestra obligación, mi obligación, recordarlo.

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