“Los 3500 ángeles” de Agnes Pellicier

Anges Pellicier (París, 1857-1933) fue, en vida, una escritora normal, por no decir vulgar. Fue sobre todo dramaturga, inscribiéndose en la línea más conservadora y escapista de la comedia burguesa de la época. Sus obras, estrenadas unas veces con su nombre real, y otras bajo el seudónimo de Leopold Bellefont, obtuvieron un éxito moderado, pero han sido casi completamente despreciadas por la crítica, probablemente con justicia. En su juventud publicó también dos libros de poemas de estética decididamente romántica, o sea, cursi.

Portada de 'Le Petit Parisien' en que se informa de la aparición de 'Los 3500 ángeles' (cuarta columna, encima de la fotografía)

Portada de ‘Le Petit Parisien’ en que se informa de la aparición de ‘Los 3500 ángeles’ (cuarta columna, encima de la fotografía)

Por eso fue grande la sorpresa cuando, tras su muerte, sus herederos encontraron entre sus pertenencias una caja de cartón, algo mayor que una caja de zapatos, decorada con diseños geométricos y florales y marcada con un rótulo que decía: Los 3500 ángeles. Cuando la abrieron, descubrieron que estaba llena de versos. No poemas: versos. Tiras de papel acartonado delicadamente recortadas y con versos escritos en cuidada caligrafía. La noticia de este hallazgo apareció en algunos diarios de la época (Le Journal, Le Petit Parisien, Le Matin, Paris-Soir…), pero no tuvo en cambio eco en ambientes académicos o críticos.

Hubo que esperar, de hecho, varias décadas para que alguien se ocupara de la caja de versos de Agnes Pellicier. Y ese alguien fue Guillaume Foullon, catedrático de la Université Paris XXVII-La Dernière, quien en 1967 encabezó un equipo de investigación destinado a revelar los secretos de la caja misteriosa.

El primer descubrimiento que realizó este grupo de investigación fue que, efectivamente, la caja contenía exactamente 3500 versos, 3500 tiras de papel; esto eliminaba la posibilidad de que la caja fuese, simplemente, un contenedor de ideas poéticas desechadas, y apuntaba para la existencia de un proyecto creativo deliberado.

A continuación, el equipo se dedicó a una labor de meticuloso análisis y clasificación de los versos, en función factores materiales (tamaño y composición del papel, tipo de tinta, grosor del trazo, etc.) y estilísticos (temática, medida de los versos, recursos retóricos, léxico, etc.). Terminado el escrutinio, en 1972 Foullon publicó su Catálogo de ‘Los 3500 ángeles’ de Agnes Pellicier, con un estudio introductorio, en el que se ofrecen los 3500 versos numerados y en orden alfabético, seguidos de varios índices destinados a facilitar su lectura.

Con el Catálogo terminó la labor del equipo de trabajo, pero no la de Foullon. Foullon estaba en efecto convencido de que Los 3500 ángeles ocultaba un mensaje, una lectura única y luminosa que era preciso descubrir y descifrar. A ello dedicó el resto de su vida académica, y de su vida tout court. Cuando murió, en 1983, Foullon creía haber encontrado al menos 27 sonetos incompletos, y otras 130 tiradas de versos relacionadas por rima, temática o caligrafía. En total, como si se tratase de un gigantesco puzzle, Foullon había conseguido (o eso creía él) interrelacionar aproximadamente la mitad de los 3500 versos contenidos en la caja.

Portada de la 'Antología' de Foullon, que intenta imitar la ornamentación de la caja original.

Portada de la ‘Antología’ de Foullon, que intenta imitar la ornamentación de la caja original.

A partir de ellos, su viuda publicó, en 1986, una Antología poética de ‘Los 3500 ángeles’ de Agnes Pellicier, basada en las más recientes investigaciones de Guillaume Foullon, que tuvo bastante éxito de público, aunque fue denostada por la crítica académica por manipular y forzar no solo los versos de Pellicier, sino incluso, en algunos puntos, las conclusiones del propio Foullon, por mor de un resultado más acabado y perfecto.

Unos pocos años después, en 1992, Pierre Leclerc, uno de los discípulos de Foullon, y antiguo miembro del equipo de trabajo de Los 3500 ángeles, publicó una versión digital de los versos de Pellicier, siguiendo con exhaustividad escrupulosa las clasificaciones establecidas en el Catálogo, pero no así las labores individuales desarrolladas posteriormente por Foullon. “Con todo el debido respeto debido a mi maestro”, afirma Leclerc en un artículo publicado en Le Monde, “creo que ha llegado el momento de que abandonemos la ficción de que la literatura, como el mundo, tiene orden y sentido, y de que nos sumerjamos gozosamente en la arbitrariedad del caos y la entropía”. Así, en su publicación digital los versos se ofrecían, sí, clasificados por criterios materiales y estilísticos, pero no agrupados ni enlazados en tiradas. Era esa una labor que se dejaba al lector, que tenía la potestad de seleccionar los versos que quisiese, ordenarlos a su gusto e imprimirlos para formar cuantos poemas gustase.

Lamentablemente, la publicación digital de Leclerc ha quedado desfasada debido a la caducidad de los formatos digitales: ni el hardware ni el software empleados son ya compatibles con los ordenadores actuales. En 2009 intenté contactar con él, con la idea de realizar una versión online de Los 3500 ángeles, aprovechando las nuevas posibilidades de búsqueda, indexación e interactividad. Sin embargo, me fue imposible dar con él: Leclerc abandonó la universidad a finales de los 90, en su antiguo departamento no tienen sus señas actuales y su nombre es tan común que resulta imposible dar con él mediante Google o Facebook. Su loable trabajo de adaptación digital ha quedado inutilizado, y la única forma viable de acercarse a la obra poética de Pellicier son por lo tanto los dos volúmenes publicados por Foullon (que casi nadie lee, porque casi nadie conoce).

Por otra parte, por motivos que desconozco, pero que me gustaría conocer, la caja original de Agnes Pellicier con sus 3500 versos no se conserva en la Bibliotèque National de France, sino en la Oficina Internacional de Pesos y Medidas, en Sèvres, a las afueras de París. Para consultarla es necesario un permiso especial, que no siempre es fácil de conseguir.

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