Un instante

Estoy en la fila de la caja del supermercado. Delante de mí hay un hombre mayor, pero no decrépito (le hecho sesenta y tal). La cajera le saluda, le hace las preguntas de rigor (¿quiere bolsa? ¿tiene tarjeta del supermercado?), él responde que sí, que no, ella saca una bolsa de debajo de la caja registradora.

Y entonces sucede la tragedia.

El hombre alarga la mano para coger la bolsa, pero la cajera, que quiere ayudarle, empieza a embolsarle los productos ella misma. Cualquier persona, en esa situación, habría bajado la mano y esperado pacientemente hasta oír la cuenta final, pagar, coger la bolsa, irse a casa.

El señor no hace eso. El señor mantiene la mano en alto. Totalmente inmóvil, todo él. La mano en alto, mientras uno a uno los plátanos, las acelgas, el pan, la leche van pasando por la báscula o por el lector de códigos de barra y de ahí a la bolsa, uno a uno.

Y la mano sigue en alto, todo el tiempo, y hay bastantes productos todavía por pasar. Ver la mano ahí, en el aire, quieta, y la mirada ansiosa del hombre que espera su bolsa me provoca una ansiedad creciente. Quiero decirle a la cajera: dale la bolsa, mujer, dale la bolsa y que lo haga el mismo, ¿no ves su mano en alto? ¿No ves que quiere hacerlo él mismo?

Pero no se lo da, y el hombre tampoco hace nada, ni coger la bolsa ni bajar la mano. Sigue esperando, esperando, esperando, sigue sonando el pitido del escáner, siguen pasando los segundos y la mano sigue ahí. Me ahogo, miro para otro lado como quien no quiere mirar la aguja de la inyección, pero sé que la mano sigue ahí, en alto.

Vamos, vamos, termina ya, dile el precio, coge sus billetes, termina ya con esto. No termina. Se equivoca con un código, o el lector no lo reconoce, no lo sé. Teclea cosas, chac, chac, chac, chac, y la mano en alto. Suenan por la megafonía los mismos anuncios del supermercado, una y otra vez. Siento en los huesos una sensación parecida a la dentera, como si la ansiedad me saliera del tuétano. Ni la cajera ni el señor se dan cuenta de nada, claro: ella trabajando y él, nada, como fuera del mundo.

La mano sigue en el aire, inmóvil.

Y luego, porque en algún momento tenía que terminar, termina. Ella guarda el último de los artículos en la bolsa, da un tirón y la deja en el mostrador. Dice algo que no comprendo, él alarga unos billetes, se intercambian unas monedas, la mano, por fin, la mano agarra las asas de la bolsa.

El señor sale.

La cajera me hace las preguntas de rigor: ¿quiere una bolsa? ¿tiene tarjeta del supermercado? Le digo que sí, le digo que no. Siento, absurdamente, que se acaba de cerrar una brecha esencial, que la armonía del universo ha estado a punto de quebrarse pero algo la ha salvado en el último momento.

Luego me doy cuenta de que me he olvidado de comprar desodorante.

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