Bifurcación

Una tarde, casi al principio de nuestra relación, cuando salíamos de clase de portugués en la Universidad Alicia y yo decidimos ir a tomar una cerveza por el Bairro Alto. Era una de las primeras tardes realmente primaverales del año y no nos apetecía ir a encerrarnos en casa. En aquella altura todavía no vivíamos juntos y tampoco nos apetecía (esa es la verdad) separarnos tan pronto.

Entramos en el metro en Cidade Universitária y nos quedamos mirando el letrero con las estaciones. Yo proponía ir hasta Campo Grande, y ahí cambiar a la línea verde; Alicia decía que era más rápido ir por la línea amarilla hasta Marqués de Pombal, y ahí cambiar a la azul. “Mi camino tiene menos paradas”, decía ella; “sí, pero el trasbordo en Campo Grande es más rápido”, decía yo. “Mi camino es más rápido”. “No, el mío”. Y así. Alicia era, es, cabezota (y yo debo de ser igual de cabezota, porque no di mi brazo a torcer).

Entonces Alicia dijo: “¿Qué te apuestas?”, que es una de las peores cosas que se le puede decir a un vasco. “Hacemos así”, le dije: “Nos separamos, cada uno va por su camino, y el último que llegue a A Brasileira paga las cervezas”. “Hecho”. Nos dimos la mano ceremoniosamente, y ahí nos quedamos, muertos de risa, en posición de “Preparados, listos, ya” esperando a que llegase el primer metro.

Llego primero el mío. Alicia intentó retenerme sin mucha fuerza, pero conseguí soltarme y bajé corriendo las escaleras. Punto para mí.

Durante el viaje imaginaba distintos escenarios: yo llegaba antes que ella, pero me escondía detrás de una esquina y le dejaba ganar; yo llegaba antes y la esperaba tranquilamente sentado en la mesa de Pessoa; ella llegaba antes y, de puro alegre, me daba un beso interminable allí mismo en plena calle; los dos llegábamos al mismo tiempo y nos peleábamos, escaleras mecánicas arriba, tropezando con los turistas, hasta terminar rodando por el suelo pegajoso de la estación…

El trasbordo en Campo Grande fue casi inmediato. “Voy a ganar”, pensaba, y también: “¿Dónde estará Alicia ahora?”. Creo que hice todo el trayecto con una sonrisa boba en la cara. La gente que me viera debía pensar: “Es feliz” o “está enamorado” o “menudo imbécil”.

Al final, llegué yo primero. O sea, cuando llegué a A Brasileira Alicia no estaba, así que supuse que había llegado primero. Me senté a esperarla en el reborde del escaparate de una tienda de muebles. Incómodo pero radiante.

Iban pasando los minutos y Alicia no llegaba. “Pues sí que era más rápido mi camino”, pensaba yo, todavía. Un cuarto de hora después ya empecé a preocuparme. Media hora después decidí llamarle por teléfono.

El teléfono daba señal.

-¿Sí?

-¿Alicia?

-Sí…

-Alicia, soy Santi, ¿dónde estás?

Hubo un silencio demasiado largo para cosa buena.

-Estoy en casa, Santi.

-¿¿¿En casa???

-Sí…

-Pero habíamos quedado… Habíamos dicho… La carrera…

-Ya lo sé, Santi. Lo siento mucho… Pero es que mira, cuando estaba en el metro, a la altura de Saldanha, he empezado a pensar: “A Santi le hace mucha ilusión ganar esta carrera, así que ahora me bajo, y espero aquí al siguiente metro, y le dejo ganar”, y me ha emocionado imaginarte allí esperándome, en A Brasileira, sabiendo que habías ganado, como un niño. Y he hecho eso, me he bajado en Saldanha y me he sentado a esperar al siguiente metro. Y a mi lado había una pareja de abuelos, muy viejitos los dos, muy monos. Pero no se hablaban. Estaban esperando al metro sin hablarse, los dos, juntos pero solos. Sin cogerse de la mano, ni nada, ¿me entiendes? Sobre todo ella, era tan pequeña, no parecía de verdad.

Su voz se iba apagando a medida que hablaba.

-Y he pensado, no sé si por culpa de los viejitos: “Yo me he bajado en Saldanha para dejarme ganar, pero ¿por qué tengo que dejarme ganar? ¿Por qué no se deja ganar Santi?” Y de repente me he sentido muy cansada como si yo ya fuera esa mujer viejita, cansada como si hubiera pasado toda una vida y yo siempre te hubiera dejado ganar, ¿sabes? En todo: en casa, en el trabajo, en la familia, hasta en la cama. Siempre dejando ganar a todo el mundo. ¿Y a mí quién me deja ganar, Santi? ¿Cuándo es mi turno de ganar? ¿Y para qué? ¿Para que tú estés feliz como un niño? ¿Y cuándo es mi turno para ser feliz como una niña? Así que me he sentido cansadísima y muy triste, y me he venido para casa, a meterme la cama y dormir hasta que se me pase el cansancio.

Intenté entender, intenté explicarme.

-Yo también he pensado en dejarte ganar -le dije.

-Ya, lo has pensado, pero no lo has hecho, ¿verdad?

-No, pero…

-Tú estás en A Brasileira y yo estoy en casa, sintiéndome mal. Los hombres piensan en dejarse ganar, pero al final son las mujeres las que se bajan del metro.

-Eso es injusto -le dije, sin mucha convicción ni mucha fuerza.

-Puede ser, Santi; hay muchas cosas que son injustas, pero pasan. Y yo hoy necesitaba ganar, o por lo menos no perder.

-Podrías haber ganado…

-Da igual, Santi, mañana hablamos. O mejor, no hablamos, o sea, hablamos pero no de esto.

-Pero… ¿esto quiere decir…?

-Esto no quiere decir nada, Santi. Buenas noches. No te preocupes, mañana hablamos. Buenas noches.

Y colgó.

Me levanté, me metí en el metro y me fui para casa. Como penitencia, escogí el camino más largo.

Anuncios

3 pensamientos en “Bifurcación

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s