Cuerpo (límites)

A menudo me quedo fascinado, después de cortarme el pelo o las uñas, mirando todos esos restos que hace un momento eran yo, y ya no son yo. Cosas, materia, límites que se desprenden de mi cuerpo.

Eran yo. Si con esas uñas hace un momento hubiera arañado a una persona, la habría arañado yo, yo, yo. Los mechones de pelo que se juntan debajo de la silla del peluquero. Lo que sale, en estado líquido, sólido o gaseoso, a través de mi boca, de mi nariz, de cualquier otro de mis orificios. Todo eso, deja de ser yo en el momento en que deja de estar ligado a mí, al resto de mí.

Un día, decido experimentar. Me corto el pelo, todo el pelo, cada uno de los pelos de mi cuerpo. Me corto las uñas de manos y pies, me limpio hasta donde alcanzo a limpiarme. Quiero regresar a un estado de pureza o de concentración absoluta en el que no haya distancia entre los límites de yo y yo. Creo haberlo conseguido después de no comer durante varios días, cuando me desmayo delante del espejo.

Pero no es suficiente, porque sigo sin saber dónde está el núcleo de mí, la esencia que si la cortas y la separas del resto, deja de haber yo donde antes había un yo.

Ya me conocéis, ya sabéis hacia dónde va esto.

Empiezo por cortarme las orejas, que siempre me han parecido superfluas y antiestéticas. Los dedos anulares de cada mano. El dedo pequeño de cada pie. Los dientes. (La sangre que voy perdiendo en el proceso, era yo hasta que empapa la toalla con la que intento parar la hemorragia).

Estoy purificándome, pero todavía no me he encontrado en medio de toda esta carnalidad. Mi grasa. ¿Soy mi grasa? ¿Los círculos de grasa de mi tripa, forman parte de mi identidad, de mi voluntad? Una libra de carne, reclamaba el mercader de Venecia, y quizás no estaba reclamando demasiado.

¿Soy yo el dolor que me traspasa o el dolor es ajeno a mí y debo ignorarlo? (Cuando duele, es que está curando, dice la sabiduría popular).

Estoy ya muy débil, así que me cuesta bastante trabajo cortarme la mano izquierda. Para qué quiero la mano izquierda, no es imprescindible, por lo tanto no puede pertenecer a mi yo esencial. Y sin embargo, si con esa mano izquierda ayer hubiera apretado un gatillo, sería yo el que apretaba el gatillo. Esa mano que ahora se retuerce en el suelo (¿se retuerce? No se retuerce, yace, está, es) nadie sensato habría dicho que no era parte de mi yo.

Me miro al espejo. Soy un adefesio sanguinolento, un muñón andante. Y sin embargo, racionalmente, sé que estoy más cerca de mí mismo que nunca, que soy más yo (porque soy menos yo) que antes de empezar todo este proceso.

¿Es mi sexo fundamental en mi forma de definirme a mí mismo? ¿O si cuelga ahí, externo y amorfo, es para indicar precisamente que es periférico a la verdadera naturaleza del yo? Con la mano derecha, con mi única mano, cojo el cuchillo. Rajo, sajo, corto, mutilo.

Me despierto en una cama blanca envuelto en una nube de morfina. La cara de mi madre. “¿Qué te has hecho, hijo mío?”, me dice, “¿qué te has hecho?”.

La miro borrosa y turbulenta. “Mamá”, le digo desde mi boca desdentada, antes de desmayarme otra vez, “ahora soy feliz. Ahora soy yo. Me he encontrado”.

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