Anti-Lisboa

Hace unos meses, viendo que mis ocupaciones como investigador, profesor, bloguero, microcuentista y entrevistador a tiempo parcial me dejaban demasiado tiempo libre, decidí organizar un tour para turistas (que son los que hacen tours) por Lisboa. Tours por Lisboa hay muchos, pero ninguno como el mío. (Hay que tener en cuenta que en esa época me acababa de dejar Alicia y habían empezado mis ya famosos episodios de acidez de estómago).

Para empezar, mi tour no mostraba absolutamente ninguno de los monumentos más reseñables de Lisboa, ni los barrios pintorescos, y huía como de la peste de los típicos tranvías amarillos. Empezaba en Intendente (pero no en la parte bonita de Intendente), y subía por las paralelas a la Avenida Almirante Reis; se escondía entre las calles más pérfidas de Anjos, esquivando cuidadosamente los graffitis que algunos extranjeros hippies podían encontrar atractivos; bordeaba (sin llegar a cruzarlo) el Largo de Dona Estefania, bajaba por Conde Redondo (donde yo daba un muy honorable y aburrido discurso sobre la prostitución y sus consecuencias psicosociopolíticoeconómicas); pasaba cerca pero no demasiado de Marqués de Pombal y terminaba, mediante mi huida subrepticia colina arriba, en la calle paralela a la Avenida Liberdade, pero sin llegar por supuesto al Ateneo ni al elevador da Lavra.

La fe en la autoridad del guía (la fe en la autoridad, en general) hacía que los turistas se pasasen la hora y media que duraba el tour sacando fotografías a todo, por feo que fuera. Si por casualidad o por error nos acercábamos excesivamente a algún punto que los visitantes pudieran considerar bonito, entrañable, pintoresco, yo les pedía que por favor bajasen la vista y por ningún motivo la levantasen hasta que nos alejásemos del lugar. “Esta zona de Lisboa es peligrosísima”, les decía, “si establecen contacto visual con algún paseante las consecuencias pueden ser terribles…” Si alguno  me desafiaba y se atrevía a levantar la mirada, le montaba un escándalo allí mismo delante de todos, que hacía que mirasen al suelo pero por otros motivos.

Una vez un turista austriaco me preguntó por los pasteles de Belém. “Sobrevalorados”, le dije. “Pero el café de dona Rosário… eso es otra cosa”. Y les llevé a una tasca inmunda y minúscula donde dona Rosário, que ni siquiera era lo bastante fea para ser memorable, les sirvió un café aguado por el que les cobró 3,50€ a cada uno. (El café de dona Rosário, por cierto, contribuyó grandemente a mi acidez aquellos meses).

Durante la visita yo me inventaba cosas, o mejor dicho, contaba cosas que a lo mejor eran verdad, pero no le interesaban a nadie. “En esta academia de idiomas, señoras y señores, di mis primeras clases de portugués”. “En aquella calle hay una librería que no tiene ningún libro de Saramago. ¡Caso único en Lisboa!”. “A este taller trajimos Alicia y yo el coche una vez que se le estropeo el embrague”. Y todos los turistas le sacaban fotografías a Garagem António como si fuera la tumba del inmortal Camões, y me preguntaban quién era esa tal Alicia. Yo no les contestaba y seguía con el tour. “En este restaurante chino, damas y caballeros, el rollito de primavera lleva carne de pavo en vez de pollo”.

Para sorpresa mía, el anti-tour se convirtió en una atracción hipster. Las críticas en Tripadvisor eran feroces, pero al mismo tiempo numerosas. La Time Out le dedicó a mi ruta un artículo furibundo, lo que solo consiguió que se me colapsara el email. Venían a hacer mi tour personas que ya habían estado varias veces en Lisboa y que querían verla “de otra manera”, y jóvenes antisistema que creían que “otra forma de viajar es posible”. Yo les decía que sí, que claro, y les llevaba a una tienda de todo a cien para que compraran unos tupperwares de recuerdo de Lisboa.

Y fue así como todo murió: por exceso de éxito. A mediados de septiembre me escribieron de la Lonely Planet: habían oído hablar de mi anti-tour y estaban interesados en que escribiese una anti-guía de la ciudad, que ellos publicarían (bajo un sello editorial diferente al habitual, por supuesto). Les dije que sí, y en una noche con los amigotes me gasté en uno de los locales de la calle Conde Redondo el adelanto que me dieron. Luego perdí el interés, dejé de aparecer a mis propios tours y me encerré en casa a escribir un poema épico sobre el caballo de Espartero.

He oído decir que los anti-tours de Lisboa todavía siguen realizándose, clandestinamente, y que la Câmara Municipal quiere prohibirlos. A mí me parece bien, porque Lisboa no se merece una cosa así y porque dona Rosário ha dejado de pagarme mi comisión.

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