Las noches de fuego

Cada noche, un incendio. Las dos o tres primeras noches hubo todavía quien lo consideró una casualidad; al cabo de una semana ya era imposible seguir ocultándolo: los incendios seguían un patrón. Cada noche, un incendio, en un centro comercial, un restaurante de comida rápida, una tienda de una cadena multinacional, una sucursal de un banco. McDonalds, El Corte Inglés, Barclays, Apple, Cartier. Nunca había víctimas. Los vecinos de los edificios contiguos nunca resultaban seriamente afectados (más allá de la molestia de tener que salir a la calle en bata en medio de la noche). Los bomberos luchaban con las llamas durante horas, y cuando finalmente conseguían apagar el fuego lo que quedaba era una cáscara vacía, el esqueleto de un edificio lleno de aire, una idea chamuscada y frágil.

Los incendios provocaban asombro, disgusto, repulsa, atracción. A partir de la tercera noche, pero sobre todo después de la quinta (el incencio de los Almacenes Mundiales, que hizo temer que esta vez ni los bomberos consiguieran contener el avance de las llamas) se crearon milicias urbanas que vigilaban buscando las primeras señales de incendio. Su objetivo no era apagarlo cuando todavía fuese inofensivo, sino esperar a que creciera para fotografiarlo, grabarlo en vídeo, subirlo a Youtube, Twitter, Facebook. Ser los primeros en estar allí (y “allí” era el centro de la noticia, donde todos querían estar), acercarse lo suficiente al fuego para sentir el calor sin llegar a quemarse.

Los bomberos y los peritos de los seguros no se ponían de acuerdo sobre las causas de los incendios. Los bomberos decían que parecían espontáneos y con numerosos focos, lo que en sí ya era contradictorio e inverosímil; los seguros no tenían dudas de que había alguna misteriosa persona o grupo de personas que provocaban los incendios cada noche, y que por lo tanto eran esas personas o grupos de personas, y no ellos, quienes debían indemnizar a sus clientes.

Los políticos también estaban de acuerdo en algo: en que la culpa era de los demás. La derecha culpaba a la izquierda, que sin duda estaba detrás de aquellos ataques anticapitalistas. La izquierda negaba su implicación y culpaba a las multinacionales de atraer sobre sí mismas el castigo divino del fuego con su voracidad implacable (la de las empresas, y la del fuego). Mientras tanto, intentaban por todos los medios averiguar quién estaba realmente detrás de los incendios, porque también los grupos de izquierda pensaban que los responsables debían pertencer a algún grupo de izquierda. Y no sabían muy bien si felicitarles o llamarles al orden.

En realidad, nadie sabía muy bien si quería que los incendios terminasen o no. Por una parte, es difícil sentir pena por Vodafone, Starbucks, Zara, British Airways; por otra, el espectáculo era digno de los mejores directores de cine americanos, que son los mejores directores de cine cuando se trata de dar espectáculo. Además, los incendios habían contribuido a poner la ciudad en el mapa internacional: el vídeo del incendio de la sexta noche, con las letras de Toys’R’Us ardiendo sobre fondo negro, había superado en pocas horas al del niño montado en un globo aerostático sobrevolando Manhattan.

A los incendios originales pronto les salieron imitadores (la imitación es el mejor elogio, dicen): pirómanos de barrio que quemaban cajeros, telepizzas, tiendas de cigarrillos electrónicos. Su torpeza y su precipitación era evidente, y muchos fueron detenidos a las pocas horas, cuando no tuvieron que ser ingresados en hospitales con quemaduras de diverso grado. Los puristas de los incendios renegaban de estos aficionados, que estragaban la belleza de los originales con sus ridículas copias a escala.

Todo cambio definitivamente la novena noche, en que hubo la primera víctima: un hombre de cincuenta y tantos años (dijeron los forenses después de analizar sus restos) del que nadie supo decir si estaba en el edificio cuando empezó a arder, o si se arrojó entre las llamas con la intención de suicidarse o de formar parte de algo más grande que él mismo. También hubo quien dijo que el esqueleto de aquel hombre (o aquel hombre antes de convertirse en esqueleto) fue puesto allí por la policía, por el gobierno, por los servicios de inteligencia, para desacreditar a los incendios y reducir su popularidad.

Fuese así o no, la verdad es que a partir de esa noche ya nada fue lo mismo. Siguió habiendo incendios durante una semana más, pero ya no ocuparon las primeras planas de los periódicos ni los primeros minutos de los telediarios: en otras palabras, dejaron de existir. La policía empezó a reprimir con dureza a las “milicias incendiarias” (como las llamaba la prensa), que como respuesta crecieron en número durante dos noches más, y luego se volvieron insignificantes. Cuando al decimoquinto día ardió una pequeña tienda de artículos chinos, ya no había nadie para ver cómo los bomberos apagaban el fuego con aire aburrido. (Hubo, de hecho, quien negó que este incendio perteneciera a la serie, por las distintas características del local ardido y por las distintas implicaciones ideológicas de que el local ardiese).

Explícita o implícitamente, mucha gente pensó que los incendios serían el principio de algo, algo grande, único y espontáneo. Para quienes estuvieron allí, en primera línea de fuego, quizás fuera así; para el resto de los mortales, más temprano que tarde volvieron a abrir los McDonalds, Zaras, Corte Inglés, Vodafone, Barclays, telepizzas. Y nadie supo muy bien decir si eso era algo que debiera ser celebrado o lamentado.

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