La entrevista – Segunda variante

La entrevista iba a ser en casa del escritor. Guillermo Zamora tiene, tenía, fama de ogro, así que iba preparado para cualquier cosa; iba preparado incluso para que no quisiera abrirme la puerta. Pero no iba preparado para me abriese la puerta fuese una muchacha de unos veintital años, morena de ojos negros, vestida en vaqueros y camiseta blanca lisa: una Venus recién salida de la concha, una Monica Bellucci recién salida del baño.

Habría pensado que me había equivocado de casa, si no fuera porque en la pared de enfrente había un cartel bien grande con la cara de Guillermo Zamora y la portada del Primer libro del surtidor. “Pasa, pasa”, me dijo la muchacha, “estábamos esperándote”. “Yo también”, contesté, sin saber muy bien a qué me refería. La chica se me quedó mirando con los ojos muy abiertos, pero no dijo nada.

Guillermo Zamora estaba sentado en el sofá. Era un hombre pequeño, grisáceo y pacífico, de aspecto frágil, como un papel quemado. Me dio la mano desde el sofá. “Perdone que no me levante”, dijo, y se rió con una risa que más bien era una tos.

“¿Quieres un café?”, me preguntó la chica, a la que la camiseta quedaba ligeramente corta, mostrando unos milímetros de piel por encima del cinturón.

“Sí, por favor, gracias, o sea, no, no hace falta. Sí. Con leche”, respondí.

La chica salió del salón y me quedé con Guillermo Zamora. Horas antes, habría dado un brazo por estar a solas en una habitación con él; ahora, solo quería salir detrás de la muchacha hacia la cocina (o hacia otras habitaciones de la casa).

“Empezamos cuando quieras”, dijo Zamora, estirando el cuello y ajustándose la camisa como si fuese a aparecer en televisión. Encendí la grabadora y le hice la primera de las cuarenta preguntas que había preparado concienzudamente la noche anterior. “¿Qué es la poesía para usted?” “¿Cuáles son sus fuentes o inspiraciones principales?” “¿Puede la literatura vencer a la muerte?” Aburrido, aburrido, aburrido. Yo preguntaba con desgana y Guillermo Zamora respondía con una pasión impropia de su edad, como si aquella fuera su primera entrevista. Mi mirada vigilaba la puerta de la sala.

Finalmente, la chica volvió trayendo una bandejita plateada con tres tazas.

“Lo tomabas con leche, ¿no?”

“No”, contesté, atontado, mirándola fijamente. “O sea, sí, perdona. Con leche. Sin azúcar. El café de casa lo tomo sin azúcar, y es curioso, el café de cafetería en cambio lo tomo con azúcar, ¿no es curioso? Jajaja.”

Nadie se rió conmigo.

“Bueno, os dejo que sigáis con lo vuestro”, dijo la muchacha. Y se fue a sentar en una mesita pequeña de cristal junto a la ventana, al otro lado del salón. Ella nos daba la espalda, pero yo podía admirarla a voluntad.

Guillermo Zamora continuó lo que ya era prácticamente una autoentrevista. “¿Dónde estábamos? Ah, sí. Cuando cumplí los treinta años dejé el campo y me mudé a Madrid. Madrid no era lo que es ahora, ustedes los jóvenes piensan que la vida siempre ha sido como ahora, que todo… pero cuando yo tenía treinta años… Mi padre siempre decía, no hay cosa más triste que un joven triste. Mi padre era un gran hombre, aunque nos pegaba. Pero eran otros tiempos, entonces pegar a los hijos y a la mujer era lo normal y a nadie le parecía que fuera nada malo”.

Yo le dejaba hablar (ya oiría la grabación más tarde) y miraba a la muchacha, inclinada sobre el ordenador, con el pelo cayéndole sobre la cara. Se había quitado las zapatillas y sus pies descalzos jugaban con los flecos de la alfombra.

“Mire, joven”, dijo después de un buen rato Guillermo Zamora, intentando recuperar mi atención: “voy a darle una exclusiva para que la publique en su periódico: estoy escribiendo un nuevo libro del surtidor”.

Aquello era ciertamente una noticia explosiva (hasta donde puede ser explosiva una noticia sobre poesía en nuestros tiempos): el último libro del surtidor se había publicado en 1968, hacía más de treinta y cinco años, y era un clásico imprescindible de la literatura contemporánea. Un sexto libro del surtidor… podía tener la capacidad de sacudir el panorama poético y crítico español. Pero a mí me importaba un carajo en ese momento.

“¿Es su hija?”, pregunté, bajando la voz.

“¿Cómo?”

“Ella, la chica, ¿es su hija? ¿Su nieta? ¿Su sobrina?”

“¡Es mi novia!”, dijo, con una sonrisa ancha y orgullosa.

Su novia, aquella muchacha de veintital años, pelo negro, ojos negros, piel clara, sonrisa que te acoge y te acuna y todo va a estar bien mientras estemos juntos, era la novia de Guillermo Zamora, que de repente ya no me parecía un hombre frágil, sabio y entrañable sino un ser decrépito, arrugado, podrido, zafio, lascivo.

“Es traductora”, aclaró. “Pero no es muy buena. No le dejaría que tradujera uno de mis libros ni por diversión. No es demasiado lista…”

“Es muy bonita”, dije, casi sin darme cuenta.

“Todas son bonitas al principio”, me contestó, guiñando un ojo. En las comisuras de los labios se la había formado una pasta blanca de saliva.

La muchacha supo que estábamos hablando de ella y se giró, sonriéndonos con orgullo, pero no orgullo de sí misma sino del escritor y su fama y su genialidad. Y yo lo odié. Odié a aquel hombre al que había admirado hasta una hora antes, a quien consideraba un sabio, un iluminado, un profeta. ¿Le pegaría también él a aquella pobre chica? ¿Le diría que era tonta, que no valía nada, que no sabía la suerte que tenía de estar con él? ¿Qué otras cosas haría con ella, le haría a ella, qué otras cosas se dejaría hacer ella con tal de estar con aquel hombre?

“Creo que hay dos tipos de grandes escritores”, le dije a Guillermo Zamora. “Los que han comprendido las verdades profundas de la vida, y escriben sobre ellas y por eso son grandes; y los que simplemente saben escribir bien porque dominan la técnica, como otros saben tejer o cocinar o hacer muebles”.

“¿Y yo de qué tipo soy?”, preguntó, ahuecándose anticipadamente en espera del elogio.

“Creo que ya tengo suficiente material”, dije, y paré la grabadora. Creo que no entendió, aunque no puedo estar seguro porque me levanté de la butaca sin darle tiempo casi ni a decirme adiós.

La muchacha vino a acompañarme hasta la puerta.

“¿Ha ido bien?”, me preguntó. “No te desanimes si te ha dicho algo desagradable. A veces tiene unos prontos… pero luego se le pasa. No es mala persona, pero ya está mayor… y ha sufrido mucho…”

Sin contestar nada di un paso al frente y abracé a la muchacha, que me abrazó con suavidad, sorprendida por el gesto. Por encima del hombro podía ver a Guillermo Zamora observarnos, divertido.

Salí de la casa, cogí el ascensor, salí del edificio y me metí al bar más cercano a emborracharme como un perro. Borré la grabación de la entrevista y le mandé un mensaje a mi jefe diciendo que Guillermo Zamora no se había dignado abrirme la puerta; que no había habido entrevista.

Al mes siguiente, El Cultural publicaba en portada la exclusiva de la publicación del quinto libro del surtidor. La editorial tuvo la deferencia de enviarme una copia. Aunque me duela reconocerlo, es un gran libro.

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