La entrevista – Primera variante

Una vez, cuando todavía estudiaba en la universidad, me pidieron que le hiciera una entrevista al escritor Guillermo Zamora para la revista de la Facultad. Naturalmente, dije que sí: Guillermo Zamora había sido, durante años, mi ídolo literario, y su Apoteosis del surtidor (volúmenes 1-5) era mi Biblia, mi libro de cabecera, mi vademecum poético y vital.

Zamora iba a dar una conferencia por la tarde, y por la mañana estaba programada mi entrevista. Nos reunimos en la sala de prensa de la universidad, una sala fría e impersonal iluminada con fluorescentes blancos y adornada con retratos del Rector, de los Rectores, de todos los Rectores. Guillermo Zamora ya estaba allí cuando llegué, esperándome. Nos dimos la mano: tenía manos grandes, hinchadas, peludas, callosas. Todo él parecía recién salido de una novela de Delibes.

Nos sentamos uno enfrente del otro. Saqué de mi mochila un ejemplar de su último libro, un cuadernito para tomar apuntes, una grabadora que me había prestado un amigo… y me quedé en blanco, callado, mirando aquella cara cuadrada y terrosa que me sonreía con curiosidad.

No sé si fue el miedo escénico; el temor a no ser lo bastante inteligente para entrevistar a aquel hombre; la responsabilidad del momento. Había dormido poco las noches anteriores, y con pesadillas. A lo mejor me había preparado demasiado, y por querer preguntar algo que nadie le hubiera preguntado antes, al final me quedé sin poder preguntarle nada.

Pasaba el tiempo en aquella sala aislada del mundo, y Guillermo Zamora seguía sonriendo, a veces mirándome, y a veces mirándose sus propias manos, escarbando debajo de las uñas. Yo también sonreía, pero con una sonrisa torcida y falsa, y sentía las gotas de sudor formarse en la frente, deslizarse por la sien y venir a caer hasta la barbilla. Ardía, la cara me ardía.

Al cabo de unos minutos, Guillermo Zamora se inclinó hacia mí por encima de la mesa y me preguntó: “¿Te gusta el fútbol?” Le dije que sí, claro, que me gustaba el fútbol (como si el hecho de que me gustase el fútbol se pudiera deducir del hecho de ser hombre). “A mí también me gusta el fútbol. ¿De qué equipo eres?” Del Athletic, le dije, ¿y tú, usted, tú, de qué equipo es, eres, son? Era del Atlético. Empezó a hablarme de las tardes del Calderón, de las épocas gloriosas, de las épocas del Pupas. De Sabina. Conocía a Sabina. ¡Gran tipo! Aunque algo crápula.

Yo me fui soltando y le fui contando cosas de San Mamés, de mis primeros recuerdos, del Athletic-Juventus en la Champions, de los títulos de los años ochenta. Hablamos del Real Madrid: el odio al Real Madrid nos llevó a una especie de éxtasis de la amistad. Cualquier hubiera dicho que estábamos borrachos.

Hablamos durante un par de horas. Del fútbol pasamos a hablar de viajes, de comida, de cerveza, de películas. De lo único que no hablamos fue de literatura, y menos de sus obras.

A eso de la una y media llamó a la puerta el Decano, para llevarse a Guillermo Zamora a comer. “¿Habéis terminado?”, preguntó. “¿Hemos terminado?, me preguntó a su vez Zamora con un guiño. Les dije que sí. “Al final”, le dije al escritor, “no hemos hablado nada de libros”. “Los libros no importan”, me contestó, “lo que importa es la vida”.

Naturalmente, todo el material que tenía era impublicable, o mejor dicho, era banal. Era una conversación de bar, trasplantada artificialmente a una sala elegante.

Con retazos de otras entrevistas, ligeramente modificadas, fabriqué una entrevista de Frankenstein, falsa pero verosímil. No sonaba peor (ni mejor) que cualquiera de las demás entrevistas. Lo único que conservé de nuestro encuentro fue el titular: “Los libros no importan, lo que importa es la vida”.

Envié la entrevista al director de la revista, que me felicitó por el aire de autenticidad que transmitía. Se publicó en el número de primavera, pero yo no me atreví a releerla. En vez de eso, cogí el tercer volumen del surtidor y me lo leí de cabo a rabo, como no deben leerse los libros de poesía. Me pareció confuso y ajeno, como si hubiera sido escrito hacía siglos en un país diferente.

Volví a encontrarme unos años más tarde con Guillermo Zamora, ya muy mayor, en un congreso de literatura. Con mi habitual timidez, no me atreví a saludarle; además, pensaba que ya no se acordaría de mí. Fue él quien se acercó a mí durante uno de los descansos para el café. “Tú eres… el chico del Athletic, ¿no?” Le dije que sí, que qué buena memoria, que me alegraba mucho de verle. “Leí la entrevista”, me dijo, con su típica sonrisa irónica. “Me mandaron una copia de la revista. Me gustó mucho, sobre todo el titular”.

Le miré atentamente, intentando adivinar si estaba diciendo lo que parecía estar diciendo, pero no conseguí descifrar su mirada. En todo caso, a estas alturas daba igual.

Nos despedimos con otro apretón de manos.

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