John Riverfont, el resumidor

En la primavera de 1834, a su regreso de su viaje iniciático por Italia, Francia y España, Lord John Banderville, sexto duque de Rocheshire, comprendió dos cosas casi al mismo tiempo: en primer lugar, que quería leer todos los libros existentes en el mundo; en segundo lugar, que incluso para un desocupado noble británico del siglo XIX, todos los libros eran demasiados libros. Fue así como decidió contratar un resumidor: un sirviente que le proporcionase versiones abreviadas y fácilmente digeribles de toda la producción literaria -en el sentido más amplio del término- mundial: una especie de Reader’s Digest adelantado casi cien años.

El elegido fue John Riverfont, un joven con una sólida formación autodidacta proveniente de una honesta familia de médicos, apacible y trabajador, políglota, soltero, 21 años. Lord Bandeville quedó impresionado por su capacidad para citar a Homero en griego y a Cicerón en latín, pero sobre todo con sus resúmenes improvisados de las Metamorfosis, la Guerra de las Galias y Hamlet en menos de cinco minutos cada una. Había otros candidatos más eruditos, pero también más viejos, más retóricos, con una mente más anquilosada y menos ágil. Riverfont era su resumidor, y lo podría seguir siendo, además (si todo iba bien), durante décadas.

Riverfont estableció sus cuarteles de invierno en la biblioteca del duque. Era una biblioteca más que mediana, adquirida con paciencia y un regular desembolso monetario por sus antepasados, y ampliada en no pocos volúmenes durante su reciente viaje por Europa. Y aun así, cuando Riverfont encontraba en el catálogo alguna laguna que consideraba imperdonable, tenía permiso del duque para mandar comprar las obras que hiciera falta, o hacerlas traducir a una lengua que le resultara accesible, al precio que fuera. El dinero no era un problema para el duque; el tiempo en cambio…

Los primeros resúmenes de Riverfont vieron la luz en 1837; son unos cuadernillos manuscritos, bastante deteriorados, que se conservan actualmente en la biblioteca Johnson de Oxford, y que contienen los argumentos de las grandes obras de la Antigüedad clásica: Homero, Esquilo, Virgilio, Ovidio… Al parecer, era la intención de Riverfont trabajar cronológicamente, quizás siguiente el modelo y guía de las Geschichte der alten und neuen Literatur de Friedrich Schlegel. Este propósito le duró hasta 1850 aproximadamente: a partir de ese momento (había comenzado a resumir el teatro barroco español e inglés), se observa una alternancia entre “antiguos y modernos”, por decir así, junto con alguna vuelta al pasado más remoto para completar algun olvido anterior.

No fueron las únicas alteraciones en la labor del resumidor: para empezar porque, a partir de 1853 sus resúmenes comenzaron a aparecer impresos, reunidos en volúmenes cronológicos, y vendidos a precios populares en las mejores librerías de Londres. No es fácil saber si la iniciativa partió del propio Riverfont o de su patrón, y en realidad poco importa: en pocos años los resúmenes Riverfont publicados en quarto bajo el emblema de armas de Banderville fueron al mismo tiempo un negocio rentable y una valiosa contribución a la cultura de la burguesía londinense, que podía así hablar con cierto conocimiento de libros que nunca había leído.

La otra gran modificación, provocada quizás por esta repentina e inesperada fama, se comienza a percibir a finales de los años 1850: los resúmenes de Riverfont comienzan a ser más y más extensos: los de la década de los cuarenta ocupaban, de media, veinticuatro páginas; los de la década de los 50 suben ya a las cuarenta páginas de media. A partir de 1859 es difícil encontrar resúmenes inferiores a las cien páginas. No hay noticia de si esta modificación fue aprobada (o fomentada) por Lord Banderville, o si fue iniciativa del resumidor; en realidad, no hay noticia de si el duque leía los resúmenes que tan trabajosamente preparaba su subordinado o si había perdido ya la voracidad de conocimiento.

A medida que se acerca el final del siglo (y tanto el duque como su protegido avanzan hacia la vejez) los resúmenes comienzan a ocupar casi tanto espacio como los originales (estaban compuestos, de hecho, casi únicamente por citas con pequeñas elipsis en los pasajes menos interesantes). La primera obra en la que el resumen de Riverfont consiste en una copia exacta del texto original parece ser el Paraíso Perdido de Milton, que se publicó (en versión “abreviada”, queremos decir) en 1877. Muchas otras siguieron: el Cándido de Voltaire, las grandes obras de Balzac, I promessi sposi de Manzoni…

En 1893, con ochenta y tres años (una edad avanzadísima para la época) moría Lord Banderville, sexto duque de Rocheshire. John Riverfont le sobrevivió solo tres años más, en los que continuó produciendo “resúmenes” (cada vez más actuales, cada vez más perfectos) como si su señor siguiera vivo y pudiera leerlos. A su muerte, se descubrió entre sus pertenencias un manuscrito inédito, escrito al parecer muchos años antes, titulado On the Impossibility of Abridging any Text Worth its Salt (“sobre la imposibilidad de resumir ningún texto que valga algo”), la única obra original producida por Riverfont en toda su vida.

On the Impossibility… comienza con una larga y sincera laudatio del duque, su protector, y pasa después a proponer su tesis principal, que es a la vez una refutación y una explicación de la obra de su autor, John Riverfont el resumidor. Con una agudeza y una humildad destacables, Riverfont explica que compuso esta obra ya a una edad avanzada (aunque no especifica la fecha), ante la insatisfacción creciente que le producía su labor de resumidor: tras unos primeros años de trabajo ciego e ilusionado, se instaló en su conciencia la inquietud de estar cometiendo un fraude, o más bien, una irresponsabilidad. Porque sus resúmenes, que tan útiles y funcionales le parecían en el momento de realizarlos a los treinta años, a los cuarenta, y no digamos a los cincuenta le parecían incompletos, sesgados, erróneos y además peligrosos, por transmitir a los lectores la idea de que ya no necesitaban leer los libros, cuando podían leer los resúmenes. De ahí que sus textos se prolongaran cada vez más, hasta terminar por igualarse con los originales.

Dice luego Riverfont, y esta es la parte más interesante de su ensayo, que esta sensación incómoda solo se le producía en el caso de las “grandes obras” (lo que podríamos llamar “los clásicos”): “Un mal libro”, dice, “puede ser resumido a sus principales líneas básicas sin grande pérdida para el lector. Una obra maestra no tiene esa propiedad, porque cualquier resumen es una simplificacion y una reducción”. Y añade aún otro elemento esenciala su reflexión: “Porque en un resumen que se restrinja al argumento de la obra, deja de lado la manera que el escritor ha escogido para contarlo, y en las grandes obras esto es en sí una pérdida porque tan relevante y tan significativa es la forma de contar una cosa como la cosa en sí, cuando quien la cuenta sabe lo que hace”.

Esta obra, que podría haber colocado a Riverfont en el panorama de la moderna teoría literaria, permaneció inédito hasta 1997, en que se publicó como introducción a una selección de los resúmenes que pasó merecidamente inadvertida, porque de hecho los resúmenes de las primeras décadas no pasan de ser un trabajo escolar, aplicado pero insulso. En cambio, los “resúmenes de Riverfont” (los de la última época) publicados bajo el sello Banderville están considerados entre las traducciones y ediciones más cuidadas producidas en Inglaterra en todo el siglo XIX.

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