Cota de cotas

En Ruritania, a principios del siglo XVIII, hubo una larga, intensa e inexplicable fiebre por la posesión de cotas de malla. Quien no tenía una cota de malla no era nadie. (En esa época, en otras zonas de Europa, nadie tenía una cota de malla: los que podían permitírselo se pagaban una armadura completa; los que no, tenían que conformarse con un peto y arriesgarse a perder un brazo, una pierna, un ojo, la cabeza en medio de refriegas militares o peleas alcohólicas).

Ruritania no estaba en guerra, no tenía intención de estar en guerra (no estaría en guerra hasta casi un siglo más tarde, por cortesía de los ejércitos de Napoleón Bonaparte). Había pocas cosas menos necesarias que una cota de malla. Y sin embargo, quien podía permitírsela, compraba una cota de malla, y quien no podía permitírselo la compraba también para aparentar que podía permitírsela. Hubo familias que dejaron de comer para pagarse una cota de malla; hubo familias que vendieron sus posesiones más preciadas para poder comprarse una cota de malla. Una familia de aristócratas burgundenses en concreto malvendió su casa para poder comprarle una cota de malla de tamaño infantil a su primogénito, y luego se los veía por las calles mendingando y pidiendo comida y bebida para sobrevivir, pero perfectamente protegidos contra el ataque de una potencial bayesta asesina.

Y aun así, las cotas de malla ruritanas ni siquiera eran eficaces como cotas de malla: dada su abundancia y su absoluta inutilidad práctica, los fabricantes de cotas de malla competían en el alambicamiento de sus adornos, el recargamiento de sus dibujos geométricos, vegetales, heráldicos. A fuerza de añadir capas y más capas de labrados en plata y engarces de piedras preciosas, las cotas de malla llegaron a pesar más que sus portadores; llevarlas en batalla habría sido dar una ventaja definitiva al enemigo. Había cotas de malla que representaban la cara de su portador (debidamente idealizada); las había que mostraban escenas de la vida de su dueño, o de la historia de su familia. Jeffrey Jomerston, fabricante de vino, ordenó que diseñasen doce cotas de malla ilustrando el proceso de cultivo de la uva y producción del vino, y las vestía convenientemente según la época del año. Lord van Mut, comerciante de ganado, ordenó que diseñasen una cota de malla para su caballo, en la que se apreciasen escenas de la vida de San Francisco de Asís. Para poder pagarla, tuvo que vender su caballo.

Las cotas de malla ruritanas eran, por lo tanto, objetos inútiles y absurdos, pero la gente los quería a cualquier precio, y precisamente porque la gente los quería a cualquier precio su precio no deó de subir entre 1715 y 1775. Se creó un mercado secundario y no demasiado transparente de cotas de malla, en la que los aristócratas vendían sus cotas de malla viejas, defectuosas u oxidadas a comerciantes de Burgund con más dinero que titulos, mientras que los burgueses a su vez vendían las suyas, más simples y por ello menos valoradas a funcionarios públicos, artesanos ambiciosos o representantes de oficios liberales. Para cuando el siglo llegó a su mitad, solo los sirvientes, los campesinos y los vagabundos seguían sin cota de malla que llevarse al pecho.

Esto hizo que los fabricantes de cotas de malla (que eran apenas dos en 1700; unos setenta y cinco en 1750) se enriquecieran fabulosamente, ya que podían aplicar a sus creaciones unos márgenes de beneficio ridículamente elevados. Ellos no necesitaban comprar cotas de malla para aparentar riqueza: eran ricos, y además poseían cotas de malla a voluntad. Toda una nueva clase social emergió de la nada: la de los “coteros” o “mallistas”, que hasta la desaparición de Ruritania debajo de las alfombras de la historia siguieron siendo tan poderosos como odiados e incomprendidos.

¿Eran bellas, por lo menos, estas cotas de malla? ¿Tenían, si no un valor práctico, por lo menos un valor estético? No lo eran, se puede responder, porque nacieron en el momento equivocado. Cien años antes, en el fragor del barroco flamígero, quizás hubieran sido admiradas como muestras asombrosas de la pericia de sus orfebres. Cien años más tarde, en pleno apogeo neogótico, los Schlegel hubieran escrito sin duda admirables conferencias sobre ellas como modelo de pervivencia esencial de un pasado remoto. Forjadas en el siglo de la razón y la funcionalidad, en el mejor de los mundos posibles, resultaban obsoletas, absurdas, inexplicables. (Lo que implicaba, además, que no había un mercado para ellas fuera de Ruritania).

En el último tercio del siglo XVIII (cuando, precisamente, empezaban a oírse los primeros estruendos del Sturm und Drang y la Edad Media estaba a punto de volverse chic), tan misteriosamente como había venido, la fiebre de las cotas de malla pasó. De pronto, poseer una de aquellas monstruiosidades no fue considerado un motivo de orgullo, sino una culpa que se debía esconder (si era propia) o propagar sibilinamente (si era ajena). Ahora, lo elegante eran las brújulas y los astrolabios, así que quien aún tenía algunos doblones de oro en los baúles los gastó inmediatamente en comprar tantas brújulas y tantos astrolabios como le fuera posible. (Ni que decir tiene que Ruritania no tiene salida al mar y que las brújulas y los astrolabios eran tan inútiles como las cotas de malla).

Así, de repente, Ruritania se encontró con un excendente fabuloso de inservibles cotas de malla. Quien pudo, se deshizo discretamente de ellas. Quien fue lo bastante listo, las fundió y las vendió por el precio del metal -que en muy pocos casos era auténtica plata-. Quien no supo, no pudo o no quiso renunciar a aquellas cosas (porque no les cabía en la cabeza que algo que habían pagado tan caro pudiera no valer nada diez años después) se resignó a tener para siempre en su casa una habitación cerrada y llena de unos seres casi humanos, brillantes y vacíos, como antepasados innobles.

Solo se salvaron de la ruina y de la ignominia los muy ricos (a quienes poseer decenas de cotas de malla inútiles no molestaba demasiado) y los muy pobres (a los que nunca se les hubiera pasado por la imaginación poseer una de aquellas cosas). Todas las demás capas sociales se vieron de pronto sin dinero, sin orgullo y poseedores de unos objetos con cuya reventa esperaban obtener pingües beneficios, pero que ahora les robaban el espacio vital, el sueño y las ganas de dejarse caer por la taberna.

Después de aquella crisis, provocada (según dicen los expertos) a medias por la ambición y la vanidad, Ruritania nunca volvió a ser la misma. Lo que no está muy claro es si esto es algo malo.

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