Alicia era la lluvia

“Encuéntrame una metáfora”, me dijo Alicia, “tú que tienes facilidad con las palabras”.

En aquella época ya vivíamos juntos. Dormíamos abrazados para sobrellevar el frío, compartíamos la comida en un mismo plato, nos duchábamos juntos, esas cosas.

La miré e intenté verla transformarse en palabras delante de mí, como Neo en Matrix veía los números verdes. Pero su cuerpo era resistente a la metaforización. La miré tanto y tan profundamente que acabamos en la cama, desnudos y entrelazados (que era otra forma igualmente insuficiente de intentar comprender a Alicia).

Mis primeros intentos de metáfora fueron claramente insatisfactorios: una flor, un libro, un pájaro, no se puede recurrir a los clásicos cuando se espera de nosotros la excelencia.

Estaba empezando el invierno en Lisboa, temíamos por la integridad de nuestro tejado y el olor a humedad no salía de nuestras ropas.

Mis siguientes intentos fueron demasiado extremos para Alicia: “Tú eres la arista inimaginada del ocaso”. “Anda, anda, no digas tonterías”, me contestó. “¿Quieres un huevo frito o dos?” Quería dos. Me hizo uno.

Pasamos dos meses (como quien dice) debajo de una mantita del IKEA a la que solo le faltaba ronronear. A Alicia le gustaban los canales de cocina y a mí me gustaba sentir el calor del cuerpo de Alicia debajo de la manta mientras ella veía canales de cocina.

La idea de la metáfora hibernaba, pero yo no la había olvidado. Me venían, en sueños, palabras o frases y me imaginaba diciéndoselas a Alicia frente a la ventana de nuestro cuarto. Alicia nunca contestaba (en el sueño) y yo me despertaba para oír, de fondo, el ruido de la lluvia contra la persiana.

Así fue (supongo) como se me ocurrió, una noche de marzo. Cogí a Alicia del brazo y la agité hasta despertarla. “Ya la tengo”, le dije, “ya la he encontrado”. “Muy bien”, me contestó, intentando volver a dormirse sin perder el hilo de sus sueños. Volví a agitarla. “¿Qué?” “Que ya la tengo. Tu metáfora, ya la tengo. Tú eres la lluvia”. “¿Cómo?” “Tú eres la lluvia”. “Qué bonito, muy bonito, gracias”. Y dos segundos después ya no estaba en el mundo de los despiertos.

Yo no conseguí dormir en el resto de la noche y al día siguiente me costó concentrarme en nada. (Cuando se tiene una iluminación, cuando se cree que se ha tenido una iluminación, es difícil volver a la materialidad de los sumarios, las sartenes, los picores, el gas, la troika, el Microsoft Office).

Esa noche, durante la cena Alicia me preguntó: “¿Qué querías decir ayer con lo de que yo era la lluvia?” “Es tu metáfora”, contesté, “la que me pediste que te encontrara”. “Ya, pero ¿qué quiere decir?” “Las metáforas no se explican. Cuando son acertadas, las metáforas no necesitan explicación, no permiten explicación”.

Algunos días más tarde, cuando volví a casa del trabajo Alicia estaba esperándome con los ojos tristes y el pelo mojado. Que le habían llamado al despacho del jefe. Que la mandaban a Angola una temporada a supervisar la sucursal de la empresa. Cuánto, no sé, en principio un mes, puede que más. Que no podía decir que no, o sea, que sí podía decir que no pero no se atrevía a decir que no, porque si decía que no, bueno, ya sabes.

Esa noche dormimos abrazados pero nos despertamos en extremos opuestos de la cama y con dolor de garganta.

Alicia se fue a Angola el lunes siguiente. Esa misma semana (sí, no me cabe duda de que fue una simple casualidad) dejó de llover.

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3 pensamientos en “Alicia era la lluvia

  1. Sigo preguntándome, una y otra vez, ¡qué ves en Alicia! No dudo de que será una mujer estupenda, maravillosa, tierna, lista, trabajadora, cariñosa, pero… le falta poesía, Santi, lo siento pero le falta poesía…

  2. Y…¿Por qué le falta poesía a Alicia?Cada uno puede entender la lluvia en diferentes contextos.Y te puede gustar o no.Creo que las metàforas si que pueden tener su explicación.Yo las he explicado en màs de una ocasión.

    • Sin duda las metáforas pueden a veces ser explicadas, pero si uno siente la poesía no pide explicación ninguna: interpreta libremente. En este caso yo he querido entender (y por supuesto sé que me tomo una gran libertad al hacerlo) que Alicia, su vida, su mirada, su risa, su charla, su caminar… empapan, inundan, cubren, llenan la existencia de Santi. “Alicia es la lluvia”. Al desaparecer marchándose a África… Alicia se evapora.
      (Por cierto, me encanta la lluvia si me pilla en un día templado en medio del campo, y disfruto como uno de los mayores regalos de la naturaleza el embriagador olor de la tierra mojada. En cambio, la lluvia en la ciudad no me gusta. Alicia es lluvia de ciudad).

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