Caricias

La acaricio, paso la noche acariciándola. Rozo con mis dedos su brazo, una zona de su brazo, unos pocos centímetros de su antebrazo, algo más arriba de la muñeca, en el dorso. Un brazo, una piel, lisos, depilados, suaves al tacto, perfectos, inocentes, puros. Acariciándola soy feliz; no sé si a ella le hace feliz que la acaricie, eso no es asunto mío. La acaricio una y otra vez con un movimiento mecánico y circular de los dedos. Al principio se ríe, le hago cosquillas, nos miramos a los ojos. Muy pronto deja de reírse, deja de hacerle cosquillas, se queda mirando al techo, incómoda (creo).

No sé si en algún momento de la noche me quedo dormido, pero no por eso dejo de acariciarla. (Mis dedos rozan su brazo una y otra vez, una y otra vez, siempre en el mismo sitio). Sé que tengo los dedos arcillosos, ásperos como la lengua de una vaca. No tengo dudas de que ella no duerme, es un efecto secundario esperable de mis caricias. No es asunto mío si ella duerme o no. Dormida o despierta puedo acariciarla igual.

Por la mañana la piel del antebrazo se ha enrojecido, la zona se ha abultado como por una picadura o una alergia. Los picores deben ser intensos, pero eso no es asunto mío. Cuando ya ha amanecido y se oyen los autobuses pasando por la avenida intenta una protesta tímida: “Cariño, tengo que ir a trabajar”, me dice. Pero yo le contesto: “No puedes. Te quiero. Te amo. Quiero que estés aquí. Quiero poder acariciarte y acariciarte y acariciarte. No puedes irte. No te dejo irte”. Y se queda.

Sigo acariciándola. Quiere levantarse para ir al baño. No le dejo. No es asunto mío. Mi asunto es seguir acariciándola. La piel se irrita, se escama y poco a poco cae. Hace tiempo que el picor ha tenido que convertirse en dolor, pero eso no es asunto mío. “Una caricia es un gesto de amor”, le digo. Ella llora, aunque intenta que yo no me dé cuenta. Cree que eso me entristecería. A mí me da igual que llore o no mientras no retire el brazo.

Mis dedos siguen acariciándola, rozando ya carne viva. Tengo dedos ásperos, arcillosos. No me imagino lo desagradable que tiene que ser la sensación de mis dedos arcillosos en la carne viva. No me la imagino, porque no me importa. A veces da un respingo en la cama, suelta un gritito que no ha conseguido controlar. Tiembla. Se arquea y aguanta la respiración. A mí todo eso me da igual. Ha llegado un punto en el que tengo que sujetarle el brazo con una mano para que no se mueva, mientras con la otra la acaricio.

Por la habitación se extiende un olor raro. No me importa, no es asunto mío.

Era tan suave su piel, cuando tenía piel… Ahora sangra, los dedos se me manchan de sangre, mis caricias esparcen la sangre por su brazo, manchan la sábana, manchan mis dedos. No me importa. Ella muerde la almohada, tiene los ojos cerrados. ¿Está despierta? ¿Está inconsciente? Si estuviera insconsciente para mí sería mejor, porque así podría acariciarla más a gusto, sin temblores incómodos.

Mis dedos la acarician (las caricias son un gesto de amor) entre los músculos. Creo que podría acariciarla hasta el hueso, si siguiera acariciándola durante algunas horas más, algunos días más. Pero empiezo a tener hambre. Y acariciarla ahora, esa masa de carne y sangre palpitante, ya ha dejado de ser agradable. Ya no me satisface, ya no me hace feliz. Yo no he cambiado, la que ha cambiado ha sido ella. Mi amor es puro, no puede admitir imposturas.

“Cariño”, le digo, “me voy. Ya no te amo”. No estoy seguro de que me haya oído. Probablemente está dormida, desmayada, abotargada por la fiebre. Es probable que se le infecte la herida del brazo si no se la cura pronto. No es asunto mío. Yo lo único que he hecho ha sido tratarla con el mayor de los cariños. Paso al baño a lavarme las manos (la mano). Recojo mis cosas. Salgo de la casa e imediatamente olvido la dirección. Está empezando a llover. Miro a mi alrededor, miro el mundo con ojos nuevos: busco otro brazo para acariciar.

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Un pensamiento en “Caricias

  1. Es buenísimo el retrato del maltratador que nos has pintado ahí. Es cierto que muchos de ellos están convencidos de que aman, cuando en realidad destruyen. Tal vez si se les diera a leer tu texto fueran capaces de entender que el amor no admite de ninguna forma ese egoísmo del “no es asunto mío”.
    Yo no quiero que me “quieran”. Ni quiero “querer” yo así. (Tal vez lo segundo sea lo que más debemos vigilar en nosotros mismos: ojito no sea esto lo que practicamos de manera habitual sin darnos cuenta).

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