Dejadme aquí

Entrada inspirada en la novela Última esperanza zombi de Guillermo Gómez

Supervivientes, la noche está tranquila, parece que las criaturas se han retirado a algún refugio para soportar mejor el frío (lo que demostraría que conservan cierta inteligencia), o quizás simplemente hemos tenido suerte y han migrado hacia otras zonas. Sea como sea, el campamento duerme, siempre en tensión, siempre alerta, pero con la tranquilidad de saber que estamos preparados.

Voy a aprovechar esta noche de calma para contar un episodio de los primeros días, de los días del caos y el horror. Hubo en esos días tantas historias que nunca habrá tiempo para contarlas todas; y quizás sea mejor así. Pero esta es una historia que me ha acompañado desde entonces, y que necesito contar.

Eran los días de más confusión, cuando todavía pensábamos, ingenuamente, que era posible detener la infección y volver a la normalidad. Nuestro grupo había optado por alejarse de las carreteras principales y avanzar campo a través: nos pareció la opción más segura (es difícil saber si acertamos o no; lo cierto es que aún seguimos con vida… casi todos).

Un día, cuando estaba ya empezando a oscurecer y empezábamos a angustiarnos por la posibilidad de pasar una noche al raso, a merced de las criaturas, vimos a lo lejos una luz amarilla y una columna de humo que se elevaba entre los árboles. Era un caserío, era una señal de humanidad, de civilización en medio del horror.

Nos acercamos con prudencia, miramos alrededor en busca de criaturas, y al no encontrarlas nos atrevimos a llamar al timbre, a aporrear la puerta, a gritar como locos a través de las ventanas. Por fin, un hombre asomó la cabeza desde el primer piso. Era un hombre de edad algo más que madiana, con barba y gafas, que blandía una especie de porra de madera en la mano derecha.

-¡Quiénes sois! ¡Qué queréis!

-Somos… -dije yo, sin saber muy bien como seguir.- Somos supervivientes.

Creo que era la primera vez que usaba esa palabra, que luego tendría que repetir tantas veces.

-¿Hay algún infectado entre vosotros?

-¡No!

-¿Seguro?

-¡Sí!

El hombre pareció pensárselo dos veces antes de responder. A lo mejor estaba estudiándonos, para intentar adivinar en algunos de nosotros el comportamiento febril y errático de los infectados.

-Está bien -dijo por fin-. Dad la vuelta al edificio, entrad por el garaje y esperadme allí.

Hicimos lo que nos pedía, rodeamos el caserío y vimos que la puerta del garaje se abría automáticamente. Entramos y la puerta volvió a cerrarse detrás de nosotros.

Nos quedamos a oscuras, cogidos de las manos para saber que no estábamos solos, en silencio.

Luego las luces fluorescentes del garaje se encendieron con un zumbido, y vimos al hombre frente a nosotros, todavía con la porra (que vista de cerca parecía una estaca de las que se usan para separar parcelas) agarrada con fuerza en la mano derecha.

Uno a uno nos presentamos, le dijimos nuestros nombres, de dónde veníamos, le contamos cómo habíamos escapado a las primeras olas de infectados y pareció tranquilizarse. Nos explicó que se llamana Arturo Bengoechea, que era escritor y profesor de literatura, que había restaurado ese caserío y se había mudado allí hacía tres años. A medida que hablaba nos iba dando la mano uno a uno, apretándola con fuerza, como si estuviera midiéndonos. Luego nos hizo pasar a la cocina. Tenía montones de comida, sobre todo latas, apiladas encima de la mesa.

-Estoy haciendo inventario -nos explicó.

Entre todos preparamos una cena ligera pero caliente (la primera que comíamos en varios días) y estábamos todos tan agotados que nos quedamos dormidos casi inmediatamente, en las camas de la casa, pero también repartidos por el suelo, en cualquier rincón. Creíamos, qué ingenuos, que estábamos seguros.

A la mañana siguiente fui el primero en despertar. Bengoechea estaba ya levantado, y leía un libro apaciblemente sentado en butacón de cuero. A su lado, sobre una mesita, humeaba una taza de café. Un gato ronroneaba junto a la chimenea encendida.

-¡Buenos días! -me dijo.- Veo que eres madrugador.

-No solía serlo -le contesté-, pero con todo lo que ha pasado últimamente… he perdido el sueño.

Pareció sopesar mi respuesta cuidadosamente.

-Sí… Son tiempos oscuros. Me pregunto si este no será el principio del fin de la historia… o la vuelta a la Edad Media, por lo menos…

Esa idea me resultaba, en aquel momento, inaceptable, aunque ha mostrado ser bastante acertada.

-¿Y cuáles son ahora vuestros planes? -me preguntó.

-Intentamos llegar hasta la costa. Puede que allí tengamos oportunidades de ser rescatados, o por lo menos de estar más protegidos.

-Parece razonable…

-¿Quiere venir con nosotros?

Se rió con una risa profunda y panzuda. Hacía días que no oía reírse a nadie, y desde luego a nadie con una risa tan sincera.

-Gracias por el ofrecimiento, pero no… Me quedo. Aquí tengo comida y libros, estoy relativamente a salvo, ¿qué más puedo pedir?

-Pero la comida no durará para siempre, y la seguridad…

-Pero los libros sí durarán para siempre… o por lo menos lo suficiente. Yo no podría, no imagino vivir sin mis libros. Mira, chico, lo he pensado mucho. No sois los primeros que pasáis por aquí, unos en dirección a la costa, otros en dirección a Bilbao… Yo he decidido quedarme. Este es mi sitio. Además, si fuera con vosotros sería un peso muerto, una boca más que alimentar. Soy escritor, soy crítico literario. ¿De qué vale eso en un mundo devastado? No sé hacer nada con las manos, no sé cuidar una huerta, no sé ordeñar una vaca, no sé hacer fuego si no es con un mechero y gasolina… Sé escribir, pero ni eso podría hacer dignamente: los ordenadores ya no funcionan, y no pasará mucho tiempo hasta que se acabe el papel y se seque la tinta de los bolígrafos. ¿Y qué haría yo luego? ¿Escribir con sangre y plumas de oca?

-Pero alguien tiene que contar lo que está pasando…

-¿Contarlo? ¿Contarlo para qué? ¿Para quién? Lo estamos viviendo, no necesitamos que nadie nos lo cuente…

-Pero sí necesitamos que alguien nos lo explique.

-Para eso, amigo, eres tan bueno tú como yo. O mejor. Amigo… ¿cómo te llamabas?

-Vladek.

-Amigo Vladek, por la autoridad que me ha concedido la desgracia y la soledad, te nombro cronista oficial del Apocalipsis.

-Yo no sé escribir.

-No hace falta saber escribir. Lo que hace falta es darle esperanza a la gente. Esperanza. Y los escritores no somos muy buenos para eso…

Poco a poco, el resto del grupo se fue despertando. Desayunamos todos juntos y luego nos despedimos de Bengoechea. No sé si seguirá vivo o no, lo más probable es que se le terminase la comida y se viera obligado a salir a buscar más. Quizás las criaturas hayan encontrado la forma de entrar en su caserío-fortaleza. O quizás siga vivo, con sus libros y su café y su gato.

Supervivientes, él me nombró cronista y he aceptado esta responsabilidad de la mejor forma posible. Por eso, mi mensaje tiene que ser: no hagáis como él. No os dejéis llevar, no renunciéis, no os rindáis. Aquí en el campamento, todas las manos son útiles, todos los hombres y mujeres son bienvenidos. Hay esperanza.

Desde el Campamento Última Esperanza, informó Vladek, un superviviente.

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