Pequeño recuerdo motorizado

El coche de mi infancia fue un Simca 1200, de un color blanco sucio (pero no sé si el color original era así o se había ensuciado con los años) y un techo negro que tenía la capacidad de absorber el calor mejor que cualquier panel solar actual. Era uno de aquellos coches que simbolizaban el ascenso de la clase media española de los años 70, que vivía algo parecido al Sueño Americano en versión de Berlanga.

En aquel coche hacíamos viajes que hoy parecen de una inconsciencia y una incomodidad pasmosas: mis padres, mis abuelos, mi hermano y yo, todos arrebujados en los asientos (sin ponernos el cinturón, que entonces era para cobardes o desconfiados), mirando las nubes para intentar no marearnos, aburridos y sudorosos desde Bilbao hasta Villasana de Mena donde mis abuelos tenían una casa, por carreteras secundarias que en aquel tiempo eran las únicas que había.

(Cuando pasábamos por Valmaseda había que cerrar las ventanas para que no entrase el olor del humo de la fábrica de papel).

Del mismo modo que durante la infancia los padres son perfectos (hasta que dejan de serlo y se convierten en personas), también aquel coche era, para mí, el coche. Con sus grandes faros redondos, era fácil humanizarlo, aunque creo que nunca llegamos a ponerle nombre.

Naturalmente, me dio mucha pena (aunque no lloré, porque ya era un chico grande) cuando algunos años más tarde mis padres decidieron sustituirlo por otro coche más nuevo, más grande, más seguro y que tenía, maravilla de maravillas, radio y aire acondicionado.

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