Mapping Ruritania

En 1820, después de que el Congreso de Viena rediseñase las fronteras de Europa en beneficio de los vencedores (¿no es siempre así como se hace?), alguien en las altas esferas de la intelectualidad ruritana se dio cuenta de que, de hecho, las fronteras de Ruritania no podía ser rediseñadas, porque nunca habían sido diseñadas. En otras palabras, no había todavía (¡en 1820!) ni un solo mapa que indicase con precisión los límites ni los contenidos de los territorios ruritanos.

Algo había que hacer, y de hecho en este caso las autoridades ruritanas actuaron con una desacostumbrada sistematicidad científica. En primer lugar, movilizaron todos sus contactos diplomáticos, que no eran muchos, para poder consultar los tratados, edictos, leyes y acuerdos en los que se estableciesen las fronteras de los países vecinos. Pensaban los ruritanos entre sí, muy ufanos: “todo lo que no sea ni Francia ni Prusia, ni Bélgica ni ningún otro país, seremos nosotros”.

Esta aproximación al problema resultó, claro, instatisfactorio. Los tratados, edictos, leyes y acuerdos eran contradictorios, ambiguos y poco fiables. Los países, descubrieron los ruritanos con estupor, no eran muy distintos de los aldeanos mal avenidos que mueven cuando pueden, con nocturnidad y alevosía, los mojones que marcan los límites de sus terrenos. Había, sí, áreas que nadie reclamaba, pero que quedaban tan lejos de Ruritania que habría sido absurdo anexionarlas; y en cambio otras que de hecho podrían anexionarse a Ruritania, pertenecían simultáneamente a dos o más países, si se creía a los documentos. En concreto, un puente que atravesaba el río Refer a su paso por Palhnb pertenecía a Francia según Francia, a Prusia según Prusia, a España según Italia y a Italia según España (no se sabe muy bien por qué).

Visto el fracaso de esta primera táctica, los mandatarios ruritanos se hicieron entonces con los mapas más detallados que pudieron encontrar de la Europa de la época (por ejemplo, la Charte von Frankreich de George Christoph Franz Fembo o una copia del Allgemeine Weltkunde, oder Geographisch-statistisch-historische Übersichtsblätter aller Länder. Ni una sola referencia a Ruritania aparecía en ellos, y en el lugar en el que Ruritania debería aparecer, los cartógrafos empleaban todo tipo de trucos imaginables para disfrazarla: líneas de puntos sin leyenda que aclarase su significado, manchas que podrían ser lagos o selvas o simplemente manchas, inscripciones latinas sin fundamento, dibujos de leones, osos o fieras mitológicas…

Los ruritanos adoptaron entonces una tercera y última estrategia, que pudo parecer absurda y ridícula a ojos de sus contemporáneos (Goethe se burla de ella en un pasaje del Werther muy poco citado) pero que era definitivamente muy avanzada a su tiempo: preguntar a los interesados, o sea, a los súbditos ruritanos. El territorio de lo que se pensaba que podía ser Ruritania (y un poquito más, por si acaso) fue dividido en dieciséis regiones aproximadamente cuadradas; las cuatro regiones interiores fueron excluidas por considerar que su ruritanidad era obvia; y hacia las otras doce regiones fueron enviados emisarios oficiales, acompañados de cartógrados y agrimensores, con un cuidadoso cuestionario de doce preguntas escritas en ruritano y una copia exacta de un mismo mapa en el que debían anotar cuidadosamente sus hallazgos.

La teoría era simple: los enviados gubernamentales debían visitar todos los pueblos, villas, asentamientos o campamentos incluidos en su zona, y en cada uno de ellos realizar el cuestionario a un número suficientemente elevado de individuos como para considerarlo significativo, en función del tamaño de la localidad. (Diez se consideró un número razonable, en la mayoría de los casos). La primera pregunta del cuestionario era, obviamente: “¿Es usted ruritano?”. (Lo que los encuestados no sabían era que incluso quienes contestasen que no a la pregunta eran anotados como ruritanos, porque si contestaban que no quería decir que habían entendido la pregunta, y por lo tanto hablaban ruritano, y por lo tanto eran ruritanos).

Aquellas localidades en los que más de la mitad de la población fuese considerada como ruritana por la comisión de especialistas, eran marcadas en el mapa con la señalada en el mapa con la inscripción Ibi Ruritani; se trazaban después líneas rectas (lo más rectas posibles) entre esa localidad y las demás localidades ruritanas próximas, y todo el espacio interior era coloreado con los dieciséis colores de la bandera nacional, que todavía no había sido diseñada pero se estaba trabajando en ello.

Así, por medios administrativos sin precedentes en el mundo conocido, Ruritania se extendía semana a semana como una tela de araña.

Naturalmente, también este método se mostró inútil, o por lo menos conflictivo, cuando se llegaba a ciertos espacios limítrofes. En primer lugar, porque Ruritania carecía de fronteras naturales: era fundamentalmente una planicie en su zona norte, sin cordilleras ni ríos dignos de tal nombre, y en su zona sur estaba surcada de valles paralelos entre sí y perpendiculares a la hipotética frontera nacional, casi como radios de una circunferencia que tuviese a Burgund como centro. En estos valles las identidades nacionales y lingüísticas eran escurridizas y volubles, en parte porque sus habitantes pasaban una gran parte del tiempo borrachos.

(Por ejemplo, en el valle de Llogenha los enviados oficiales se encontraron con que los aldeanos hablaban algo que era o bien ruritano con acento francés, o bien francés con léxico ruritano. Así pues, escribieron en el mapa Ibi, pero ya no supieron qué escribir en la segunda parte de la frase, lo que ha hecho que ese valle sea erróneamente conocido como Valle de Ibi hasta nuestros días).

Por otra parte, este método era útil para las áreas habitadas, pero ¿qué hacer con las inhabitadas, que no eran despreciables en muchas partes del mapa? A las montañas, ríos o bosques no se les puede preguntar si se sienten ruritanos o franceses, ni observar si tienen los pies peludos o la boca grande (características que se consideraban propias de un ruritano de buena familia). Cuando los cartógrafos ruritanos se reunieron en la Biblioteca Ducal de Burgund para comparar sus resultados, comprobaron con horror que habían adoptado soluciones diferentes y contradictorias para este problema: algunos consideraban que Ruritania acababa exactamente allá donde habitaba el último ser humano digno de llamarse ruritano; otros, en el lugar en el que se encontraba la primera población no mayoritariamente ruritana, y ni un metro antes; y otros más salomónicos intentaban encontrar términos medios más o  menos imaginativos y adaptados a la orografía del terreno.

La confección del mapa oficial de Ruritania decayó durante la década de 1830, y solo volvió a tomar relevancia durante la Revolución Huérfana, en la que se consideró que un mapa de Ruritania, debidamente falsificado para parecer antiguo, sería un arma irrebatible en favor de la independencia. En este primer borrador completo del mapa de Ruritania (que se ha conservado porque Bismarck usó el reverso para escribirle una carta de amor a su prima Clodoveva) las fronteras de Ruritania fueron expandidas 50 Km en cada dirección, porque total, pensaron sus creadores, quién se va a dar cuenta.

El fracaso de la Revolución Huérfana acabó con cualquier interés en separar Ruritania del resto del Imperio Austro-Húngaro, en forma gráfica o en cualquier otra forma, de manera que la elaboración del que sería el primer y único mapa riguroso del territorio ruritano debió esperar hasta 1913, cuando Johann Lav Vapor, un estudioso tan abnegado como aburrido (murió soltero), recuperó los datos cartográficos de la encuesta de 1820; recorrió personalmente cada pueblo fronterizo localizado en el mapa comprobando la evolución de la ruritanidad en los anteriores 93 años, y plasmó sus conclusiones  en el Ruritanische Allgemaine und Cartographic Representation von Coiso.

El mapa demoró siete años en ser dibujado, y solo dos en ser destruido: en los primeros meses de la Primera Guerra Mundial, un proyectil de mortero francés impactó en el archivo parroquial de Burgund (donde se custodiaba el mapa junto con las joyas del obispo y las de su concubina), reduciéndolo a cenizas. En todo caso, no hay que lamentar demasiado su pérdida: desaparecida Ruritania pocos años más tarde, el mapa había perdido su utilidad práctica o ideológica y se había convertido en una rareza bibliográfica, destinada a ser vendida, algún día, en una librería de viejo de Madrid, París o Lisboa, junto con otros mapas de lugares ficticios como Narnia o Mordor o el Infierno o La Mancha.

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