Otra de aeropuertos

Aterrizamos en Lisboa sin problemas. El avión recorre la pista y se detiene junto a la Terminal 2. Vienen dos autobuses del aeropuerto a recogernos; vamos saliendo del avión de forma ordenada y pacífica. Llegamos a la terminal y las puertas se abren. Los pasajeros salen en tromba, casi empujándose unos a otros. Yo me entretengo un momento enviando a mis padres un mensaje pare decirles que ya he llegado. Cuando levanto la vista del móvil, el resto de los pasajeros ya se han metido en la terminal, o eso supongo porque no consigo ver a nadie. De hecho, tampoco consigo ver al conductor del autobús.

Me bajo y miro a mi alrededor. Normalmente, el autobús para enfrente de una de las puertas de la terminal (suele ser siempre la misma, ya me conozco el camino). Esta vez, delante de mí tengo una pared de cemento pintada de gris. Tengo que buscar la puerta, pero no hay nadie para ayudarme, y tampoco veo señales o indicaciones. Tengo dos opciones, ir a la derecha o a la izquierda. Me decido por la izquierda. Giro la primera esquina, y donde esperaba ver la entrada, veo otra pared de cemento pintada de gris, que luego tuerce en ángulo recto y se extiende durante metros y metros. Vuelvo para atrás, pero me he desorientado y ya no sé dónde he empezado. El autobús, misteriosa y silenciosamente, ha desaparecido.

Sigo andando, esta vez en dirección contraria, sin ver a nadie, y ahora ya con miedo de ver a nadie, porque podrían acusarme de estar en una zona prohibida, detenerme, interrogarme, expulsarme del país. A mi paso encuentro entradas de servicio cerradas, algunos vehículos vacíos y una escalera mecánica en sentido de bajada. No me arriesgo a intentar subir por ella por miedo a caerme y romperme algo o, peor, hacer el ridículo. Veo y oigo aterrizar otros aviones, pero deben de ir a la otra terminal, porque parecen estar muy lejos, tan lejos que ni se me ocurre la posibilidad de seguirlos y mezclarme entre sus pasajeros.

No sé cuánto tiempo pasa, ni cuántas veces he girado a la derecha, a la izquierda, otra vez a la derecha. Por fin, aparece delante de mí una puerta automática que responde a mi paso y se abre. No me importan las vueltas que haya dado, una vez que entre en el aeropuerto no me costará orientarme. Y efectivamente, poco después veo un letrero de “Baggage claim”. En un primer momento no me sorprende que diga “Baggage claim”, porque en todos los aeropuertos los letreros están en inglés. Algo más tarde sí me sorprende notar que solo están en inglés. Y todavía más me sorprende un cartel patrocindao por Barclays con la silueta del Big Ben y el Tower Bridge, que dice “Welcome to London Stansted”.

Desorientado, confuso, sigo las señales hasta la recogida de maletas. ¿Qué hago yo en London Stansted? ¿No había cogido el vuelo a Lisboa? Busco en los bolsillos de la chamarra la tarjeta de embarque, pero debo de haberla tirado o perdido por el camino. Paso el control de pasaportes, no hay casi nadie, no me ponen ningún problema para dejarme pasar. Ahí están las maletas del vuelo de Bilbao, cinta 4. El resto de pasajeros hace tiempo que deben haber salido, sobre la cinta solo queda mi maleta dando vueltas.

Solo que no es mi maleta, o mejor dicho, es mi maleta pero no la que embarqué en Bilbao. De eso estoy seguro: la maleta que uso ahora es negra, mediana, manejable. La que está en la cinta es la maleta azul grande que me compré cuando vivía en Irlanda, y que solo usé dos o tres veces. Me acerco a la maleta. La cinta se para. La maleta y yo estamos frente a frente. No cabe duda de que es la mía, tiene la pegatina de Bilbao que pongo a todas mis maletas para identificarlas. La cojo y, efectivamente, pesa mucho más que mi maleta negra, casi no consigo moverla ni con las dos manos.

Yo este viaje ya lo hice hace años. ¿Dónde estoy? Quiero decir, ¿cuándo estoy? ¿Qué año es este? ¿Cuál es el destino final de mi viaje? Solo puedo hacer una cosa. Tumbo la maleta en el suelo, abro todos los cierres de seguridad y miro dentro, a ver qué es lo que me encuentro.

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