Ácido

Con los años, lo reconozco, se me ha amargado el carácter; mejor dicho, se me ha acidificado. Antes, cuando era joven, era abierto, jovial, espontáneo, ruidoso, activo. Sociable, social. Ahora solo me apetece quedarme en casa leyendo una novela de asesinatos o salir a la calle a cometer asesinatos.

No sé el momento exacto en que empecé a amargarme, pero sí sé que coincidió con mis primeras crisis graves de acidez de estómago. Lo que me lleva a preguntarme: ¿me amargué porque empecé a tener una acidez insoportable, o empecé a tener una acidez insoportable porque ya se me había empezado a amargar el carácter?

Los síntomas eran casi simultáneos: un día me despertaba de mal humor y con una quemazón insoportable en el esófago. Ese día odiaba el mundo y a todos los seres que lo componen, en general e individualmente. Las personas me parecían feas, absurdas, antipáticas y desagradables. (Las mismas personas que, en un día sin mal humor y sin ardor en el esófago, me habrían parecido atractivas, inteligentes, adorables). Las arrugas del entrecejo se me hicieron más y más profundas, como surcos de arado.

Cogí la costumbre de montar escándalos, como hacía mi abuelo como cuando yo era niño (pero cuando yo era niño mi abuelo tenía treinta años más de los que yo tengo ahora): gritar como un energúmeno a la gente que se me cuela en la carnicería; a la que ocupa toda la acera; a la que va por por los soportales con el paraguas abierto; a los niños que hacen ruido; a los padres con niños que hacen ruido…

Y cada vez que monto un escándalo, me sale lava del estómago en dirección a la boca. ¿Busco excusas para justificar un escándalo porque estoy ardiendo por dentro, o me pongo en erupción porque estoy montando un escándalo? ¿Y tendría yo más culpa, en el caso de que mi mal carácter antecediera a mi acidez? ¿Por qué tengo yo la culpa de que mi personalidad sea como sea, pero no de que mi estómago produzca más fluidos de los que debe?

Quien peor lo pasó con mi amargamiento general fue mi mujer, o mejor, digamos, mi ex-mujer. Una mujer dulcísima a la que si no maltraté, sí traté mal. No se merecía la forma en la que la trataba. Lloraba, la pobre… Los ataques de acidez eran especialmente violentos entonces: pura bilis enroscándose en mi garganta como tentáculos corrosivos. Ella sufría y yo también, de otra forma. No es una excusa, no busco excusa, sé que ella no va a perdonarme y hace bien. Yo no me perdono. (Solo de acordarme de aquellos momentos me arde el esternón).

Pero sí diré en mi descargo que intenté poner remedio: dejé el café, me forcé a leer libros más alegres, dejé el alcohol, pinté la casa de colores claros, compré antiácidos por cajas de cien, me obligué a tomar el sol, me acostumbré a evitar las comidas picantes, retomé el contacto con antiguos amigos perdidos… Dejar el café me dio dolor de cabeza y somnolencia, los libros alegres me deprimían, no podía beber alcohol para olvidar, odiaba mi nueva casa feliz, los antiácidos me provocaron acumulaciones de aluminio en los huesos, me salió un melanoma por tanto sol, perdí el sentido del gusto, mis antiguos amigos me abandonaron nuevamente…

Todo inútil. Amargado seguí, seguiré, ácido. Ácido.

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