René Loucaut, feísta

En 1930, André Breton publica su Segundo Manifiesto Surrealista, en que proclama la vinculación del Movimiento Surrealista con la acción política, y expulsa del movimiento (excomulga, por usar el término exacto) a aquellos que no cumplen con sus exigencias. Entre los excomulgados hay nombres tan destacados como Raymond Queneau, Jacques Prévert, Antonin Artaud y Robert Desnos; entre ellos aparece también el nombre de René Loucaut, con la única indicación: “Pintor, feísta”. La aparición del nombre de Loucaut en el Manifiesto de Breton es probablemente el momento más alto de su carrera; no falta incluso quien afirme su inclusión no es sino un regalo de Breton para su antiguo amigo, un último intento desesperado por conseguir para él la fama que el mundo se negaba a darle.

Si no por eso, René Loucaut debería ser conocido al menos por otro curioso detalle de su biografía: haber muerto tres veces.

La primera vez que murió, en 1916, René Loucaut tenía diecinueve años: era uno de los millares soldado de infantería del ejército francés, enviados a la muerte en la brutal e inútil batalla del Somme. En el recuento de bajas aliadas, Loucaut es dado por muerto, como todo su batallón. Tres meses más tarde, Loucaut aparece vagando por las calles de París, hasta que alguien lo reconoce y lo devuelve a su familia. Ha perdido una pierna hasta la altura de la rodilla a causa de una herida infectada; ha perdido también la razón y la capacidad de habla. Sus padres lo ingresan en un Sanatorio; el Estado francés le concede una medalla y una modesta pensión.

Hasta su primera muerte, René Loucaut fue un pintor aficionado con un estilo vulgar e impersonal. Pintaba como si el arte no hubiera evolucionado después de 1800, con un estilo clasicista pasado de moda aunque no carente de técnica. Pintaba, fundamentalmente, para su familia y sus amigos más cercanos, a los que sin duda debía de parecer un genio.

Después de su primera muerte, René Loucaut nació como pintor. Su estilo (porque ahora sí tenía un estilo) era incomprensible incluso para los críticos más avanzados y abiertos: mezclaba elementosde gran precisión técnica, con otros de una torpeza abrumadora; trazos geométricos con manchas informes; realismo y abstracción; composiciones de una innegable elegancia clásica, con monigotes infantiles que parecían dibujados por los pies. Prefería los lienzos de mediana extensión, y la mezcla de técnicas al menos aparentemente aleatoria (el carboncillo, la témpera y el rasgado, por ejemplo, en su cuadro El Adefesio, en que algunos han querido ver un autorretrato).

Sus cuadros eran, no hay otra forma de definirlos, feos, pero no con la estudiada fealdad provocadora del Expresionismo, sino con la fealdad arbitraria de un vómito sobre una alfombra.

Es en esta época, a comienzos de los años 20, cuando conoce a André Breton, que queda fascinado por su locura traumática, su mutismo y su estilo pictórico. “Su capacidad para pintar al margen, o por encima, o a través de la racionalidad o las convenciones es superior a la de cuantos pintores he conocido”, escribe Breton en una carta a André Masson. Dos cuadros de Loucaut estuvieron incluidos en la Primera Exposición Surrealista de 1925, aunque pasaron bastante desapercibidos para la crítica, más interesada en los grandes nombres, las grandes figuras y las grandes personalidades, que en ese hombre raquítico, cojo y mudo que lo miraba todo con ojos de vaca asustada.

Cuando Breton lo excomulga en 1930, Loucaut es ya un outsider del grupo surrealista, que nunca llega a tomárselo demasiado en serio.

En agosto de 1932, con treinta y cinco años, René Loucaut muere por segunda vez, arrojándose desde un puente sobre las vías del tren a pocos kilómetros del sanatorio donde sigue recluido. Deja una escueta nota de despedida que dice: “No soporto tanta belleza”. No se sabe muy bien por qué medios, la noticia de su suicidio llega a oídos de Breton, que se siente culpable y hace imprimir un panfleto en que defiende la obra de Loucaut y acusa a la crítica burguesa de haberlo matado con sus propias manos manchadas de tinta.

Pero tampoco esta vez René Loucaut consigue morir. El tren que debería haberlo matado sufre un retraso, lo que permite que sus cuidadores noten su desaparición, encuentren la nota, organicen un equipo de búsqueda y lo encuentren casi doce horas después, vivo aunque gravemente deshidratado. De esta segunda muerte Loucaut sale casi indemne, con una pierna (la que le queda) rota por dos sitios y ligeras quemaduras por la exposición prolongada al sol.

Gracias a esta segunda muerte, Loucaut es trasladado a un sanatorio más lejos de París, y allí conoce a Emilie Vachon, su enfermera primero, y luego su amada, su mujer, su salvadora. Mujer culta y paciente, más joven que él pero también mucho más sensata, Emilie conseguirá sacar a Loucaut del sanatorio, instalarse con él en una casa cercana a Reims y pasar con él veintidós años de apacible vida conyugal.

Tras su segunda muerte, Loucaut desaparece completamente del mundo artístico. Breton, humillado por la publicación de un panfleto de homenaje a un muerto que no ha muerto, lo excluye de cualquier nómina, presente, pasada o futura, de pintores surrealistas; ninguna obra suya forma parte de las exposiciones de Londres, Nueva York o París durante los años 30. Para cuando estalla la Segunda Guerra Mundial ya nadie se acuerda de él y muchos piensan que, de hecho, murió en 1932.

Pero Loucaut no muere, por tercera y definitiva vez, hasta 1954, con cincuenta y siete años. Su tercera muerte es apacible, llega durante el sueño. Esta vez no hay desmentidos, no hay vueltas desde la tumba, no hay apariciones milagrosas. René Loucaut ha muerto, aunque a estas alturas ya no le importe a casi nadie.

Emilie Vachon le sobrevive todavía otros treinta años largos, de los que no sabemos prácticamente nada. En 1991, con setenta y ocho años, una pulmonía mal curada se la lleva por delante. No tiene descendencia: lega todas sus posesiones, que no son muchas, al sanatorio en que conoció a Loucaut casi sesenta años antes.

Cuando los peritos contratados por el sanatorio llegan a la casa para hacer inventario, descubren en el ático una inmensa colección de cuadros, algunos estropeados por la humedad y los hongos, pero la mayoría en perfectas condiciones. Son, todos ellos, retratos de Emilie, realizados con la misma técnica clasicista del primer Loucaut, pero una técnica, ahora sí, cargada de estilo y de madurez; son cuadros que solo pueden haber sido pintados por alguien que ha muerto y ha vuelto a la vida: que ha visto la belleza y la fealdad y ha pasado al otro lado de ambas. Hay en estos retratos una serenidad que recuerda a Modigliani, y una pureza de líneas y de composición que hace pensar en Leonardo da Vinci; son, no hay otra forma de decirlo, bellos.

Naturalmente, los peritos del sanatorio no son expertos en arte, así que los venden por lotes al mejor postor en una subasta pública. Con el dinero que obtienen por ellos compran un nuevo banco para el jardín del sanatorio, en el que graban una placa con el nombre de René y de Emilie.

Actualmente se desconoce el paradero de la mayor parte de los cuadros de Loucaut; tanto de los feos como de los bellos. Muchos de ellos habran sido destruidos, y otros muchos colgarán en las paredes de casas particulares, hoteles y consultas médicas junto con cuadros de paisajes al atardecer producidos en serie. En 2008 John Hastings encontró por casualidad cinco de sus cuadros en un marché aux puces de Toulouse y montó con ellos una exposición temporal en una pequeña galería parisina; no hubo en la prensa ninguna reseña de la exposición, ni ninguna mención a René Loucaut, ni a su primera, segunda o tercera muertes.

Para la Historia, René Loucaut será siempre el “pintor, feísta”, excomulgado por Breton; un nombre pequeño y misterioso en medio de muchos otros nombres grandes, reconocidos e importantes.

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