Un caballero

A los tres meses de empezar su relación con Isabel, a Domingo le salen unas manchas rojizas en la tripa, en el vientre, o sea, en la parte inferior del vientre, por debajo del ombligo, un poco por encima del pubis, del pene, vamos. Intenta no darle demasiada importancia, pero claro, se asusta un poco. Por si acaso es lo que está pensando, hace todo lo posible por ocultárselo a su mujer, lo que incluye renunciar a tener relaciones sexuales con ella, por lo menos por ahora. Es lo correcto, lo que hay que hacer. Domingo es, al fin y al cabo, un caballero.

Lo siguiente que hace es confrontar a Isabel en su siguiente encuentro. Es lo correcto. Se reunen en el apartamento de ella (porque en el de él, claro, no puede ser, con su mujer y los niños), y en cuanto se quedan desnudos, que es muy pronto porque sus encuentros siempre son cortos y atropellados, le dice: “Mira, Isabel, mira lo que me ha salido, ¿tú qué crees que será?”

E Isabel, inclinándose para mirar las manchas más de cerca: “Ah, pues no sé… parece una alergia o algo”.

Y Domingo: “Una alergia o… alguna otra cosa”.

“¿Alguna otra cosa, como qué?”

Domingo es un caballero, pero no tienendemasiada paciencia para tonterías. “Pues no lo sé, otra cosa como algo que me hayas pegado tú.”

A Isabel no le gusta aquella insinuación, a pesar de que, piensa Domingo, es una posibilidad de lo más lógica y que no puede descartarse así como asi. “¿Qué estás intentando decir, exactamente?”

“Yo no intento decir nada. Pero a saber con cuántos y con quiénes andarás tú además de mí.” Domingo es un caballero, pero todo el mundo sabe que las mujeres son más putas que las gallinas, y eso es así.

“¿Yo? ¡Yo no soy la que está casada y con hijos, imbécil! ¡Cabrón! ¡Que a saber con cuántas has estado tú, además de con tu mujer!”.

Esta discusión no lleva a ningún sitio, así que Domingo decide terminar con ella. Con la discusión y con Isabel. Es lo correcto, y Domingo siempre es partidario de hacer lo correcto. Además, mujeres como Isabel él las consigue a patadas, qué se ha creído.

Al día siguiente Domingo pide consulta con su médico para hablar del asunto. El médico le hace unas cuantas preguntas comprometidas, le examina con calma y con mucho respeto, y le manda una serie de análisis para descartar algunas posibilidades.

Esa noche, Domingo decide que tiene que contárselo a su mujer. O sea, que tiene que contarle algo a su mujer. Ya verá qué, sobre la marcha. Es lo correcto, es lo que tiene que hacer, y es lo que va a hacer. Aunque no tiene por qué hacerlo, porque su mujer y él se meten a la cama vestidos con el camisón y el pijama respectivamente, así que no es probable que ella le vea la erupción, y si se la ve no le costará mucho quitarle importancia… No, al final decide que no, que lo más correcto es no contarle nada a su mujer hasta no tener los resultados de los análisis, y si entonces no hay nada que contar, pues, entonces, ¿para qué contar nada?

Todo habría ido bien, si no llega a ser porque los niños van a pasar esa noche en casa de los abuelos. Y cuando los niños pasan la noche con los abuelos, lo correcto es que los padres aprovechen para follar como conejos, eso es así. Domingo intenta esquivar el asunto dando grandes bostezos y fingiendo que está cansadísimo, pero no funciona: nada más apagar la luz, ya tiene la mano de su mujer en el pecho y la pierna de su mujer frontándose contra las suyas.

“Cariño”, le dice su mujer, “estamos solos en casa”.

“Sí, cariño, pero es que estoy agotado del trabajo…”

“Hace tanto tiempo que ya no hacemos el amor… ¿Es que ya no te gusto?”, dice ella con voz triste.

“No es eso, cariño”.

“Pero algo es. Dime qué”.

“Es que…”

“¿Qué?”

“Es que…”

“¿Qué, qué, qué?”

Domingo es un caballero, y sabe que debe hacer lo correcto. “Que te quiero mucho, mi amor”, dice, y la besa, y le mete la mano por debajo del camisón. Realmente su mujer todavía está buena, eso es así, así que Domingo se dice que las manchas del vientre probablemente solo sean una alergia, algo que habrá comido, nada serio. Se quita como puede el pantalón del pijama, se tumba con todo su peso encima de su mujer y cumple como un caballero.

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5 pensamientos en “Un caballero

  1. …asco de caballeros como ése. ¿Qué vio Isabel en él? ¿Qué ve su mujer? ¿O acaso es que las mujeres tendemos a cerrar los ojos a las evidencias más palpables?
    Pensaba, al leer, que el final previsible sería que la mujer se anticipara a él contándole unas manchitas similares en ella, por eso me ha encantado que no fuera así.
    (Genial, Santi, como siempre. Gracias).

  2. ¡Ahora recuerdo, no ya un libro, que hay muchos con personajillos grises como este imbécil, sino una canción! (También hay muchas, pero esta me encanta porque me divierte siempre Javier Krahe): “Dónde se habrá metido esta mujer”.

  3. No olvidemos que los hombres,no todos por supuesto,son los que más mienten y engañan.Aunque hoy en día las mujeres también lo saben hacer muy bien ¿o no?.Bajo la fachada de algunas modositas hay mentes muy calenturientas que le ponen a sus maridos una buena cornamenta.

  4. En mi opinión, la ‘fidelidad’ está sobrevalorada (fruto de la cultura y nada más). La salud NO. Y aquí, además de lo hipócrita y repugnante que resulta ese desgraciado con su actitud de “machito ibérico, donjuán engreído y patético”, la importancia radica en que ¡juega con una posible transmisión de ETS! Eso…, ¡eso…!, ¡eso no tiene nombre!

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