La frontera

Voy a pasar la aduana de un país extranjero. Me siento observado, culpable. Las personas avanzan paso a paso. Sospechan. Se acerca mi turno, me sudan las manos, me tiembla el cuerpo. Me toca un señor barbudo que me odia sin conocerme. “Venga aquí”, me dice por gestos. “Siguiente”, insiste una simpática señorita de uniforme.

Le doy el pasaporte al señor barbudo. Lo mira. Lo escanea. Me mira. Empieza a hacerme preguntas. Preguntas sencillas, que parecen llenas de trampas y rincones oscuros. Dudo, me contradigo, se me entrecorta la voz.

“¿Nombre?” “Eh…” “Nombre”. “Santiago. Pérez Isasi. Santiago”. “¿De donde viene?” “De Bilbao. No, no, soy de Bilbao, pero vengo de Lisboa”. La mirada del barbudo indica que ha olido sangre. “¿Cuánto tiempo se queda en nuestro país?” “Todavía no he entrado…” “¿Cuánto tiempo se va a quedar en nuestro país?” “Ah, seis días”. “¿Dónde se va a quedar?” “En un hotel”. Con eso no se calma su curiosidad burocrática. “En el hotel Milton”. “¿Cuál es el motivo de su visita?” Noto que me estoy mareando. ¿Estoy dando vueltas? No puedo estar dando vueltas, el barbudo nunca me lo permitiría. “¿Perdone?” “Que cuál es el motivo de su visita“. “Ah. Turismo. No, un congreso, una conferencia.” “¿Una conferencia de qué?” “Hace calor aquí, ¿no?” “¿Una conferencia de qué?” “¿De qué va a ser? ¡De literatura!”

El barbudo me mira. Sus ojos me escanean. Estoy cubierto de culpa. Supuro culpa. Sudo culpa. El mareo se acelera hasta convertirme en una centrifugadora. Algo se suelta. De repente todo está invertido, cabeza abajo, lo de dentro fuera y lo de fuera dentro.

“¿Ha estado antes en nuestro país?” “Qué…” “¿Ha estado antes en nuestro país?” “Perdone, pero esta frontera es para entrar o para salir”. “¿Cómo dice?” “Esta frontera. ¿Es para entrar o para salir?” “¿Usted qué está haciendo, entrar o salir?” “Eso debería saberlo usted, que está en la frontera”. El barbudo hace un gesto a sus compañeros vestidos de uniforme. “Llevaos a este chico a una sala, que está muy confuso“.

Los hombres de uniforme me agarran uno de cada brazo. Me aprietan. Me siento bien. Me siento reconfortado. Ahora soy culpable y me tratan como a un culpable. Mis sospechas se reafirman. Todo está bien. Me siento seguro. Soy feliz. Soy escoria.

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Un pensamiento en “La frontera

  1. Hej Santi,
    Estas viajando demasiado!!….aventuras que catalizan tu imaginacion literaria!. Estas ultima me trae muchos recuerdos de mi infancia y no tan infancia de traficante de material para uso y comsumo perosnal. Me recuerda sobre todo ha una situacion en Finlandia con un barbudo y un perro en las aduanas del aeropuerto de helsinki. Uno que sabe mentir cuando hace falta, se salio con la suya….(que dio pie a momentos de sol de medianoche increibles)….bueno las aventuras occurren al viajar y traversar fronteras…I certainly relate to that.
    Un abrazo desde Singapur, companiero escoria.
    Alf.

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