Historia de la literatura ruritana (6): la edad de la Farsa

Dicen que el teatro tiene dos vidas: la del papel y la de la escena, la bidimensional y la tridimensional. En Ruritania, durante prácticamente todo el siglo XVIII, el teatro tuvo una sola vida, la vida. El teatro se infiltró en todos los resquicios de la actividad pública y la intimidad privada de los ruritanos, hasta mimetizarse con ella, de manera que un buen monólogo trágico resultaba indistinguible de una auténtica escena de sufrimiento físico o mental.

Todo empezó, si tenemos que creer a los documentos (que también existe la posibilidad de no creerlos, pero entonces, ¿qué nos queda?) como una inocente distracción de burguesoaristócratas burgundenses aburridos.

A finales del siglo XVII casi todas las fiestas de las mejores familias ruritanas incluían una representación teatral. Una representación teatral que reproducía los haceres y decires que aquellos mismos burguesoaristócratas que constituían su público. Los burguesoaristócratas adoraban aquello, claro. ¡Qué trágicos eran sus destinos, oh, oh, cómo sufrían por amor, por celos, por engaños, por incomprensión paterna o materna! (Claro que, a diez metros de distancia, sus súbtidos menos favorecidos sufrían de hambre, frío, enfermedades incurables, mutilaciones laborales, alcoholismo feroz, muerte prematura, pero todo eso no cuadraba muy bien con las reglas de las tres unidades).

Luego, en algún momento de la década de 1720 o 1730 (de eso no nos han llegado documentos), a algún barón o baronesa, duque o duquesa se le ocurrió que, si aquel teatrillo los representaba a ellos, o a otros como ellos, quién mejor que ellos para encarnar esos personajes. Y así, en fiestas, soirées y saraos varios los propios burguesoaristócratas se prestaron para representar los papeles de burguesoaristócratas compuestos especialmente para la ocasión por los mejores escritores  (bueno, por los que había a mano) de Ruritania.

La evolución de este inocente entretenimiento fue asombrosa. Al principio estaba limitada a unos veinte o treinta minutos de espectáculo antes de la cena. Después fue creciendo hasta fagocitar la fiesta entera. Y después salió de la fiesta y se extendió a toda la red de interacciones sociales de Burgund.

Una primera evolución consistía en que los anfitriones de la fiesta adoptaban un personaje para toda la velada, y uno de los retos de los invitados era provocarlos hasta conseguir hacerles salir del personaje. Más tarde, algunos invitados empezaron a recibir también instrucciones sobre cómo comportarse en la fiesta, encarnando determinado rol (el borracho, el impertinente, el desinformado…); hasta que, finalmente, todos y cada uno de los invitados a estas fiestas terminó por representar un personaje de principio a fin, de manera que nadie sabía quién era nadie ni cuáles eran sus verdaderos problemas, lo que no es muy diferente de lo que sucede en la mayoría de las fiestas solo que en este caso se debía a motivos artísticos.

Naturalmente, la pequeñaburguesía no quería quedarse al margen de los entretenimientos de la burguesoaristocracia, solo que, como no podían organizar fiestas de tanto postín, montaban sus propias representaciones en el Casino, o en el restaurante o en el café de moda.

Pronto los campesinobreros se dieron cuenta de que algo pasaba, porque los pequeñoburgueses se comportaban de maneras todavía más raras de lo normal, y hablaban como si tuvieran un palo atravesado en la boca. (Los campesinobreros no habían reparado en idéntico comportamiento por parte de los burguesoaristócratas, porque los campesinobreros rara vez se mezclaban con los burguesoaristócratas en situaciones sociales, e incluso entonces les parecían animales llegados de otro planeta).

De cualquier modo, llegó un momento en que los campesinobreros se enteraron del motivo del comportamiento errático de los pequeñoburgueses, y ellos también decidieron que querían jugar a ese juego que se llamaba teatro, en tabernas, mercados y plazas. Como no había escritores para todos, y como además no tenían con qué pagarlos, los papeles eran cada vez menos escritos y más improvisados a partir de un guión muy general. No había trama: la propia vida era la trama.

La situación llegó a ser muy confusa. Nadie, en ningún punto de la escala social ni en ninguna situación o lugar, sabía si el resto de las personas estaban actuando, pero al mismo tiempo se consideraba de mal tono preguntar. Algunas personas escogieron, o recibieron, papeles absolutamente distantes de su yo real, mientras que otras los escogieron, o recibieron, tan semejantes a sí mismos que en la práctica eran incapaces de saber, ellos mismos, quién decía y hacía las cosas que ellos hacían y decían.

Toda la sociedad ruritana se vio envuelta en una turbamulta en la que no se sabía si se estaba hablando con una persona o con un personaje, ni si los contratos y los rituales, los matrimonios y los funerales que se celebraban tenían validez o eran parte de la ficción colectiva. Se dio el caso, dicen, de un matrimonio de burgundeses de clase medioburguesa, que solo en 1792, después de quince años casados y ya con dos hijos, descubrió que realmente estaban juntos por amor, y no porque así se lo pidieran los personajes, como habían supuesto hasta entonces.

La moda terminó violentamente en 1796 cuando un burgundés de buena fe, en un discurso histórico ante la asamblea regional de Burgund, se preguntó si en el resto del mundo no estarían también representando papeles como ellos: si los reyes serían realmente reyes, los duques realmente duques, los generales realmente generales y los Papas realmente Papas, y si no serían en realidad todo un teatrillo, lo que justificaría marchar todos juntos hasta Viena, Roma o París para pedir un nuevo reparto de papeles o, como si dijéramos, un nuevo barajeado de las cartas.

En este punto, las autoridades (o aquellos que hacían el papel de autoridades en ese momento) juzgaron que la broma ya había llegado demasiado lejos, detuvieron al insurrecto (que luego en el juicio se defendió diciendo que en realidad solo estaba representando el papel de insurrecto) y declararon prohibida cualquier representación teatral, privada o pública, improvisada o leída, durante un plazo de treinta años.

Como se puede entender, muy poco queda de toda esta literatura (si puede llamarse así) dramática ruritana, lo que ha llevado a ciertos críticos malintencionados a decir que nunca existió. A lo mejor yo mismo soy uno de esos críticos, no lo sé.

 

Breve historia de la literatura ruritana

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