Antes de resucitar, piensa en tu pobre madre

Cuando Lázaro resucitó, todo fueron abrazos y besos, gritos de alegría y de sorpresa, celebraciones y alabanzas al Altísimo. Sus amigos le organizaron una fiesta tan grande que al día siguiente Lázaro pensaba que se iba a morir otra vez de la pura resaca. Cuando por fin se levantó, después de dormir durante quince horas seguidas, su madre estaba esperándolo con una infusión de hierbas y una cara larguísima.

-Buenos días, madre -dijo Lázaro.

-Buenos días -contestó la madre, y nada más, y Lázaro estaba esperando otro tipo de recibimiento en su tercer día de vida, o sea, de segunda vida.

-¿Estás bien, madre? -le preguntó.

-Claro. Muy bien. Todo está bien. Bébete tu infusión de hierbas.

-¿Seguro que está todo bien, madre?

-Ya te he dicho que sí, bebe y calla.

Pero Lázaro no había llegado ni siquiera a posar el cuenco de té en sus labios, y su madre ya se había lanzado a gritar.

-¡Si te mueres, te mueres, y no andas luego que si resucito que si no resucito!

-Pero madre…

-¡Ni pero madre ni nada! ¡El que se muere se muere y ya está! ¿Tú sabes cómo me miran ahora en el mercado? ¿Las cosas que dicen de ti, y de mí, y de todos? ¡Eso no se le hace a una madre! Primero vas y te mueres, así, sin avisar, sin preguntar a nadie, sin pensar en lo que íbamos a sufrir los demás. Y después, cuando ya nos estamos empezando a hacer a la idea, ¡ah, no, que el señorito ya no está muerto! ¡Que ahora vuelve a estar vivo! ¡Que ha resucitado! ¡No se resucita! ¡¡¡Las personas decentes no resucitan!!! ¿Me oyes?

-Perdona, mamá…

-¡Ni perdona mamá ni ocho cuartos! ¡Un hijo mío, resucitado! ¡Dónde se ha visto!

-…pero no fui yo…

-¡Nunca eres tú! ¡La culpa nunca es tuya! ¡Siempre es de los demás! ¡A saber con quién te juntas, con personas que van por ahí resucitando a los hijos de la gente, sin pedir permiso ni nada! ¡No veo yo al resto de tus amiguitos resucitando después de muertos! ¡El ridículo que me has hecho pasar! ¡El hazmerreír de Betania! ¡Hasta en Jerusalén se habla de nosotros! ¡Qué vergüenza! ¡Qué! ¡Ver! ¡Güen! ¡Za!

-Lo siento mucho, madre, yo no quería…

-No querías, no querías, ¡tú nunca quieres nada! ¡No querías morirte y ahora no querías resucitar! ¡Qué habré hecho yo, por si no era suficiente que se te muera un hijo, luego va ese hijo y resucita! Ay, ay, ay, ay, ay…

Y se echó a llorar con lamentos tan desgarradores que a Lázaro no le quedó otro remedio que meterse otra vez a la cama y taparse la cabeza con una piel de oveja para intentar no oír los gritos, porque estaba de resaca y le dolía muchísimo la cabeza.

Pero como la madre de Lázaro era, al fin y al cabo, su madre, terminó por perdonarle que hubiera resucitado, y la pax familiae fue restaurada. Hasta que Lázaro volvió a morirse, treinta años más tarde. Eso sí que ya su madre no pudo perdonárselo. De hecho, estuvo esperando durante semanas junto a su tumba para ver si resucitaba, para  decirle tres o cuatro cosas…

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