Lo mejor es enemigo de lo bueno

A mediados del siglo XVI, más concretamente en 1561, nació en Florencia Giacomo Bettini. Su nombre debería haber quedado escrito en letras de oro en la tradición de la escultura occidental; si todo hubiera sido como debía ser, hoy nos resultaría tan familiar como Leonardo da Vinci, Miguel Ángel o Bernini. Pero las cosas no fueron como debían ser, y hoy nadie sabe quién fue, ni quién pudo ser, Giacomo Bettini.

Giacomo Bettini nació en el entorno perfecto para triunfar como artista: provenía de una familia con nombre pero sin rentas, y su padre estaba bien relacionado con los círculos artísticos de la Florencia renacentista. Un poco más arriba en la escala social y no le habrían permitido dedicarse al arte; un poco más abajo, y no habría podido.

Francesco I de Medicis, Gran Duque de Toscana

Francesco I de Medicis, Gran Duque de Toscana

Pero el medio no hace al artista: Giacomo Bettini también tenía un indudable talento para el dibujo, la pintura e incluso la música; y en nada mostró tanto talento como en la escultura. Como protegido de Francisco I de Médici, Gran Duque de la Toscana, su fama creció y se expandió por toda Europa. En voz baja se decía ya que era el sucesor de El Divino; que Dios había regalado al mundo a otro de sus ángeles para que iluminase a los hombres. En 1586, con tan solo veinticinco años, realizó una reproducción del Laocoonte de la que Tulio Gramanti llegó a decir que “mejoraba al original”.

Sus esculturas, que adornaban jardines y villas de las familias más poderosas de Florencia, Roma o Venecia, admiraban por la exquisitez de su detalle, la complejidad de su composición y la maestría de su técnica. Es evidente (sus contemporáneos, naturalmente, no lo sabían) que se adelantó varias décadas al barroco del mejor Bernini, y que podría haber superado, al menos en cuanto a dominio de la complejidad formal, al renacimiento del mejor Miguel Ángel.

Pero de pronto, la vida soñada de Giacomo Bettini llegó a su fin. Estaba en la cima de su fama, pero le faltaba aún una obra maestra, una escultura grandiosa y magnificente que instituyese su gloria para la posteridad. Y parecía que ese momento había llegado cuando el Papa Clemente VIII, para conmemorar el jubileo del año 1600, le encargó una Piedad que compitiese con la de Miguel Ángel, para la Basilica di Santa Maria Maggiore. “Hazla tan perfecta”, dicen los testimonios que le dijo el Papa, “que parezca llorar lágrimas auténticas ante los ojos de los fieles”.

Y Giacomo Bettini se dispuso a crear la obra más perfecta que mano humana hubiese creado nunca. Escogió personalmente el bloque de mármol de Carrara con el que iba a trabajar; diseñó, durante meses (algunosde sus esbozos se conservan todavía en los archivos vaticanos, aunque muchos fueron destruidos) la delicada estructura de formas y vacíos, para representar el descendimiento y el dolor de la madre, pero también la elevación y la fe de la Virgen. Se encerró en su taller con solo sus dos aprendices más allegados, rechazó cualquier otra encomienda para los siguientes meses…

Fuese, y no hubo nada.

Efigie del Papa Clemente VIII

Efigie del Papa Clemente VIII

Los relatos contemporáneos, que fueron muchos porque el caso se convirtió pronto en anécdota y fábula, dicen que en los primeros meses no extrañó su silencio y su pasividad. Era bien sabido que los maestros podían observar durante tiempos aparentemente infinitos la pieza de mármol, visualizando el trabajo futuro, analizando las vetas en la piedra, anticipando las dificultades. Cuando pasaron seis meses los emisarios papales empezaron a preocuparse. El jubileo se acercaba y no había trazas de que fueran a tener nada que enseñar a los peregrinos para mostrar su grandeza y su fe.

En agosto de 1599, cuando ya se había dado casi por perdida cualquier posibilidad de tener la Piedad acabada a tiempo, el papa Clemente VIII envió a Bettini una misiva, llena de paternal dulzura, en la que le decía que si no terminaba la escultura antes del final del jubileo, no solo estaba acabado como artista, sino también excomulgado y condenado a las penas del infierno eterno, amén.

En una carta enviada a Fernando I, sucesor de su hermano Francisco como Gran Duque de la Toscana, Bettini confiesa el motivo de su fracaso.

“Sufro, Excelencia, dice la carta, con la simple idea de dar el primer golpe, y que ese golpe no sea perfecto. Sufro, sudo sangre como Nuestro Señor en el monte de los olivos, porque sé que la imperfección acecha en cada rincón. La perfección es una, pura y sola; el error es múltiple, y se reproduce con la furia de las cabezas de la hidra de Lerna. No pretendo crear una buena escultura, ni siquiera deseo crear una escultura perfecta: quiero que la perfección se encarne en la piedra y que a través de mí los hombres accedan a la belleza divina.

Me tortura la certeza de saberme humano y por lo tanto falible. Me tortura y me paraliza la posibilidad de estropear la piedra y arruinar la posibilidad de mi obra maestra, incluso antes de que nazca. Duermo, a veces, en el taller a los pies del mármol, y la Virgen se me aparece en sueños y me suplica que la extraiga de la piedra. Pero es una Virgen, Dios me perdone, deforme, contrahecha, horrible, con pedazos sangrientos de carne recién arrancados por mi mano. Me despierto llorando y temblando con una fiebre fría, con las manos atenazadas y los músculos doloridos de la tensión del sueño. A la mañana siguiente me esfuerzo por dar el primer golpe y empezar la talla; pero no lo consigo, porque ese primer golpe puede ya ser el golpe que transforme la potencial perfección en fealdad y miseria.

Sé lo que los hombres, y Su Santidad, y Vuestra Excelencia, espera de mí y de mi obra, y no me siento capaz de corresponder a tan altas expectativas. Ante la posibilidad del fracaso, prefiero la renuncia. Si eso supone que mi nombre sea olvidado, si supone mi expulsión de la sociedad y la condenación de mi alma, lo acepto. Cualquier cosa es preferible a ser el hombre que mancilló a la Virgen, y a la belleza y al arte”.

Y en efecto, la Piedad de Bettini nunca llegó a existir. El proyecto fue oficialmente abandonado en agosto de 1600. El bloque de mármol fue empleado por otros escultores menores en otras esculturas menores. Giacomo Bettini había firmado algo mucho peor que su sentencia de muerte.

No iba desencaminado Bettini sobre lo que le esperaba si no completaba su obra. De nada sirvió la protección de los Duques de Médicis. Al comprender que no habría estatua, el Papa ordenó que fuera excomulgado; las presiones diplomáticas consiguieron que fuera despojado de sus posesiones y expulsado de los círculos artísticos. Su rastro se pierde en una huida precipitada hacia el norte de Europa, donde quizás consiguió labrarse una carrera con otro nombre y en otra arte.

El Papa Clemente VIII (de quien ha sobrevivido una fama de hombre culto y pacífico, pese a que fue quien ordenó quemar a Giordano Bruno) dedicó los últimos años de su vida, que no fueron muchos, a borrar a Giacomo Bettini de la memoria de los hombres. Muchas de sus obras, de las que solo nos quedan referencias indirectas, fueron adquiridas por el Papa o sus secuaces y destruidas en una especie de Autos de Fe diferidos. Sobre su familia cayó el descrédito y la miseria se extendió entre ellos como la peste.

Una vez más, el triunfo del poder y del olvido sobre la memoria fue casi completo. Si se hojea una historia del arte occidental, es posible que se encuentre una nota a pie de página con el nombre de Bettini, aunque lo más probable es que no aparezca ni siquiera eso.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s