Mi tío Ramiro, el hijo de puta

El año pasado murió mi tío Ramiro. No me deis el pésame, no lo sintáis, no me acompañéis en el sentimiento. Mi tío Ramiro era un hijo de puta. A veces pienso que en realidad no hay malas personas en el mundo, solo personas heridas, asustadas, acomplejadas. Pero luego me acuerdo de mi tío Ramiro.

El tío Ramiro era en realidad mi tío abuelo: el hermano pequeño de mi abuela materna. Nació en 1923, así que se perdió la oportunidad de matar gente a tiros durante la guerra, pero a cambio se resarció en los primeros años de la posguerra, denunciando a todo bicho viviente. No tenía ni dieciocho años y ya estaba señalando rojos, separatistas y ateos con más pasión y celo que muchos falangistas de los de toda la vida.

Porque, en cierto modo, estas delaciones habrían sido más comprensibles y hasta más perdonables (con un adecuado perspectivismo nihilista) si hubieran nacido del idealismo juvenil, de la convicción ideológica de estar construyendo un mundo mejor. Pero mi tío Ramiro ni siquiera tenía esa disculpa. En su caso, delataba a sus propios vecinos por envidia, por venganza, por pura y simple maldad: porque tenía la oportunidad de destrozar una vida y no la desaprovechaba.

Las primeras personas a las que delató eran, sobre todo, socialistas o nacionalistas que al perder la guerra habían quemado sus carnets del partido y habían confiado en perderse entre la multitud anónima. En algunos casos, hasta las autoridades franquistas sabían quiénes eran, dónde vivían, de qué pie cojeaban, pero hacían la vista gorda porque no llegaban a todo. Pero cuando mi tío les denunciaba ya no había forma de mirar para otro lado: iban a su casa, los sacaban a empujones y entre gritos y lágrimas de sus familias, los encarcelaban, los molían a palos o les daban el paseíllo detrás de un muro.

Así que el tío Ramiro se convirtió en un hombre temido y odiado: la rata, le llamaban incluso los franquistas. Si te enemistabas con él, podías tener al día siguiente a los camisas azules en la puerta. Sus denuncias eran creídas, porque había hecho tantas, y tantas de ellas creíbles, que no se revisaban con mucha profundidad los cargos. Su palabra era ley.

Además de para satisfacer sus bajos instintos, se sirvió de los mecanismos autoritarios del franquismo para trepar en la escala social: ya que tantos favores hacía al régimen denunciando a sus enemigos, ¿no podía el régimen corresponderle con uno o dos favores, una o dos propiedades incautadas, uno o dos negocios de estraperlo bajo cuerda? Además de poderoso, mi tío Ramiro se hizo rico durante los años 40 y 50.

Algunos hijos de puta públicos son adorables cuando se visten las pantuflas: vemos a los nietos de dictadores y asesinos hablar de lo cariñoso que era con ellos su abuelito. Mi tío Ramiro, y eso le honra, era tan hijo de puta en casa como fuera. Se casó a los veintidós años con Leocadia Lapuerta, de buena familia pero fea como un caniche mojado. Estoy seguro de que mi tío la veía como una más de sus posesiones en el camino de ascenso social. No sé si le pegaba, pero sí que la insultaba y humillaba a cada oportunidad que tenía, en privado o en público; que ella fue siempre infeliz, y que murió mucho más joven que la mayoría de las mujeres de su generación. No tuvieron hijos, algo que nunca lamentaron y que yo agradezco eternamente a los dioses, porque no habría habido sobre la faz de la tierra criatura más desgraciada que un hijo de mi tío Ramiro.

Con nosotros, sus sobrinos, primos y demás parientes, era tacaño, antipático y condescendiente. Nos trataba como a seres débiles y estúpidos por no haber sabido trepar como él. Que mis padres o mis abuelos hubieran preferido mantener la dignidad en tiempos indignos le parecía un signo de estupidez congénita. Por Navidad nos hacía regalos ridículos, por inútiles y por cutres. La mayoría eran objetos descartados de alguna de sus tiendas de ultramarinos. En uno de mis cumpleaños, me regaló una almohada agujereada a la que se le habían salido la mitad de las plumas.

Cuando llegó la democracia, Ramiro no tuvo que esconderse ni que pedir perdón: era culpable de crímenes ignominiosos contra sus vecinos y allegados, pero nadie le pedía cuentas por nada. Había que mirar hacia delante y no hacía atrás. Además, tenía dinero. Como para celebrar la llegada de un tiempo nuevo, el río Ramiro cambió los letreros de todas sus tiendas por otros más elegantes y luminosos, y siguió paseándose por la Gran Vía con su bastón negro y su ceño de nutria, tan tranquilo. La política para él era un teatrillo; la vida era otra cosa, y en eso, en la vida, él había sabido ganarnos a todos.

Después de quedarse viudo, el tío Ramiro contrató a una mujer gallega para que fuera a casa a hacerle la casa y cocinar para él. La dejó embarazada. No creo que lo hiciera por lujuria ni por deseo de dejar descendencia, sino por pura voluntad de dominio. Cuando supo que estaba embarazada, la echó, naturalmente sin ningún tipo de compensación. La mujer vino a despedirse de nosotros entre lágrimas: se volvía a Galicia. Mi madre le escribió unas cartas de recomendación y le regaló un abrigo de invierno para el viaje. Así que debe de haber un primo segundo o tercero mío en algún lugar de Vigo, del que no sé nada y ante el que sentiría un tremendo complejo de culpa.

La agonía de mi tío fue lenta: más que morirse, se fue apagando. Casi no sufrió, lo que demuestra que no existe justicia en el mundo. Nadie lloró demasiado: por mucho que nos esforzásemos no conseguíamos encontrar ningún recuerdo agradable al que agarrarnos para conjurar las lágrimas. La última putada de mi tío Ramiro fue dejar una herencia grande, confusa e injustamente repartida. Incluso después de muerto, consiguió que sus hermanos, sobrinos y primos se enemistasen por su causa.

Creo en la bondad de la humanidad; creo que tenemos una aspiración innata para la felicidad; creo que es muy difícil encontrar una persona de la que puedas decir, sin duda ni engaño: “es una mala persona”. Luego me acuerdo de mi tío Ramiro, el hijo de puta.

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4 pensamientos en “Mi tío Ramiro, el hijo de puta

  1. Quizá no he entendido bien… pero no entiendo cómo se pelean por la herencia los hijos y nietos de una persona sin descendencia (quitando el hijo gallego que se sobreentiende que no sabe nada de herencias ni de padres)…

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