Historia de la literatura ruritana (5): la Edad de Oro

Si la literatura ruritana ha producido algún escritor que merezca entrar en el selecto canon de los genios universales (nótese la forma condicional de la frase), ese autor es sin duda Letyybo Allus, más conocido por el seudónimo de Logos Aureus, que en ruritano quiere decir “El de la boca podrida”. (Al parecer tenía un aliento fétido).

Se ignora casi todo sobre Logos Aureus: se supone que nació en Burgund, o quizás en las afueras de una ciudad que empezaba a ser lo bastante grande como para tener afueras, pero no se sabe exactamente en qué año, ni en qué década. Yo propongo que debió de ser en torno a 1615, porque cuando en 1645 tenemos por primera vez noticia de él, era ya un señor entrado en años y en carnes, con dos hijos, bigote, un perro y un inseparable bastón con puño de plata. Y nadie se compra un bastón con puño de plata antes de los treinta. O un bigote.

Logos Aureus es autor de una obra tan vasta y variada como inexistente: drama, novela, ensayo, poesía, todos los géneros literarios habidos y por haber, Logos Aureus no escribió ni una sola línea en ninguno de ellos pero en todos ellos llegó a ser considerado un maestro absoluto.

La fama de Logos Aureus no se debe, efectivamente, a lo que llegó a escribir, sino a lo que decía estar escribiendo. Entre 1645 y 1682 (fecha de su muerte), Logos frecuentó, día tras día la taberna “El cuello del caballo”, en el centro de Burgund, y durante horas y horas entretuvo a los parroquianos con una descripción tan detallada de sus próximos escritos, que si entre su audiencia hubiese habido (pero no lo había) otro escritor con un mínimo talento (pero no lo había), ese otro escritor (pero no lo había) habría podido construir toda su obra solo a partir de los planes e ideas del maestro. Sus descripciones eran tan vívidas y sus sinopsis tan completas, que muchos de sus oyentes juraban haber leído sus obras, y haberlas encontrado magníficas, dignas de ser traducidas a todas las lenguas imaginables y a algunas de las inimaginables. Ese era el verdadero poder de la palabra de Logos Aureus.

En el momento de hacerse famoso (o en el primer momento en que su fama queda documentada), Logos Aureus estaba escribiendo “una novela sobre un hombre que viaja a Venecia a lomos de un asno, hasta que descubre que el asno es en realidad el demonio y que no le está llevando a Venecia sino a Estocolmo” (esto dicho por alguien que nunca estuvo en Italia ni en Suecia, y que probablemente nunca salió de Ruritania). Después le tenemos, en 1764, escribiendo un drama en tres actos sobre la vida de Keltup Amaarel, guerrero turco famoso por su ferocidad y por tener un ojo de caucho. A los cincuenta y cinco años, más apaciguado, decía estar componiendo un largo tratado sobre la infelicidad, basado en las experiencias vitales y en las enseñanzas filosóficas de su perro Pufto.

Pero sin duda la obra que gana le da fama inmortal a Logos Aureus, o mejor dicho, que le podría haber dado fama inmortal si la hubiera escrito, es su gran epopeya sobre la historia nacional ruritana, titulada Hasta nuestras fronteras si alguien nos dice por dónde, que condensa (condensaría, habría condensado) todas las glorias patrias en más de ochenta mil endecasílabos de rima consonante en -tja. Hay que aclarar, para evitar confusión, que en sus noches de gloria, rodeado ya por la práctica totalidad de los burgundenses, Logos Aureus no recitaba su poema épico, sino que lo describía: “En las siguientes treinta estrofas narro la batalla de Lopitja, en que los héreos ruritanos se enfrentaron a una bandada de murciélagos que, etc.” Y así durante horas, días, semanas, meses, años.

Cuando Logos Aureus murió, una turba de admiradores arrambló con sus posesiones en espera de encontrar entre ellas la obra magna, definitiva, inmortal. Se abrieron cajones, armarios, cofres; se tiraron abajo las paredes, se levantaron las tablas del suelo, se derribaron los falsos techos; no se dejó piedra sobre piedra ni silla sobre mesa ni vaso de agua sin beber. Allí donde había estado la residencia del gran escritor sólo quedó una escombrera post-apocalíptica plagada de ratas. Y a pesar de tan exhaustiva búsqueda no se encontró entre las posesiones de Logos Aureus ni un solo papel, ni un solo borrador rascuñado: ni novela, ni drama, ni poema épico nacional. Nada.

Esta ausencia de pruebas físicas legibles no consiguió que se apagase la fe en la brillantez literaria de Logos Aureus, que siguió más viva que nunca. De hecho, en los años siguientes apareció una legión de seguidores que, con la misma intención pero mucha menos fortuna, proclamaban estar escribiendo obras que causarían admiración en el mundo entero, pero que, naturalmente, nadie podía ver, leer ni casi imaginar. El nacionalismo ruritano inventó, años más tarde, la leyenda de que toda esta incalculable obra literaria de hecho existía, y constituía la auténtica Edad de Oro de las letras ruritanas, pero que fue repartida, disuelta, absorbida por el pueblo (cada hombre un verso) como solo la mejor literatura nacional consigue repartirse, disolverse, absorberse.

Sea como sea, y a falta de mayores investigaciones, podemos sin miedo a equivocarnos decir que el mayor servicio que Logos Aureus hizo a la literatura ruritana fue no escribir, porque nada de lo que pudiera haber escrito está a la altura de lo que dijo estar escribiendo, y a veces es mejor imaginar lo que podría haber llegado a ser, que ver lo que efectivamente fue. O no.

 

 

Breve historia de la literatura ruritana

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