Homo Burgundiensis

En el otoño de 1847 causó un enorme revuelo en toda Ruritania la noticia de que habían encontrado un esqueleto enterrado entre los cimientos de la antigua catedral de Burgund. Más de uno pensó que podía tratarse de sus hijos desaparecidos (en realidad, sus hijos estaban pegándose la gran vida en París), pero el comité de expertos venidos especialmente desde sus casas declaró inmediatamente que no, que aquel esqueleto era antiguo, muy antiguo, más antiguo que la catedral y que las calles que la rodeaban y que la propia Burgund, si me apuras.

Era un esqueleto, por decirlo con la mayor claridad posible, espantoso. Tenía una mandíbula enorme,  un cráneo alargado y casi cónico, piernas cortísimas y brazos larguísimos; a juzgar por la forma y tamaño de la pelvis se trataba de un hombre, y a juzgar por la desarmonía del conjunto debió ser un hombre feísimo. Hubo quien dijo que se parecía al alcalde, pero la opinión más extendida es que aquel era un ejemplar de una especie desconocida hasta entonces. (Hay que decir, claro, que Darwin no había publicado tudavía su Origen de las especies, y la antropología no era considerada una ciencia, así que prácticamente cualquier especie era desconocida en ese momento).

Para entender en su justa medida el alboroto y el alborozo con el que fue recibido el esqueleto, debe recordarse que los ruritanos estaban furibundamente orgullosos de su pureza, de su aislamiento histórico, de no haberse mezclado, como decían, ni con los romanos ni con los bárbaros. (Tanto es así que hay quien interprete el nombre de Ruritania como R-uri-t-anny, que en lenguaje ruritano quiere decir “los que no son todos los demás”). A algunos les parecerá extraño enorgullecerse de no haber sido “contaminado” por las culturas más avanzadas del continente, pero para los ruritanos no había duda: ellos se bastaban y se sobraban.

Esto significaba que, según la mitología autóctona, los ruritanos tuvieron que surgir in situ, como champiñones, y vivir durante siglos y milenios in situ, procreando los unos con los otros y convertidos todos por lo tanto en primos en menor o mayor grado. De ahí que fuese fundamental para ser aceptado en la clase alta de Burgund, e incluso en la media-alta, el poder documentar cuantas más generaciones de ruritanidad, mejor: si eran veinte mejor que si eran quince. Por ejemplo los Archiband, que solo podían documentar cuatro generaciones (antes eran los Arquebundos, sobre cuyo origen es mejor no indagar), solo eran admitidos en el Casino durante la noche de la matanza del cerdo, y porque alguien tenía que matar al cerdo.

La aparición del esqueleto misterioso, cuya anatomía y antigüedad desafiaba a las mejores mentes de Burgund (mentes que en otras ciudades más civilizadas no habrían pasado de medianas), venía por lo tanto a confirmar la singularidad de los ruritanos, descendientes todos, por así decir, de aquel hombre cabezón y achaparrado con cara de yunque. Está documentado que, durante las décadas de 1840 y 1850, se puso de moda entre los burgundeses el intentar parecerse lo más posible al misterioso hombre antediluviano, así que hombres y mujeres extendían sus mandíbulas hacia delante lo más posible; andaban con los brazos caídos y las piernas dobladas para parecer más bajos, y vestían complejísimos sombreros rellenos que hacían que sus cabezas parecieran oblongas.

La fama y la fiebre por el esqueleto decayó progresivamente en las décadas siguientes, hasta que en 1913 fue redescubierto, colgado en una sala de la biblioteca pública y medio cubierto de polvo, por Joseph Gedenski, un joven científico checo que pasaba por Burgund de camino a París. Pidió permiso para llevarse al homo burgundiensis a Viena para estudiarlo (permiso que fue concedido a cambio de muchas garantías y un buen pellizco de dinero) y prometió enviar sus conclusiones no más tarde del final de la década, lo que en círculos ruritanos pareció una muestra más de la importancia y la rareza del caso.

Joseph Gedenski murió en batalla durante la Primera Guerra Mundial, pero antes de morir, tuvo tiempo de emitir un primer informe preliminar que sugería que el homo burgudiensis era, en realidad, no un esqueleto sino un collage de huesos diferentes (una quijada de burro, un cráneo de vaca, las piernas de un niño…) probablemente mezclados en el fondo de una poza séptica o semejante. Afortunadamente, para cuando tan ofensivo informe llegó a Burgund, Ruritania había desaparecido ya para siempre de la faz de la tierra, y a nadie le importó gran cosa.

Del esqueleto no volvió a saberse nunca más; es posible que fuera triturado y vendido como polvos para sopa.

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