Los Archiband y la ciencia

Creo que a estas alturas no será necesario decir que los Archiband no eran muy aficionados a la ciencia, ni a la lectura, ni a la reflexión. Por no ser, no eran ni muy aficionados a estar sobrios. O vestidos. O despiertos. Pero en esta inalterable trayectoria de ignorancia y estulticia destacó, por oposición, la figura de Guillermo Jirancio Archiband, hermano menor de LIberto Alfonso Archiband (Archiband II en la discutida genealogía oficial).

Guillermo Archiband fue, a su absurda manera, la mente científica más lúcida de la familia. Obsesionado desde muy joven con la idea del paso del tiempo, de decadencia y de pérdida, sin duda porque percibía el proceso de putrefacción que asolaba a su propia familia, desde un punto de vista casi físico a juzgar por su aplastante olor corporal, se propuso descubrir el momento exacto en que la degeneración comienza, o dicho con una perspectiva más moderna, el momento exacto en que el imparable proceso de descomposición que es la vida puede denominarse propiamente “descomposición”.

Sus primeros experimentos con manzanas no tuvieron demasiado éxito, porque le era imposible, precisamente, congelar en el tiempo de ninguna forma los procesos químicos y biológicos que hacían que una sana y hermosa manzana verde se convirtiera en un pegajoso y maloliente charquito lleno de moscas. (Si se hubiera inventado la fotografía, otro gallo habría cantado). En casi la mitad de los casos, ni siquiera llegó a tanto la cosa, porque el propio Guillermo se comía las manzanas que se suponía que tenía que estudiar. Algunas de ellas, ya más marrones que verdes.

Tras el fracaso del experimento con la materia orgánica (él no lo pensaba en esos términos, claro), Guillermo Archiband se dedicó al estudio de la inorgánica, o sea, en este caso de la armadura que adornaba -es un decir- la entrada de la casa familiar. En caso de que lo hubiera planteado en forma de pregunta, y no de trastorno obsesivo compulsivo, habría podido formularlo más o menos de esta manera: ¿en qué momento una armadura perfectamente limpia y pulida, si deja de limpiarse, empieza a oxidarse de manera irremediable e irreparable? ¿Dónde aparecerá la primera huella de herrumbre, cuánto tardará en extenderse, cuál será su efecto, si nadie lo remedia, para el conjunto de la armadura en un plazo de dos, cinco, quince años?

Y sobre todo, ¿de dónde viene la herrumbre, y quién la pone ahí sin que nadie lo vea? (Que Guillermo Archiband tuviera unas modestas inquietudes científicas no quiere decir que no fuera más bruto que un mojón de la carretera de Burgund).

Así que, para encontrar respuesta a todas estas preguntas que lo atormentaban, se instaló de forma permanente en una pequeña silla colocada exactamente enfrente de la armadura, en la que pasaba los días, las noches y los momentos entre el día y la noche que no se sabe muy bien si son una cosa u otra. Con el tiempo, aprendió a dormir con un ojo abierto (alternando los ojos para descansar aunque fuera por mitades), y con todavía algo más de tiempo aprendió a no dejarse deslumbrar por los reflejos que le ofrecía la armadura (la mayoría, de sus propios ojos que miraban) y a concentrarse única y exclusivamente en la superficie de metal, gris, brillante y esquiva.

Cuando ya habían pasado casi dos años de este tipo de vida dedicada íntegramente al estudio de un único objeto, una mañana de octubre se oyó un terrible grito que atravesó la casa Archiband, salió a la calle Estretta, recorrió Burgund de punta a punta y alcanzó, según dicen los más atrevidos, París por un lado y Prusia por otro en el mismo momento en el que Napoleón se calzaba sus primeros zapatos con alzas. Era que Guillermo Archiband, sospechando lo peor, se había levantado lenta y dolorosamente de la silla y, rodeando la armadura, había descubierto, allí, allí, escondida entre los pliegues del almófar, inconfundible, una mancha de óxido.

¿Quién, cómo, cuándo, dónde?

Era necesario empezar otra vez desde el principio. Un ejército de criadas, contratadas especialmente para la ocasión entre lo más granado de la sirvientía burgundesa, desmontó, limpió, pulió, fijó y dio esplendor a la armadura, que volvió a estar si no tan limpia como en su estado original, sí más limpia que en su estado original.

Esta vez, a Guillermo Archiband no se la darían con queso: además de reanudar su incansable vigilancia de la armadura, convenció a su padre (que, la verdad, con tal de tenerlo callado habría hecho cualquier cosa) para que destinase a una pareja de sus más despiertos empleados a la labor de vigilar la espalda de la armadura, aquellas partes que su vista no alcanzaba.

Pasaron, de nuevo, varios años. Había a veces falsas alarmas, que siempre resultaban ser acumulaciones de polvo, restos de grasa de alguna mano apoyada después de la cena, o cagadas de araña (las arañas no faltaban en la casa de los Archiband, y eran de hecho consideradas moradoras más dignas incluso que el noventa por ciento de sus huéspedes humanos). Las criadas, por su parte, tenían prohibido acercarse a la armadura, no fuera a ser que en un rapto de profesionalismo volvieran a sacarle brillo y arruinasen, por lo tanto, la experiencia.

Pasaron (ya lo he dicho, pero lo vuelvo a decir porque es verdad) los años. Guillermo Archiband, que había aprendido a no verse en el reflejo de la armadura, no pudo por lo tanto ver el efecto que la inmovilidad, la humedad y una dieta rica en oreja de cerdo estaban teniendo sobre su propio cuerpo. Para cuando cumplió los cincuenta años, le habría sido imposible moverse de la silla, no solo porque sus articulaciones se habían fundido en posición de Pensador de Rodin, y también porque pesaba doscientos treinta kilos.

Hacía tiempo que los empleados habían dejado de cumplir con su misión de vigilancia, pero Guillermo Archiband no lo sabía, porque como quedaban al otro lado de la armadura, eclipsados por ella, por así decir, era como si no existieran. De hecho, tanto dejó Guillermo Archiband de ver el mundo, que el mundo dejó de verlo a él. Cuando, el día de su quincuagésimo séptimo (57) cumpleaños su hermano Rodrigo Gogoloneo Archiband intentó convencerlo para que soplase las velas, descubrieron sin sorpresa y casi con alivio que se había muerto así, con los ojos infinitamente abiertos (en realidad, solo con un ojo infinitamente abierto), mirándose a sí mismo pero sin verse morir a través del reflejo en una armadura que, a estas alturas, estaba ya roñada por todas las esquinas.

Sin saber qué hacer con aquella masa de carne gigante y apestosa (aunque no más apestosa que la mayoría de sus parientes vivos), que no cabía en el nicho familiar y que a duras penas cabía por la puerta de casa, decidieron ceder el cadáver al Hospital Médico-Universitario de Burgund, para que lo usasen en sus experimentos o para alimentar a los perros guardianes, como prefirieran.

A partir de los datos obtenidos con el estudio de su esqueleto, el insigne anatomista Gustav Leopold Mario Alejandro Jonas von Part publicó su conocido texto Sobre las consecuencias de la humedad, la inmovilidad y una dieta rica en oreja de cerdo sobre la anatomía de un hombre sano aunque algo tonto, que está en la base de buena parte de la moderna gerontología clínica.

Esta fue la mayor, por no decir la única, verdadera contribución de los Archiband a la ciencia.

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