Oh, Canada (2): Política exterior

Al mismo tiempo que me acogían a mí, los Watson también acogieron a un chico japonés que como yo estaba en Canadá haciendo un curso de inglés. Se llamaba Yosh, o mejor dicho, le llamábamos Yosh, aunque seguro que su nombre era más largo y más complicado.

No me importa decir que los Watson querían más al japonés que a mí. Como hablaba muy poco inglés, se hacía entender con gestos, con lenguaje corporal y con unas pocas palabras sueltas, que eran celebradas como si fuesen las primeras palabras de un bebé. Lo trataban, de hecho, casi como a un niño o a una mascota (no hablar la lengua del entorno nos reduce, a veces, a ese estado parecido al infantilismo). Yo mismo, a veces, me sentía como si tuviera un hermano menor al que tenía que cuidar, porque no se enteraba muy bien de las cosas y podía perderse o equivocarse o hacerse daño.

Yosh era simpático, aunque a veces era difícil entenderse con él, y no solo por el idioma. Recuerdo que una vez fuimos juntos a buscar un regalo para la señora Watson, que cumplía años; en medio de la búsqueda, Yosh dijo algo como: “No regalo, ir casa”, y eso hicimos: no regalo, ir casa. Solo que, al día siguiente, resulta que el bueno de Yosh le había comprado un regalo a la señora Watson él solito, y yo no tenía nada para darle.

Los Watson querían más a Yosh que a mí.

A Yosh le gustaba hacer compras. En general, a todo el grupo de japoneses que coincidieron con nosotros les gustaba mucho hacer compras. En comparación, los vasquitos éramos todos unos pobretones. Hubo algunos casos en que se establecieron buenas amistades vasco-japonesas; en otros casos, como el mío, había una convivencia pacífica sin grandes efusividades.

El recuerdo global que tengo de Yosh, sin embargo, es bueno. Al principio del mes que pasamos juntos (es decir, durmiendo puerta con puerta en cuartos separados), intercambiamos unas cintas de música (en aquel tiempo todavía no había iPods): él quería oír algo de música española, y yo tenía curiosidad por oír algo de música japonesa. No recuerdo qué cinta le presté yo, y desde luego no recuerdo qué música me prestó él. Ni si me gustó o no. Pero sí recuerdo el gesto de acercamiento, que partió de él.

Y cuando nos despedimos, Yosh me regaló unos molinetes de madera, que se hacían volar frotándolos entre las palmas de las dos manos. Todavía los tengo, guardados en un cajón junto a otros regalos igualmente inútiles pero igualmente entrañables.

Después de volver a nuestras casas, Yosh y yo llegamos a escribirnos alguna carta (que también guardo), pero luego perdimos el contacto. No tengo ni idea de qué habrá sido de él.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s