La polaquicidad

Lúkasz es una de las pocas personas del trabajo a las que enseño las cosas que escribo. Me da miedo que los demás descubran que, secretamente, soy una cerilla, y mi reputación se resienta. Si es que tengo una reputación. Si es que algo puede perjudicar a una reputación como la mía, sea la que sea.

En fin, que a Lúkasz suelo enseñarle las cosas que escribo, y hace poco le enseñé también los relatos que había escrito sobre él, y sobre mí, y sobre Alicia. Me dijo que le habían gustado mucho, que escribía muy bien, pero yo noté que había algo que no quería decirme por educación o por miedo a molestarme. Le insistí: “Venga, qué pasa, ¿no te han gustado? ¿No te parecen interesantes? ¿No te han hecho gracia? ¿Qué? Venga…”

Y él: “No es eso. Es… soy yo, cómo salgo en los cuentos”.

“¿Cómo sales?” Yo tenía, la verdad, la impresión de estar dando una imagen bastante amable de Lúkasz.

“No, si salgo bien, salgo favorecido, y mi mujer también, jejeje. Pero es que…”

“¿Qué?”

“Que en estos cuentos siempre soy ‘el polaco’.”

“Ah.” No estaba seguro de entenderle.

“Siempre que hablas de mí, siempre dices ‘Lúkasz, el chico polaco de mi centro’, ‘Lúkasz, el de Polonia’, ‘Lúkasz llamó por teléfono a Polonia’, ‘A Lúkasz le gusta el chorizo polaco…’ ¿Me entiendes? Es como si yo no fuera más que mi nacionalidad y un par de estereotipos colgados de ella.”

“Bueno, pero es que… eres polaco.”

“Y tú eres español, y Alicia, pero no lo dices todo el rato. No hace falta decirlo todo el rato. Yo soy polaco, pero también soy un marido y un profesor y un amante de la buena literatura, que haya nacido en un país más frío y que hable en otra lengua solo es una anécdota, en realidad”.

“Pero yo ya digo todas esas cosas sobre ti, que tienes mujer, que eres profesor, que eres una de las personas más inteligentes que he conocido nunca…”

“Lo sé, y te lo agradezco… De verdad, estoy hasta un poco emocionado por leer esas cosas. Pero al mismo tiempo… al decir todo el rato que soy polaco, que soy de lejos, que soy exótico, que soy diferente, parece que me haces menos humano, menos como tú o como Alicia o como todos los demás. O sea, ¿no podrías escribir un cuento, aunque sea solo uno, en que aparezca yo y no se utilice la palabra ‘Polonia’ o ‘polaco’? ¿En que yo sea, simplemente, tu amigo Lúkasz?”

“Está bien. Ya lo voy a intentar”, le dije, con una sonrisa y un apretón de manos.

Pero todavía no lo he conseguido.

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