Al otro lado no es mejor

Alicia y yo solíamos cenar (cuando queríamos celebrar algo) en un restaurante chic en Chiado, con camareros vestidos de pingüino, vidrieras enormes, lámparas de cristal y espejos gigantescos de pared a pared. De hecho, solíamos sentarnos siempre en la misma mesa, cerca de uno de los ventanales, de forma que Alicia quedaba mirando al comedor, y yo quedaba mirando al comedor a través del espejo.

Naturalmente, cenar con alguien llamado Alicia delante de un espejo da para muchas obviedades, especialmente porque allí, en nuestra esquina habitual, había una pequeña puertecita (probablemente para el contador del gas o de la luz) que decía “no abrir”.

El espejo también permitía otros juegos de la imaginación. Los coches que pasaban por la calle en dirección a Rua Garrett, reflejados en el espejo, parecían ir a chocar consigo mismos en un ángulo de 90º, o mejor dicho, el coche real y su reflejo parecían anularse mutuamente y disolverse el uno en el otro como pasa en algunos dibujos animados. Mientras servían el aperitivo crocante de pulpo y berenjena sobre un sorbete de albahaca con su esencia de caramelo, yo me entretenía en ver e imaginar accidentes absurdos de camionetas contra sí mismas, de motos contra sí mismas. De coches azules y rojos y verdes contra sí mismos.

Pero luego, a la altura del segundo plato, cuando Alicia estaba hablándome de la última discusión con su hermana, pasó lo imposible, pasó lo que nunca podrían haber pasado. Pasó que efectivamente chocaron: el coche real y su reflejo, chocaron. (¿O será que lo imaginé o que me quedé dormido y lo soñé?). Si miraba por la ventana, la vida seguía con normalidad, los paseantes paseando, los coches circulando, cayendo la lluvia suavemente sobre el asfalto. Alicia me sonreía desde el otro lado de la mesa y se entretenía con la conversación de la mesa de al lado, unos franceses de mediana edad.

Pero si me inclinaba un poco y miraba al otro lado, en el espejo, la cosa era mucho peor. El caos, el dolor, el horror. Los hierros de los dos coches retorcidos, la gente que paralizaba miraba desde la acera, unos pocos valientes que se atrevían a acercarse corriendo a los restos humeantes, a ver si podían rescatar… Los cuerpos. No conseguía verlos desde mi silla, se perdían allí donde termina el espejo y empieza la realidad (todo seguía normal a este lado), pero debían de estar allí en medio del hierro y el cristal, el cuerpo real y su reflejo, deshechos, mutilados, irreconocibles.

Por el rabillo del ojo veía que la Alicia del espejo ya no estaba en el espejo (no podía mirar directamente porque entonces habría visto solo a la Alicia real, la de este lado, que me tapaba a la otra) e intuía que yo mismo ya no estaba siendo reflejado, que mi reflejo había salido corriendo a la calle sin preocuparse por mí, y me sentía algo incompleto, como si me faltase la sombra.

Al otro lado, llegaban las ambulancias (unas ambulancias negras y azules con la palabra SNUC enfrente, que no sé lo que significa), y la policía a caballo que apartaba con largas varas de hierro a las personas. Y un camión ancho y verdoso que no sé cómo consiguió subir por las callejuelas del Chiado hasta aquí pero aquí estaba. Y todo fue rápido, las personas fueron disueltas por la palabra o la fuerza, los restos de los coches fueron izados al interior del camión, limpiadas las últimas astillas metálicas y los pedazos pequeños de cristal, y de la nada salió una banda de música tocando marchas festivas y seguida de un vendaval de niños que pisaban los charcos oscuros (¿de qué?).

Cuando todo pasó y dejé de sentir el peso de la angustia en el pecho, miré a mi alrededor, pero Alicia ya no estaba. Pensé por un momento, absurdamente (una de esas obviedades de que hablaba al principio) que a lo mejor había comido una galleta y se había ido por la puertecita que decía “condenado: no abrir”, pero luego vi que había dejado un insolente billete de veinte euros encima de la mesa, y supuse que no, que todo era real, cotidiano, corriente, y que esa noche me tocaba dormir en el cuarto de invitados.

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