Oh, Canada (1): religión

Cuando tenía 17 años, en el verano antes de empezar la universidad, pasé un mes en Canadá aprendiendo inglés con una beca del Gobierno Vasco (fue el principio de una prometedora carrera como becario vitalicio). Treinta chicos y chicas de todo el País Vasco nos alojamos en Hamilton, una ciudad grandecita a una hora de viaje de Toronto.

En mi caso, me acogió un matrimonio de mediana edad (o más bien tres cuartos de edad), los Watson, muy cariñosos y profundamente religiosos, en el sentido evangelista del término. Me contaron la historia de su conversión. El padre había sufrido un accidente muy grave: volviendo a casa del trabajo en bicicleta lo arrolló un coche y lo dejó a las puertas de la muerte, como se suele decir. Los médicos lo dieron por desahuciado, pero se salvó, y los Watson lo interpretaron como un milagro o como una señal.

Como buenos conversos, los Watson eran proselitistas. El padre iba a la prisión local a enseñar “la verdad” a los internos, y algunas tardes también se intalaba en una de las plazas o parques de la ciudad a repartir folletos y contar su historia. Una vez volvió a casa contentísimo, porque había conseguido captar un alma para la fe. A mí también intentaron captarme, contándome toda la historia de Jesús, María y el Espíritu Santo; yo les dije que había estudiado con los jesuitas y que ya me conocía toda la historia, pero dio igual.

También me llevaron dos o tres veces a misa (casi todos los domingos que estuve allí, y era una de estas misas que se ven en las películas americanas, con un predicador discursando, y los fieles coreando consignas con los ojos cerrados y las manos en alto: “Yes, Jesus. Come to me, Jesus. Thank you Lord, thank you, oh, Lord”, en un crescendo que terminaba en apoteosis. Había también un gran sentido de comunidad: a la salida de misa vendían perritos calientes, y el dinero recaudado se dedicaba a las necesidades de la parroquia o de los parroquianos.

En cuestiones morales, eran extraordinariamente estrictos. Para evitar tentaciones solo tenían dos canales de televisión (por culpa de este bloqueo informativo me perdí los Juegos Olímpicos de Atlanta) y en cualquier caso casi nunca la encendían. Una de las pocas veces que vimos una película –Nueve meses, con Hugh Grant-, una amiga suya se levantó y se fue escandalizada, porque en varios momentos de la película se mencionaba el nombre de Dios en vano.

El último día de clases de inglés, las profesoras nos pidieron que hiciéramos un objeto con pinzas de madera, algo que pudiéramos regalar como recuerdo a las familias que nos habían acogido. Yo intenté hacer un crucifijo, porque sabía que a los Watson les haría ilusión. Pero como nunca he sido muy bueno con las manualidades, para cuando llegó a casa el crucifijo se bamboleaba como un barco borracho. Efectivamente, les hizo mucha ilusión (o fingieron que les hacía mucha ilusión), pero seguramente lo tirarían a la basura en cuanto salí por la puerta en dirección al aeropuerto.

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