Necrológica (2)

El primer escritor al que conocí (quiero decir, conocí personalmente en persona) fue Juan Antonio Larracoechea, un poeta bilbaíno amigo de mis abuelos que solía visitarnos en casa con cierta regularidad (cada vez que publicada un nuevo librito). Larracoechea era un hombre a la antigua usanza, grande pero no gordo, con manos gigantes y ásperas, hombros de buey y cara de haber gobernado una república soviética.

Cuando murieron mis abuelos, Larracoechea siguió viniendo por casa; al parecer se había encariñado con mi madre, decía que fue él quien la animó a estudiar filología (cosa que probablemente es falsa, de todas formas). Tengo que decir ya que Larracoechea era un imbécil, o por lo menos se comportaba como un imbécil en nuestra casa. Que se haya muerto no lo hace menos imbécil. Era arrogante, pedante, paternalista y condescendiente. Debía de pensar que nos hacía un favor visitándonos: se comía toda nuestra comida, se bebía toda nuestra bebida, daba lecciones de literatura, de ética o de lo que hiciera falta y siempre tenía algo que criticar de nuestra casa, nuestra ropa o nuestro aspecto. Yo era solo un niño, pero aun así notaba el ambiente tenso que se creaba en la casa cada vez que venía: los ojos algo llorosos de mi madre, mi padre que respiraba más fuerte de lo habitual, a veces se rompía una taza…

Lo peor era cuando se hablaba de política, que no era muy a menudo afortunadamente. Esas veces la cosa terminaba mal, y con esto me refiero a gritos, empujones y portazos. Larracoechea siempre decía que él prefería no significarse, lo que traducido quiere decir que no iba con la banderita a recibir a Franco, pero tampoco vivía mal bajo el Régimen. Cuando llegó la democracia, Larracoechea no pudo o no quiso ocultar que se sentía personalmente derrotado, y por lo menos tuvo la honradez de no cambiarse de chaqueta y retirarse dignamente a su rincón como un elefante moribundo.

Como poeta, Larracoechea conseguía destacar en las tertulias del Café Boulevar, lo que tampoco significa mucho. En el ecosistema literario bilbaíno, algunos de sus poemas parecían contener hallazgos brillantes e iluminaciones audaces que no estaban al alcance de la mayoría. Confieso que durante un tiempo yo también admiré algunos versos suyos de un tono épico algo trasnochado, como “Los truenos triunfadores del abismo” o “La patria porvenir no por ventura / saldrá al amanecer de sus espantos”. Solía decir que una importante editorial madrileña le había ofrecido un contrato por cinco libros, pero que él la había rechazado; probablemente esto tampoco era verdad.

Lo mejor que se puede decir de Larracoechea como poeta es que fue todo lo que su talento permitía. Lo peor, que su talento no le permitió gran cosa.

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