El día que nací yo

El día que nací yo era -esto lo sabe poca gente- una coliflor. Una coliflor con pico, pero coliflor al fin y al cabo. Mi madre les dijo a las enfermeras: “Este niño es una coliflor”; y las enfermeras le contestaron: “Qué va a ser una coliflor, mujer, ¿no ves que tiene pico? Eso son cosas de madre agobiada”. Pero mi madre porfiaba, que no, que no, que es una coliflor.

Tanto insistió, que hicieron traer de Düsseldorf (de dónde si no) al mejor experto en coliflores del mundo, y de Arrankudiaga (de dónde si no) al mejor experto en picos de la provincia. Los dos estuvieron de acuerdo en que no habían visto nunca nada igual, pero que en cualquier caso se iban a tomar unos vinos porque se habían caído bien.

Sea como fuese, el caso es que dos días más tarde todo el mundo admitía que mi madre tenía razón: que yo era una coliflor con pico y que era preciso hacer un picoctomía para que, al menos, me convirtiera en una coliflor como el resto de las coliflores y pudiera ser admitido en sus reuniones y fiestas de sociedad.

La operación fue un éxito: en cuanto me extirparon el pico empecé rápidamente a descoliflorizarme. Me salieron escamas, la piel se me volvió de un plateado brillante y me vi de repente convertido en un pez (una dorada o un besugo, probablemente).

Los médicos se felicitaban y concedían entrevistas; las enfermeras le decían a mi madre: “¡qué ojazos tien tu hijo, por dios, qué ojazos!”. Y mi madre, por su parte, me acunaba con evidente satisfacción y cariño porque, por lo menos, ya no era una coliflor con pico.

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