Aránzazu Z

Entrada inspirada en la novela Última esperanza zombi de Guillermo Gómez

Amigos radioyentes, tengo malas noticias para vosotros. Después de tener que dejar nuestro campamento, como sabéis, tras el último ataque zombi, pensamos que el santuario de Aránzazu nos ofrecería seguridad y sosiego por lo menos durante una temporada. Aquí, aislados entre montañas, esperábamos que el tiempo jugase a nuestro favor: que con el paso de las semanas los muertos vivientes se sintiesen cada vez más débiles, más desorientados; a lo mejor, que empezasen a atacarse unos a otros.

Pero no ha sido así: nos han encontrado. No sabemos si ha sido casualidad o si a los muertos vivientes se les agudiza el instinto cazador con el paso del tiempo. ¿Pueden olernos? ¿Puede oler algo un zombi?

Sea como sea, fue Diana quien dio la voz de alarma: volvió de uno de sus viajes de reconocimiento y dijo:

-Vienen.

Solo eso, pero fue suficiente. No preguntamos cuántos eran, ni por dónde venían. Cuando te habitúas a huir llega un momento en que casi te extrañas de los momentos de calma. Lo natural parece estar siempre moviéndose, siempre escapando.

Desgraciadamente, no todos lo vieron así. Encontré a Aitziber sentada en un banco de la iglesia.

-Nos vamos -le dije-, ya vienen.

Pero ella no se movió.

-Yo no voy a ninguna parte.

-¿Cómo que no vas…? ¿Me has oído decir que vienen?

-Te he oído. Y si tienen que venir, que vengan. Y si tienen que entrar, que entren. Yo he encontrado mi lugar.

Tenía en la mano un libro, un libro sacado de la biblioteca del monasterio.

-Aitziber: vienen. Entrarán. Te encontrarán. Ya sabes lo que pasará después.

-Es posible. Es posible que tenga que ser así. ¿Te has dado cuenta de dónde estamos? Nosotros, que quizás seamos los últimos vascos no infectados, estamos aquí. ¿No te parece simbólico? ¿No crees que es cosa del destino? ¿No te parece que es así como tiene que ser?

-Aitziber, déjate de tonterías y vamos.

-No son tonterías, Vladek. Tú no lo entiendes porque no eres de aquí, pero para nosotros… para mí…

-¿Quién te ha dicho que yo no soy de aquí? ¿Tú qué sabes…?

-Si eres de aquí, no lo sientes como yo. Para mí, venir a este sitio… Es aquí, Vladek, es aquí donde todo tiene que terminar, para bien o para mal.

-Nada tiene que terminar, ni aquí ni en ninguna parte. ¡Vámonos, Aitziber!

-Déjame, Vladek. Vete. Yo he llegado al final de mi viaje.

Abrió su libro y volvió a perderse en la lectura. Su cara llena de paz contrastaba con el horror al que nos habíamos enfrentado diariamente en las últimas semanas.

Por un momento dudé si no estaría en lo cierto, si no era mejor aceptar el destino y dejarse ir, y que pasase lo que tuviera que pasar…

Pero no había tiempo que perder: de la explanada llegaban gritos, disparos, más gritos. Solo esperaba que no fuera ya demasiado tarde, que los bichos no nos hubieran rodeado. Salí de la iglesia dejando a Aitziber en sus ensoñaciones y me uní a mis compañeros en la defensa del último bastión de vida humana en todo el País Vasco.

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Un pensamiento en “Aránzazu Z

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