Historia de la literatura ruritana (3): los Hervores

Después de la primera fase de balbuceos poéticos (en un sentido literal) de que hablamos en la entrada anterior, en la segunda mitad del siglo XIV la literatura ruritana entró en una etapa de efervescencia sentimental, que no llamaremos Romanticismo para no ser absurdamente anacrónicos. Frente a la limitadora contención anterior, ahora todo era exaltación, aullido, corazones sangrantes y amores imposibles. Si la literatura ruritana fuese un chico, le habrían salido granos en la cara y le habría cambiado la voz. Los historiadores ruritanos denominaron a este periodo como “Los Hervores”.

El género favorito de esta época fueron largos poemas melodramáticos con mezcla de épica, diálogo y retórica. Lisia la eterna, de Jamurgo Loevaldo, ocupaba en su versión no abreviada tres tomos de más de cuatrocientas páginas cada uno, y eso a pesar de que quedó incompleto porque un buen día su autor decidió saltar desde la torre de la iglesia de Burgund vestido de mujer en un rapto de desesperación. Hubo quien dijo que, en realidad, Lisia la eterna era el propio Jamurgo; nunca se pudo comprobar, y lo único que ha quedado del poema (veinte versos traducidos al alemán y citados por Goethe en una carta) no permiten aventurar muchas hipótesis.

En cambio, Las lágrimas de Aurora, de autor desconocido, sí debía estar completo cuando fue escrito, originalmente, en 1452, aunque tampoco se ha conservado ninguna copia: eran, según dice la leyenda, siete mil versos perfectos de veintitrés sílabas cada uno, y todos ellos incluían la palabra “¡ay!”. Hay quien diga que inspiraron ciertos pasajes del Orlando Furioso. Lo más probable es que no sea cierto, porque no hay ninguna referencia fuera de Ruritania a este poema más allá de una incomprensible carta cifrada firmada por su autor en su lecho de muerte. Lo que parece comprobado es que Las lágrimas de Aurora fue recitado de forma ininterrumpida durante tres semanas en la corte de Alimundo II, por diversos rapsodas que se iban desmayando uno por uno, ya sea de emoción o de agotamiento.

De esta época es también la primera novela de la historia de la literatura ruritana. Escrita en primera persona, cuenta las aventuras de Galaldrín de Pompoteo, un caballero errante cuya mayor hazaña fue llevar de forma correcta e impecable la contabilidad del reino de Camelot durante veinte años. Su olvido en el conjunto de las leyendas artúricas es perfectamente comprensible, aunque lamentable.

Otro escritor suicida de esta época es Mauricio el Mal Alimentado, así llamado porque su modo de buscar la muerte fue dejar de comer hasta no obtener una respuesta afirmativa de su amada. Dado que su amada estaba casada y no sabía de la existencia de Mauricio ni de su huelga de hambre, el desenlace era bastante inevitable. El resultado, poéticamente hablando, de esta pasión destructiva, fue un paradójico libro de recetas erótico-gastronómicas que todavía hoy se cocinan, aunque en secreto, en lo que un día fue el casco antiguo de Burgund.

Ruritania también tuvo su propio reformista religioso, que no pondremos a la altura de Lutero o Calvino solo porque su influencia nunca pasó de los límites estrictamente parroquiales. Sigmund Colefert llegó a Burgund en 1502 con un mensaje rupturista: proponía la abolición de las propiedades de la iglesia, la abolición de las jerarquías celestiales, la abolición de la autoridad papal y, si había comido con vino, la abolición de la Iglesia, de la Biblia y de Dios. Desde el punto de vista literario nos interesan sus sermones, sobre todo los pronunciados a primera hora de la tarde, en los que las figuras alegóricas alternan con personajes históricos  y con animales de diversos colores en escenas de vibrante surrealismo (ayudado a veces por el uso de marionetas).

Como corresponde a un Hervor, este periodo de la literatura ruritana pasó rápido y fue olvidado igual de rápidamente, como un mal sueño o una noche de excesos que hay que pedir que te la cuenten tus amigos porque no sabes lo que hiciste ni con quién ni cómo volviste a casa ni cómo se llama esa chica. No diré que los ruritanos  inventaron el malditismo cuatro siglos antes que Lord Byron. Pero si de hecho se descubriese, por azar o por laborioso esfuerzo, que Lord Byron sabía hablar, o al menos leer ruritano, toda la historia de la literatura occidental debería ser reescrita.

 

 

Breve historia de la literatura ruritana

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