Un viaje a Walodja

Cuando me invitaron a dar una conferencia (la primera de mi carrera académica) en la universidad de Walodja, lo primero que hice fue buscar dónde estaba Walodja. Y descubrí que estaba, casualmente, justo en el centro en Walodja.

La información de la Wikipedia era mínima: Walodja, antigua República Socialista Soviética, con una superficie semejante a la de Luxemburgo y una población aproximada de 350.000 habitantes. Plato típico: la sopa de rábano. Clima continental. Una foto lejana y borrosa de una plaza con una estatua en el medio: “Efigie ecuestre de Artur Walod, el Libertador”. Un sistema político formalmente democrático, aunque con elecciones tan oscuras que ni los electores sabían que se celebraban.

Me dio reparo, por una parte, legitimar un sistema así con mi presencia y mi prestigio; pero luego pudo la curiosidad, y pensé que de todas formas no tengo prestigio digno de tal nombre y que a quién le importa lo que yo pueda legitimar o no. Así que acepté.

A mi llegada al aeropuerto de Walodja (via Frankfurt) me estaba esperando un chófer, de nombre Walod. Me llevó a través de calles grises y carreteras bacheadas hasta mi hotel, que se llamaba, cómo no, Hotel Walod. Los recepcionistas hablaban inglés conmigo, y entre ellos un idioma que imaginé ruso, pero que contenía, cada poco tiempo, la palabra Walod.

En mi cuarto, una fotografía de Artur Walod con unos treinta años en uniforme militar me vigilaba desde la pared de enfrente de mi cama.

A la mañana siguiente el chófer me esperaba a la puerta del hotel para llevarme a la Universidad. Por la calle corrían jaurías de perros salvajes, y me pregunté si también se llamarían todos Walod.

La conferencia fue bien, aunque dudo que la novelística de Saizarbitoria le interesase mucho a nadie de los presentes. Las preguntas fueron todas sobre la situación política del País Vasco y su “lucha milenaria por la independencia”  (sic). Me escabullí como pude de los puntos más espinosos, pero creo que no oían lo que yo decía, sino lo que esperaban que yo dijera cuando me invitaron. Ya me imaginaba el resumen que harían para el boletín de la Facultad: “experto vasco defiende fervorosamente la lucha milenaria de los pueblos por su libertad”.

Esa tarde, después de dormir la siesta, quise salir a dar un paseo por el centro de Walodja. El recepcionista me sonrió y me dijo, muy amablemente, que no era seguro pasear solo por Walodja, sobre todo para un extranjero, pero que podía llamar a mi chófer si quería. No quería. Le di las gracias, y en cuanto se dio media vuelta salí a la carrera del hotel; por si me seguían, giré la primera a la derecha, la segunda a la izquierda y la tercera por un callejón con olor a meadas.

Estaba completamente perdido, como era de prever.

A lo mejor decepciono a mis lectores si digo que el paisaje no era muy diferente al de cualquier barrio periférico de Madrid o Lisboa, con la única diferencia de que esto era el centro mismo de Walodja, capital de Walodja. Aunque me sentí continua y extrañamente observado, no me pareció una ciudad especialmente insegura. El problema, claro, es que estaba perdido en una ciudad desconocida y en un país cuya lengua no hablaba.

Después de dos horas de pasear intentando reconocer algún edificio decidí rendirme y llamar a mi chófer.

-Perdona, Walod -le dije en inglés-, pero he salido a dar un paseo por Walodja y me he perdido. ¿Podrías venir a buscarme?

Al principio Walod no contestó. Se le oía resoplar. Pensé que a lo mejor se había metido en un lío por mi culpa.

-Está bien -contestó por fin-; dime dónde estás.

Miré a mi alrededor.

-Estoy -dije- en la esquina de la calle… Walod, con la avenida… Walod.

-Calle Walod con avenida Walod… ¿estás seguro? Compruébalo bien.

Aquello era o una casualidad enorme, o un absurdo enorme. Mientras oía a Walod maldecir al otro lado del teléfono corrí hasta la siguiente esquina. La siguiente calle también se llamaba “calle Walod”. Giré a la derecha y corrí otros cincuenta metros: la siguiente esquina unía la calle Walod con la calle Walod.

-Estoy… sí, estoy seguro.

-Pásale el teléfono a la primera persona que veas.

En ese momento pasaba por allí una chica joven con la inconfundible nariz walodjana; por gestos le pedí que se pusiera al teléfono. La oí hablar en walodiano con Walod; no entendí nada, pero la oí decir algo que sonó como “ïlicha Walod”. Después me pasó el teléfono sonriendo y se marchó.

-Walod, ¿ya sabes dónde estoy?

-Sí, estás en la calle Walod con Walod.

-Pues eso es lo que he dicho yo.

-No, eso no es lo que tú has dicho. Tú has dicho Walod con Walod.

-¿Y no es lo mismo?

-No es ni parecido… Los extranjeros no podéis entender cómo funciona este país…

Y colgó.

Cinco minutos después estaba en el coche con Walod. Diez minutos después estaba en el hotel. Diez horas después estaba en el aeropuerto de Walodja y otras siete horas más tarde (vía Frankfurt) estaba en casa.

Al día siguiente comenté mi viaje con varios colegas del departamento. Nunca habían oído hablar de Walodja, y no querían creer que pudiera existir un país así. Yo les decía que sí, que había estado allí, y les hablaba de los perros y de Walod y de la chica del teléfono, pero seguían sin creerme.

Fui a buscar el artículo de Wikipedia, pero había sido borrado por falta de referencias. Fui a buscar el certificado de mi conferencia, pero me dí cuenta de que me lo había dejado en el hotel. En mi pasaporte solo tenía la tarjeta de embarque del vuelo desde Frankfurt. Probé a llamar a Walod, pero me salía un mensaje en ruso (o algo parecido a ruso) que traduje libremente como “este móvil se encuentra apagado o fuera de cobertura”.

Para mis compañeros de departamento Walodja se convirtió en motivo de burla: cada vez que me veían perderme en mis pensamientos me decían: “¿qué, ya estás en Walodja?”. Yo me reía pero en el fondo me habría gustado clavarles un lápiz en el ojo.

Personalmente, a mí, que no soy precisamente un ingenuo, que alguien se tome tantas molestias en borrar Walodja del mapa solo me reafirma en mi convicción de que existe, y de que estuve allí. Y los demás que se rían si quieren.

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2 pensamientos en “Un viaje a Walodja

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