Hoteles

Los hoteles. Me gustan los hoteles. En los hoteles me siento como en casa. Solo en los hoteles me siento como en casa. Viajo todo lo que puedo, solo para poder pasar unas noches en un hotel. No soy exigente. Me vale una cama, una ducha, una mesa, un armario, una televisión. Me vale una ventana, pero si no hay ventana también me vale. Me vale un telefóno, pero en cuanto llego lo desconecto. Eso me tranquiliza.

Cuando viajo, paso todo el tiempo posible en el hotel. Solo salgo si es imprescindible. Si voy a una conferencia, cojo un taxi del hotel a la universidad, doy mi charla, cojo otro taxi de la universidad al hotel. En el taxi cierro los ojos para no ver dónde estoy. Eso me tranquiliza.

Todos los hoteles son diferentes, pero todos los hoteles son iguales. Eso me tranquiliza. Puedo hacer lo mismo en todos los hoteles: dormir, ver la televisión, mirar internet, leer, ducharme, pedir comida. Hago lo mismo en todos los hoteles: dormir, ver la televisión, mirar internet, leer, ducharme, pedir comida. Nunca reclamo. Nunca pido un cambio de habitación. Todas las habitaciones son iguales. Todos los hoteles son el mismo hotel.

En París estuve tres días. Fui de Montparnasse hasta el hotel en taxi. Pasé los tres días mirando un cuadro de gatitos en mi habitación. En Londres el primer día pedí el desayuno en el cuarto. No me lo traían. Bajé a desayunar al comedor. Nunca más. Una vez fui a una conferencia en Boston. Me desperté desorientado por el jet lag en una habitación de hotel que no reconocí. Pasé una semana sin salir del cuarto creyendo que estaba en Nueva York. Solo descubrí el error cuando cogí el taxi de vuelta. No me importó.

A veces voy a un hotel en mi propia ciudad. Imagino que estoy en la otra punta del mundo. Da igual. Todos los hoteles están a la misma distancia. Todos los hoteles están en el mismo sitio. A veces cuando estoy en un hotel en la otra punta del mundo imagino que estoy en mi propia ciudad. Eso me tranquiliza.

Siempre soy cortés con las chicas de la limpieza. Algunas son guapas, otras son feas. Algunas son jóvenes, otras no tan jóvenes. Todas son extranjeras. Da igual en qué país esté el hotel. Las chicas de la limpieza son siempre de otro país distinto. Seguramente más pobre. Les digo “claro, pase, puede limpiar el cuarto”, les digo “gracias, gracias”, les digo “hasta mañana”. Algunas no me entienden. Prefiero cuando no me entienden. Eso me tranquiliza.

Creo que moriré en un hotel. Con los hoteles siento un reconocimiento. No memoria. Reconocimiento. Los hoteles son mi lugar en el mundo. Mi no lugar en el mundo.

Imagino como será: una chica de la limpieza. Extranjera. Llamará varias veces. No contestaré porque estaré muerto. Llamará otra vez. No contestaré. Abrirá con su llave maestra. Me encontrará allí. Gritará. Llorará. Me insultará en una lengua extranjera. El conserje avisará a la policía. La policía avisará a mi familia. “Tenemos que comunicarle una noticia trágica”. Y mi familia dirá: “¿A qué hotel tenemos que ir a buscarle?” Imagino esto. Imagino mi muerte en un hotel. Y eso me tranquiliza.

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