Los de Durango (A puerta cerrada)

Mis abuelos vivían al lado de una pareja sin hijos, a la que llamábamos “los de Durango”. Realmente, solo ella era de Durango: él había nacido en Burgos, solo fue a Durango a casarse y a Bilbao a ejercer (era abogado). A veces, cuando íbamos a visitar a los abuelos, nos los cruzábamos en la escalera o en el rellano. Ella solía saludar bastante estirada y como haciéndonos un favor; él ni eso.

Los de Durango tenían unas discusiones terribles. Cada vez que pasaba (y pasaba casi siempre que estábamos en casa de los abuelos), mi hermano y yo dejábamos de jugar y nos quedábamos mirando a la pared, como si se fuera a volver transparente en cualquier momento. Se oían gritos de los dos, cada vez más altos, y a veces golpes fuertes, como de algo que cae al suelo y se rompe o no. A estos episodios de tormenta seguían periodos de un silencio tan intenso que casi podía oírse.

Mi abuela nos decía: “Cada uno en su casa y Dios en la de todos”. Y luego, con voz de quien está descubriendo un gran secreto: “Él no es de aquí”. Eran otros tiempos, las cosas eran diferentes entonces (o a lo mejor las cosas siguen siendo iguales, aunque más escondidas).

El abogado murió cuando yo tenía ocho o nueve años; la abuela nos llevó a mi hermano y a mí al funeral, aunque mi madre no quería: éramos demasiado pequeños, decía, aunque la verdad es que aquel hombre nunca le gustó ni un pelo.

En el funeral, como pasa a veces en los funerales de personas mayores sin hijos, no había casi nadie. A la salida, la mujer lloraba desconsoladamente: “qué sola me dejas, Antonio, qué sola me dejas”, decía. Hasta ese día no supe que el abogado, el de Durango, se llamaba Antonio.

La viuda le sobrevivió todavía bastantes años más. Cuando se murió no se enteró nadie: simplemente apareció la esquela en el portal. Esa vez mi abuela ya no nos llevó al funeral, porque ella misma estaba ya bastante mal de la cadera.

La casa de Durango la heredó un sobrino, que se la vendió a una pareja de jóvenes catalanes muy majos.

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