Variaciones sobre Caperucita (IV)

Caperucita, a pesar de su corta edad y del color de su caperuza, era una firme defensora del neoliberalismo económico: un Estado pequeño, solía decir mientras saltaba a la comba, garantiza el libre desenvolvimiento de las dinámicas del mercado y asegura un correcto equilibrio entre producción y consumo. Así, por ejemplo, Caperucita defendía fervorosamente la privatización del bosque, el aprovechamiento de sus recursos naturales y su transformación en un resort, spa y casino de lujo. (Aunque no tenga relación con el cuento, añadiremos aquí como de pasada que el padre de Caperucita tenía un negocio de importación y exportación de muebles).

El lobo, que como se verá más adelante en esta historia era un antisistema de cuidado, cuando se enteró de las intenciones de Caperucita de privatizar el bosque, lloró amargamente. “Pero, si talan el bosque, ¿dónde voy a vivir yo? ¿Dónde vamos a vivir todos los animales? ¿Qué vamos a comer?” E intentó acercarse al pueblo para debatir con Caperucita y con el resto de los habitantes, pero cada vez que se acercaba alguien gritaba “¡que viene el lobo, que viene el lobo!”, y todos salían con estacas para romperle el espinazo.

Así que un día el lobo (que como se verá dentro de poco no tenía ningún respeto por nuestra tan difícilmente lograda democracia) decidió ir a hablar directamente con la Abuelita, que había hecho la Transición ella sola con sus propias manos. Pero la Abuelita le dijo: “Anda, lobo, vete de aquí, que eres un antisistema y un perroflauta y me vas a obligar a ilegalizarte”.

Entonces el lobo, que como se verá era un guerracivilista de tomo y lomo, se comió a la Abuelita sin masticar (o por lo menos eso dice la prensa, y si lo dice la prensa será verdad).

En ese preciso momento Caperucita entraba en casa de la Abuelita para traerle unas milhojas de trufa y paté sobre cama de verduritas frescas con su aroma de caviar beluga, y el lobo, asustado, se disfrazó de partido político legalmente constituido y se metió en la cama de la Abuelita.

Pero a Caperucita no se la daban con queso: “Abuelita, Abuelita, qué ojos de stalinista tienes”. Y el lobo: “¿qué, cómo?”. Y Caperucita: “Abuelita, Abuelita, qué manos de haber puesto bombas tienes”. Y el lobo: “Yo solo quiero hablar sobre el bosque”. Y Caperucita: “Abuelita, Abuelita, también los nazis solo querían hablar y luego mira lo que hicieron”. Y el lobo, que veía que esto no llevaba a ninguna parte, salió corriendo de casa mientras Caperucita le tiraba copias de la Constitución a la cabeza.

Afortunadamente (dice la prensa que declaró después Caperucita), en ese momento pasaba por allí el leñador antidisturbios, que con su sagacidad de costumbre advirtió que el lobo estaba provocando incidentes y desacatando a la autoridad, por lo que muy proporcionadamente le abrió la cabeza de un hachazo.

Dice la prensa que la Abuelita salió viva y coleando de la tripa del lobo, y si lo dice la prensa debe de ser verdad por muy extraño e inverosímil que parezca.

El final de esta historia no puede ser más feliz: cuando la Abuelita contó su historia en el pleno del ayuntamiento, las personas de bien del pueblo unánimemente decidieron construir una muralla de seguridad con videovigilancia, privatizar y talar el bosque inmediatamente (“ya encontraremos algo que hacer con tanta madera”, dicen que dijo el padre de Caperucita) e iniciar una batida por el monte para cazar a los últimos lobos, que como se ha visto ya en esta historia no respetan nuestras normas de convivencia y por lo tanto nosotros no tenemos por qué respetarlos a ellos.

Y colorín colorado, y demás.

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