La oficina en invierno

Queremos encender la calefacción. No se puede, nos dice el jefe, estamos en abril y ya ha pasado el tiempo de calefacciones. Pero está nevando, estamos a bajo cero, dice alguien, a lo mejor yo mismo, ¿no se puede hacer una excepción? No, dice el jefe, no hay excepciones. Hay que ahorrar, dice el jefe.

Trabajamos vestidos con siete capas de ropa, como esquimales. Tecleamos en el ordenador con guantes de lana o manoplas. Las cuentas no salen, nos equivocamos, ponemos ceros de más o un siete en vez de un ocho, volvemos a empezar, nos enfadamos, aporreamos las mesas, hay un ruido constante de papeles que se rasgan o se arrugan. A Cristina se le han acabado los pañuelos de papel así que se limpia los mocos con la bufanda. A Mario le duele tanto la espalda que escribe encorvado sobre la mesa, con la cara sobre el teclado del ordenador (su nariz a veces pulsa la tecla “h” sin querer). A mí me tiemblan tanto las manos que más que escribir parece que aplaudo.

Al mediodía nuestro jefe se despide de nosotros. Excelente trabajo, dice, hay que ser más productivos, dice, sois un gran equipo, no podemos relajarnos, tenemos un gran futuro, sois unos inútiles, la competencia se nos va a comer con patatas, dice. Nuestro jefe es así, alterna la zanahoria y el palo sin demasiado criterio.

¿A dónde va el jefe?, le pregunta alguien, a lo mejor yo mismo, a su secretaria. A una reunión de la junta directiva. ¿Dónde es la reunión?, le pregunta ese alguien a la secretaria. En un hotel en Tenerife. Tres días. Gastos pagados. Ah, decimos, vale. Y volvemos corriendo a nuestras mesas a esconder los pies congelados debajo de una manta.

A la hora de comer el temporal arrecia. Calentamos nuestra sopa o nuestros noodles precocinados en el microondas de la kitchenette y volvemos a nuestras mesas. En la oficina huele a restaurante chino. A restaurante chino siberiano. No se oye ni el vuelo de una mosca, porque las moscas de nuestra oficina han muerto de hipotermia.

A las tres está granizando y Octavio se enciende un cigarrillo. Aquí no puedes, dice Cristina en voz baja, pero Octavio no le hace caso. Cuando termina busca un cenicero y como no lo encuentra tira la colilla a la papelera. La papelera está llena de papel (de todas las cuentas erróneas que hemos hecho por estar haciéndolas con guantes de lana o manoplas) y prende.

La secretaria del jefe viene hasta nosotros chapoteando dentro de unas botas tres números más grandes de lo debido (debe de llevar cuatro pares de calcetines). Esto, dice, esto no se puede, dice, esto no. Pero luego se calla, va hasta su mesa y vuelve con un montón de papeles -facturas, cartas, recibos, contratos-, todo se va al fuego purificador. Uno a uno nos vamos levantando y hacemos nuestra pequeña aportación.

Por la oficina se extiende un calor agradable y agradecido. Nos quedamos unos minutos embobados todos en círculo mirando la hoguera y oyendo el chasquido del papel que arde.  Lo malo es que además del calor también se extiende el humo. Y que la moqueta parece que está cogiendo fuego.

De repente Cristina empieza a toser compulsivamente y se rompe el hechizo. Alguien, a lo mejor yo mismo, va a buscar el extintor y otro alguien, a lo mejor Antonio, se encarga de abrir la ventana. La lluvia empapa los archivadores de contabilidad, años 2005-2012; cuando Antonio intenta apartarlos de la ventana los archivadores se vencen hacia adelante, vomitando carpetas como un borracho en Año Nuevo. La espuma del extintor flota por el aire como si fuera nieve, se mezcla con la lluvia y se cuela entre los circuitos de los ordenadores, que empiezan a chisporrotear. Octavio le mete una patada a la pantalla más próxima, que cae al suelo y se abre como una sandía. Pero por lo menos ha dejado de soltar chispazos.

Alguien, a lo mejor yo mismo, entra en el despacho del jefe y le lanza una grapadora al poster motivador que dice “Juntos somos una playa”, y el vidrio se parte haciendo figuras de tela de araña. Otro alguien (a lo mejor yo mismo) coge las flores de plástico de la entrada y las tira por el váter, el váter se niega a tragarlas y en lugar de eso empieza a devolver agua sucia. Por algún motivo difícil de explicar, otro alguien arranca el perchero de la pared y lo usa para rasgar la tela de la silla del jefe. La impresora hace copias y copias y copias de algo que alguien (creo que no he sido yo) ha tenido a bien introducir entre la tapa y la bandeja de cristal.

Luego pasa la fiebre y miramos a nuestro alrededor.

La oficina está arrasada, mezcla de incendio e inundación a partes iguales. Solo falta un terremoto y un tornado.

¿Qué le diremos al jefe?, pregunta Mario. Le diremos que no sabemos nada, dice alguien, a lo mejor yo mismo: que ha debido de entrar una cuadrilla de gamberros durante el fin de semana, dice. Que menuda fiesta se han corrido, dice. Que pague el seguro, dice. Luego Antonio coge un rotulador gordo de la sala de conferencias y escribe en la pared: “PUTO KAPITALISMO” (con un círculo alrededor de la segunda A). Todos asentimos con la mirada o con el silencio.

Dan las cinco, recogemos nuestros maletines, nos ponemos una octava capa de ropa encima de las otras siete y salimos a la calle. Nadie dice adiós a nadie, nadie mira a los ojos a nadie. El último en salir -no sé quién es, a lo mejor yo mismo- deja la puerta de la oficina cuidadosamente abierta.

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4 pensamientos en “La oficina en invierno

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