La marca negra

Eran los 90, los años de la “socialización del dolor”. Acababan de asesinar a un concejal de San Sebastián. Yo estuve en las manifestaciones de repulsa, en segunda fila. Cuando empezaron a tirarnos huevos me fui.

Un día aparecieron en nuestro portal unas pintadas que podían ser una diana; podían ser señales para asaltadores de pisos vacíos; podía ser la firma de una banda urbana.

Me encontré con Antúnez, el vecino del quinto, en el ascensor. Estaba aterrorizado. “Soy abogado. He defendido a violadores y a traficantes. ETA odia a los narcotraficantes. ¿Y si esa pintada es una señal para acabar conmigo? ¿Una amenaza?”

La paranoia se me contagió. Yo era, soy, profesor de lengua y literatura española. ¿Y si enseñar a Cervantes era una traición a la patria? ¿Y si merecía pagarlo con la pena capital? Alicia, mi mujer, intentaba tranquilizarme: “Cariño, no seas idiota. Qué ganas de hacerte el héroe”.

Yo tranquilizaba a Antúnez: “Antúnez, no seas idiota. Qué ganas de hacerte el héroe”.

“La gente me mira distinto”, me decía Antúnez. “Saben que estoy marcado. Se apartan de mí. No quieren que les salpique la sangre”.

“Se apartan de ti porque te pasas el día sudando de miedo. Apestas a miedo.” Pero la verdad es que yo tampoco tenía muchas ganas de que me vieran con él y solía evitarle en sitios públicos.

Una noche Antúnez subió a nuestro piso. Estaba histérico. Que había una persona enfrente de nuestro portal. Que lo estaban vigilando. Que estaba marcado. Que se acercaba el día.

Alicia y yo miramos por la ventana, y efectivamente había un chico. Me pareció que podía ser uno de mis alumnos, pero estaba oscuro. Poco después llegó corriendo un perro pastor, le puso la correa y se fueron.

“¿Lo ves? No es nada. No pasa nada.” Alicia le preparó una manzanilla. Antúnez se la bebió, se echó a llorar y se quedó dormido en el sofá.

Una semana más tarde recibí un mensaje de Alicia. “Cuando puedas ven a casa. Estoy bien. Pero ven cuando puedas”. Cuando llegué vi nuestra calle rodeada por un cordón policial. En el suelo, un cuerpo tapado por una sábana.

Me acordé de Antúnez.

Mi mujer llegó corriendo y me abrazó. “¿Antúnez?”, le pregunté. “No: Ignacio, el del segundo”. Era un periodista local. Solía saludarnos muy amable cuando nos cruzábamos.

Levantaron el cadáver y nos dejaron pasar. Nos encontramos con Antúnez junto al portal. Con los ojos arrasados, temblando. Se abrazó a mí como un niño.

“Tenía razón, yo tenía razón”. Y luego: “No he sido yo, no he sido yo, no he sido yo”.

Su egoísmo me parecía despreciable. Por otra parte, comprendía lo que quería decir. Yo también pensaba “no he sido yo, no he sido yo, no he sido yo” aunque no lo dijese.

Y era un alivio, pero también, extrañamente, una decepción.

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